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Chivato, acusica, la rabia te pica

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Muchas veces al cabo del mes se oía esta cancioncilla en el patio de mi colegio: “chivato, acusica, la rabia te pica” y el patio de mi colegio era igual que la mayoría de patio de colegios del mundo.

Yo nací en el boom del 72 y por tanto en el colegio éramos legión. Recuerdo que había 3 clases por curso, 40 niños por clase y 8 cursos (que yo estudié la EGB). Eso supone que en mi colegio rondábamos los 1.000 niños y unos 500 nos quedábamos al comedor.

En mis tiempos no había nada a pilas para jugar en el patio, teníamos la pelota, la comba, la peonza, los cromos, las chapas, el yoyo, las canicas, la goma y mucha, mucha imaginación. Jugábamos a policías y ladrones, al palo seco, al tulipán, a balón prisionero y a mil versiones de deportes que nos inventábamos como el lanzamiento de cartera.

Evidentemente entre tantos niños surgían conflictos de todo tipo y había dos maneras de arreglarlos, se hablaba, se peleaba uno, se echaba a pares y nones, o a oro-plata y fin del drama o se chivaba uno a la señorita o profesor.

Cuando el insufrible de turno iba con el cuento a la autoridad para que le diera la razón en el asunto en cuestión, invariablemente se le gritaba, “chivato, acusica, la rabia te pica” y se le aplicaba un correctivo cuando la autoridad volvía a la placidez de su despacho.

En el cole hay pocas cosas peores que un chivato. Ese repelente niño vicente, que además acostumbraba a ser gafotas que tenía siempre el dedo acusador presto para indicarle a la señorita quién había tirado una bolita de papel o copiado en un examen. Ese que cuando la profesora salía de clase decía, fulano, apunta a quien hable en la pizarra y el pelota, disfrutaba como un enano poniendo nombres y cruces.

Con el paso de los años he comprendido que el chivato era un pobre infeliz, un miserable sin los arrestos suficientes para solucionar sus problemas con las mismas armas que el resto, la razón y la palabra. Visto con la pátina de indulgencia que el tiempo pone a todo, me dan pena, solos, apartados en un rincón de la infancia, sin coraje para vivir, sin arrestos para ganarse su lugar en el cole.

 

 

 

 

 

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