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Dónde estaba hace 30 años

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El 23 de febrero del 81, mientras Tejero gritaba en el Congreso aquello tan famoso de “quieto todo el mundo” yo estaba ensayando para mi Primera Comunión. Tenía 9 años y en mayo era el evento.

Recuerdo perfectamente que estábamos mi madre, mi abuela y yo en la Iglesia que hay junto a la Plaza de la Prospe y que comenzaron a entrar hombres en busca de sus mujeres e hijos. Lo que más me sorprendió fue ver entrar a mi padre en la casa del Señor, ya que mi progenitor era más de esperar en el bar de enfrente.

Entre susurros preocupados nos fuimos a casa y allí recibimos la llamada de mi abuelo Garrote, Teniente Coronel en la reserva, que con la voz cortada por la emoción decía “otra vez el 36 no, hijos míos, otra vez aquel horror”.

Mi madre ya era afiliada a la UGT y el PSOE por aquel entonces y le consta que en ambas sedes se quemaron centenares de documentos por el miedo a que triunfara el golpe y los socialistas volviéramos a ser represaliados.

A la mañana siguiente el alivio por el fracaso del Golpe de Estado todavía estaba teñido de miedo, ese miedo vívido y real que se te mete en el cuerpo y te hiela la sangre. Si Tejero, Armada y compañía se hubieran salido con la suya, qué hubiera sido de todos nosotros. No quiero ni imaginarlo.

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La zapatilla de mi madre

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Aunque no lo creáis yo he sido una niña muy buena, me gustaba mucho leer, el colegio, estudiar, era delegada de clase, sacaba todo Sobresalientes, capitana del equipo de lo que fuera en gimnasia… no daba guerra pero mi hermana era la misma reencarnación del demonio.

Recuerdo que estaba jugando a algo tan tranquilita y miraba a mi pobre madre, por ejemplo planchando y ponía aquella cara de mala y minutos después se oía a mi madre gritar zapatilla en ristre, era un don, sacarla de quicio en cuestión de segundos.

En alguna ocasión en lugar de la zapatilla mi madre empuñaba un zueco, un zapato de tacón, incluso la misma plancha, entonces intervenía yo “madre, que te pierdes”… pero mi hermana, defendiéndose con los pies desde el suelo decía: “tranquilízate, que estás loca” lo que llevaba a mi madre al borde de la esquizofrenia y el desdoblamiento de personalidad…

Lo cierto es que cuando te daba con la zapatilla, con aquella cara de loca posesa, a mí por lo menos, me daba la risa y no es que no picara que te dejaba el dibujo de la suela pintando en el muslo, pero era tan graciosa, fuera completamente de sí que la burla podía más que el dolo, ¡pobre madre nuestra!

En descargo de mi madre diré que ha sido una madre de lo más enrollada, dialogante, comprensiva, nada castradora pero madre a fin de cuentas y nosotras unas hijas difíciles, mi hermana más que es una profesional de tocar las pelotas, pero yo también porque soy un espíritu libre y reivindicativo.