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EL FUTURO DE NUESTROS HIJOS

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Ser padre es una de las aventuras más emocionantes, aterradoras y agobiantes que un ser humano puede emprender. Desde el momento que te dicen: “enhorabuena, está usted embarazada”, tu vida deja de ser tuya para pasar a formar parte de un proindiviso en el que dejas de poder hacer tu voluntad.

Mi hija fue una hija muy deseada. Siempre quise tener hijos, en plural, aunque se ha quedado en hija, en singular. Ya sabéis eso de que el hombre propone y dios dispone. Deseada y buscada, pese al escándalo de mi entorno cuando les dije que iba a ser madre apenas rozando los veintitrés años.

Mi hija me ha dado muchos quebraderos de cabeza y los que me quedan, pero también me ha hecho sentir cosas que ningún otro ser humano podrá hacer jamás: orgullo, orgullo infinito de que esa persona que se desenvuelve por la vida con valor, con decencia, con filantropía, la haya criado yo.

La última hace unos días cuando ha terminado el Bachillerato con un ocho de media después de muchos meses de duro trabajo y sacrificio, de no salir por ahí, de no hacer otra cosa que hincar los codos porque, pese a ese mantra tan repetido por la caverna española, a los chicos de hoy, nadie les regala nada, los aprobados, mucho más las buenas notas, solo se consiguen con esfuerzo.

La semana pasada pasó el penúltimo escollo en su camino hacia la Universidad, la tan temida prueba de Selectividad, que como ya vaticinábamos los que sabemos más por viejos que por diablos, le ha ido muy bien, lógico cuando se ha trabajado previamente. Digo penúltimo y digo bien porque cuando el día 21 veamos la nota y comprobemos que le llega para entrar en Enfermería vendrá el último y verdadero escollo, pagar las tasas de matriculación.

Por lo que ando leyendo en prensa, lo que el año pasado, después de la espectacular subida propugnada por el PP costaba unos 900€, este año aún subirá más llegando a los 1.400€. Lo voy a poner en pesetas que parece que no nos hacemos a la idea de hasta donde nos están robando estos peperos. Lo que el año pasado ya costaba 150.000 pesetas, este año pasará a costar 232.400 pesetas.

Cuando yo estudié en la Facultad de Derecho de Barcelona, el año que más cara me costó la matrícula, con alguna asignatura del año anterior, fueron 80.000 pesetas y mi sueldo como administrativa era de 123.000 pesetas. Hoy, la matrícula roda los 1.400€ en primera convocatoria, que si te queda algún crédito pendiente la cuenta se disloca (232.400 ptas) cuando el sueldo de un administrativo ronda los 1.000€ (166.000 ptas).

Hace más de 20 años, cuando yo fui a la Facultad, nunca tuve la impresión de que la falta de financiación pondría en peligro mis estudios. Al razonable precio de las tasas universitarias, se unía el hecho de que no me costó mucho encontrar trabajo en Barcelona con el que costearme la carrera.

Por el contrario, en esta España actual donde la tasa de paro juvenil supera el 50%, la única posibilidad de estudiar que tiene mi hija pasa porque yo le sufrague los costes. No contamos con la ayuda del Gobierno del Partido Popular, que además de incrementar hasta el infinito el coste de los estudios universitarios ha recortado las becas, dificultando al extremo reunir los requisitos y retrasándose en el pago de las concedidas durante meses, sino años.

El problema se agudiza cuando en muchos hogares, como el mío, ha aparecido el fantasma del paro. Son ya 9 meses buscando trabajo, 9 meses agotando los ahorros y viendo desaparecer las prestaciones del desempleo. ¿Qué será del futuro de mi hija si yo no encuentro empleo, si no puedo hacer frente al sobre coste de su educación universitaria, si ella misma se ve impedida a acceder al mercado laboral?

¿Piensan estos señores del Partido Popular que la inmensa mayoría de los españoles nos quedaremos cruzados de brazos viendo como le roban el porvenir a nuestros hijos mientras blindan de oro y diamantes el de los suyos?

Sigan ustedes jugando con lo que más queremos en la vida y el día menos pensado tendremos un disgusto. Y no, esto no es una amenaza, es solo una advertencia, porque en democracia todos somos responsables de cada uno de nuestros actos.