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LA MAR DE ONUBA, MUJERES OLVIDADAS. LA OTRA MANADA, LA DEL HAMBRE Y LA DESESPERACIÓN.

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Martu

Hoy quiero felicitar a mi compañero y amigo, Perico Echevarría y su maravillosa publicación, La Mar de Onuba, arropada por el Confidencial Andaluz, del veterano periodista Pepe Fernández, por haberse empeñado en que se conocieran la explotación laboral y los abusos sexuales que están sufriendo mujeres marroquíes en el campo de Huelva. Inasequible a las presiones de los poderosos hombres de la fresa, que entendían estas noticias aparecidas en un medio alemán como un ataque a su producto, competidor del germano, desde su pequeño pero sonoro altavoz, Perico ha conseguido dar voz a quienes el resto se la habían negado.

Sin amedrentarse cuando patronal y sindicatos de la provincia le acusaron de irresponsable por poner en primera línea de actualidad los artículos que denunciaban la terrible situación que las mujeres marroquíes estaban sufriendo en los campos de Huelva, continuó denunciando una situación que ya ha llevado a la primera detención. No eran inventos de competidores, ni de mujeres que buscaran notoriedad o dinero, era la terrible realidad de las que han tenido que sufrir la peor de las humillaciones para luchar contra el hambre y la desesperación.

Ante su perseverancia, la Junta de Andalucía, el Gobierno andaluz, decidió abrir un expediente para recabar datos al respecto en el que colaboraron diversas organizaciones sociales y a continuación, trasladar a la Fiscalía la importante información recabada que ha desembocado, como indicaba antes en un primer detenido de nacionalidad española, encargado de supervisar a las temporeras durante su jornada laboral en el campo y no se descarta que haya más detenciones en los próximos días.

Estas mujeres, que vienen a España como temporeras, solo buscan ganarse el sustento con el que mantener a sus hijos el resto del año en Marruecos, denuncian que han sido chantajeadas con quedarse sin trabajo si no mantenían relaciones sexuales con sus responsables en las fincas de fresas. La disyuntiva es consentir ser violada o consentir que sus hijos pasen hambre. No se me ocurre una tortura peor, como mujer y como madre.

Sorprende que apenas ningún medio de comunicación nacional se haya hecho eco de estos gravísimos sucesos, no quiero pensar que es porque estas mujeres son marroquíes, mujeres pobres de un país que no es el nuestro. Mujeres que arrastran el doble estigma de ser mujer y de ser pobre, de ser mujer y de ser “mora”, de ser pobre y de ser “mora” …

Sorprende que no haya prendido la mecha de la justa indignación en las redes sociales porque estas mujeres hayan sido presas de una manada tan nefasta como la famosa de los San Fermines del 2016, la manada de los hombres que tienen dinero y/o tienen poder sobre ellas y deciden que pueden disponer de sus cuerpos a su antojo, porque son mujeres y pobres y extranjeras, a las que nadie va a prestar atención y, casi se salen con la suya.

Resulta muy triste que la ola de solidaridad entre mujeres de toda España con la víctima de la manada haya resultado ser una ola solitaria que se ha extinguido al alcanzar la orilla y no haya provocado un tsunami imparable y devastador contra el machismo, la violencia y los abusos de todo tipo que, a diario, sufrimos las mujeres en nuestro país. No en lejanos y terribles escenarios de guerra, miseria, hambre, enfermedad y muerte, sino aquí en la civilizada y muy europea España.

Consuela un poco que un medio pequeño como La Mar de Onuba, que está luchando por abrirse camino en un difícil mundo, el de la comunicación, haya puesto todo su esfuerzo, su talento y sus escasos medios, arriesgando su propia continuidad, al servicio de una causa tan noble, evitar que unas mujeres que vienen a España impelidas por la necesidad sean víctimas de la explotación laboral, los abusos sexuales y, lo que es peor, el silencio cómplice de la sociedad española. ¡Gracias y buen trabajo!

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#Cuéntalo

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Desde la publicación de la Sentencia de “La Manada”, que muchas han interpretado como un ataque a todas las mujeres, algo que no comparto como podréis leer aquí, se ha lanzado un hashtag en Twitter #cuéntalo, donde miles de mujeres están contando tremendas experiencias de abusos, tocamientos, acoso o sexo no consentido con hombres de su entorno (padres, hermanos, tíos) o con desconocidos, que me han hecho reflexionar.

En mi infancia, mi padre, que bebía más de la cuenta, nos educó en la antigua creencia de que la letra con sangre entra, por lo que era fácil ganarse un capón o una bofetada si no cumplías las estrictas reglas de comportamiento que fijaba, pero eso era todo lo malo que podía pasarte. Jamás algo inapropiado respecto de nuestra sexualidad. Ni él, ni ningún otro hombre de nuestra familia se propasó lo más mínimo conmigo como parece que le ha sucedido a tanta gente.

De niña, en el parque, alguna vez me escondí detrás de un árbol con otro niño de mi edad para “si tu me enseñas yo te enseño”, no había más que mutua curiosidad por lo del otro, que en los años 70 en las casas no se hablaba de sexo con los niños, las películas que tenían dos rombos estaban completamente vetadas y no había libros de educación sexual con bonitos dibujos que explicaran las cosas. Lo que no averiguabas tu por tu cuenta, te quedabas sin saberlo.

En el cole y, hasta en el instituto, como era bastante chicazo, poco femenina, pelo corto, vaqueros, zapatillas de deporte, uñas comidas y cero maquillaje, pues no es que me hiciera mucho caso el sexo opuesto, ni mis compañeros de estudios, ni los adultos por la calle. No recuerdo ni siquiera piropos a gritos de albañiles, mucho menos tocamientos desagrables en el transporte público o cosas peores que muchas denuncian. Lo peor que pasaba en el Ramiro es que llegaran los Skinheads a pegarse con los punkies y había que procurar no estar en el medio.

En la Universidad, ya en Barcelona, estudiaba en el turno de tarde, donde íbamos los que currábamos y teníamos poco tiempo libre. Allí había pocas ganas de cachondeo, nada de pellas, cañas en el bar de la facu, tardes de sol en el cesped… El poco rato que podías ir a clase, ibas a clase, tomabas apuntes, cambiabas apuntes con quienes podían asistir más horas que tu y eso era todo. La única mala experiencia que tuve fue caminando hacia el metro a última hora, con unos ultras del Español que me pareció que me miraban mal y hacían algún comentario, pero salí corriendo como un gamo, salté los tornos del metro y llegue al andén tan rápido que no sé qué pasó con ellos.

En los trabajos siempre he tenido compañeros majos, menos majos, amables, menos amables, pero ningún acosador. He tenido jefes y jefas, nada destacable en este aspecto. Y en el PSOE, tres cuartos de lo mismo. Alguna vez me han invitado a comer, compañeros o periodistas, no creo que fuera con la intención de tener algo conmigo, pero como siempre he dejado claro cuando tenía interés y cuando no lo tenía, no me he sentido nunca incómoda porque las cosas fueran más allá de las líneas que yo ponía.

Recuerdo una vez, con un compañero de máster, luego buen amigo, que quedamos varias veces porque él estaba divorciado con un crío pequeño y yo divorciada con una cría pequeña, pero el primer día le dejé claro que no era más que amistad, textualmente le dije “no me gustas, aunque fueras el último tío del mundo, no me acostaría contigo” y así fue, aunque según me contó su compañero de piso, años después, llegó a casa esa noche y le contó que me tenía en el bote…

Quizás lo que más me ha incomodado es ya teniendo mi hija quince o dieciséis años, que le gritaran algún piropo o que le miraran el escote cuando íbamos andando por la calle. Un día desde una furgoneta nos gritaron “tías buenas” y mi hija se volvió hacia a mí y dijo: “¿tiaS buenaS?” Y yo me reí: “joder que soy tu madre pero aún estoy de buen ver…” No le ofendió el piropo sino que me incluyeran a mí en él. En la mente de un hijo, una madre no es una mujer, solo es SU madre.

En los últimos tiempos, suelo ir al gimnasio en pantalón corto, sea invierno o verano, está muy cerca de casa y así me evito de la pereza de tener que llevar una bolsa de deporte, el candado para la taquilla del vestuario y la pérdida de tiempo de cambiarme allí. Muchos días, me cruzaba con un octogenario sentado en un banco al sol que me decía algo sobre mis piernas, sobre que iba a coger frío… Al final consiguió que fuera por la acera de la sombra, aunque pasara un poco de frío con tal de no oírle.

No puedo decir que en mis 46 años de vida haya tenido desagradables experiencias con el sexo opuesto que me hayan marcado, los hombres de mi vida me han dado y me han quitado tanto como yo a ellos. No puedo contar que el patriarcado me ha oprimido, vejado o pisoteado porque he podido desarrollarme profesionalmente igual que mis compañeros masculinos y sin tener que sortear muchos más obstáculos que ellos.

Eso no significa que no crea que la sociedad española es todavía machista, que sufre la lacra de la violencia de género que está suponiendo la muerte de cientos de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas y que requiere una actuación inmediata de las Administraciones Públicas. Creo que hay discriminaciones insoportables, sobre todo para que las mujeres alcancemos cotas de poder, que si en una familia hay hijos o mayores dependientes, somos mayoritariamente las mujeres quienes nos hacemos cargo de ellos y que lo tenemos más difícil para lograr las mismas cosas que los hombres, pero también creo que vamos avanzando hacia la verdadera igualdad, con normas de discriminación positiva, con obligaciones de cuotas, con educación en las escuelas, con campañas televisivas y que, por tanto, al final lo vamos a lograr, si no perdemos el objetivo final, vivir en una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales.

 

 

 

VISPERA DEL 8 DE MARZO

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Mañana, sábado, celebraremos el Día de la Mujer, de la mujer a secas, que alguno hay por ahí que todavía dice de la mujer trabajadora, olvidando que trabajadoras somos todas, unas dentro de casa, otras fuera y dentro de casa. Es un día importante, porque lejos de lo que quieren hacernos creer desde la derecha, reivindicar los derechos de la mujer es hoy, más importante que nunca.

Cuando yo nací, en España, las mujeres no eran mayores de edad hasta los 21 años, mientras que los hombres lo eran a los 18. Una mujer, para abrirse una cuenta corriente en un banco necesitaba la firma de su padre o de su marido. Si una mujer le era infiel a su esposo, era una adúltera y cometía un delito penal (legalmente también lo era al revés, pero quienes tenían el poder, quienes traían el salario a casa, quienes manejaban el cotarro eran ellos, por lo que hasta estaba bien visto que tuvieran una amante para desahogarse: No se impondrá pena por delito de adulterio sino en virtud del marido agraviado. El marido podrá en cualquier tiempo remitir la pena impuesta a su consorte).

Durante mi adolescencia salí a las calles de Madrid a luchar por el derecho a decidir sobre nuestra sexualidad, sobre nuestros cuerpos, sobre nuestra maternidad, por la despenalización del aborto, al grito de: nosotras parimos, nosotras decidimos. Lo hice con alegría porque sabíamos que caminábamos a una España mejor, que salíamos de la oscuridad de la dictadura, que, de la mano de los socialistas íbamos a lograr que las mujeres tuviéramos los mismos derechos, las mismas oportunidades y el mismo respeto que los hombres.

Hoy, varias décadas después, me veo en la necesidad de volver a salir a la calle a reivindicar lo mismo que entonces. Estoy teniendo que volver a explicar que un cigoto no es un niño y que ninguna mujer puede ser obligada a traer un hijo no deseado al mundo. Que tener hijos con graves malformaciones es una carga que nadie puede imponer a otro ser humano y menos desde un Gobierno que ha eliminado las ayudas a la Dependencia y que abandona a su suerte a las personas con necesidades especiales.

Que abortar no es una fiesta, no se hace por salir una noche “a pajolera suelta”, ni se utiliza como método anticonceptivo, que es un drama físico y psicológico por el que una mujer tiene la desgracia de pasar, normalmente sola y cargada de culpa y remordimientos. Y que sobre esa decisión no pueden opinar ni obispos, ni ministros, ni tertulianos cavernarios que jamás tendrán que enfrentarse a un dilema semejante.

Pero no solo por el derecho a abortar legalmente saldré mañana a la calle, en el Día de la Mujer, lo haré por las cuatro mujeres que han sido asesinadas en las últimas cuarenta y ocho horas por sus parejas o ex parejas, esos que llevan hasta las últimas consecuencias la máxima machista de la maté porque era mía, y por las doce que han perdido la vida en lo poco que va de 2014 por esta causa.

Saldré por las que sufren la violencia machista y se sienten cada día menos apoyadas por este Gobierno sin alma y sus palmeros mediáticos que no dudan en frivolizar sobre un drama que aniquila la vida de quienes lo sufren. Que ven cómo Sanidad, la ministra Ana Mato, la que tiene dificultades con el término violencia de género y quiere volver a utilizar el de violencia doméstica para constreñir el maltrato a la cárcel silenciosa del hogar, vuelve a dar el teléfono de atención a mujeres maltratadas a la empresa que despidió embarazadas.

Saldré por las que tiene miedo de hacerlo, por las que no pueden salir porque sus maridos las tundirían a golpes si lo hicieran. Por las que tienen que quedarse en casa al cuidado de sus mayores porque han tenido que sacarlos de la residencia para que su pensión sostenga la familia. Por las que tienen que cuidar de un dependiente al que cualquier gobierno autonómico del PP le ha dejado sin su ayuda diagnosticándole una mejoría milagrosa en su dolencia irreversible

Saldré, porque para el Gobierno de Mariano Rajoy, del Partido Popular en cualquier territorio, los Servicios Sociales y la ayuda a la Dependencia, como la Educación o la Sanidad, ya no son pilares del Estado del Bienestar sino oscuro objeto de deseo con el que enriquecer a amigos, familiares, compañeros de partido y demás hijos de la buena estirpe.

LAS MUJERES SIEMPRE SOMOS LAS VICTIMAS

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Stop ablacionHoy es el Día Internacional de la Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina. Solo el hecho de que tenga que existir un día en el que explicitar nuestro rechazo a esta salvajada, es preocupante, pero la realidad es que, en España, en el corazón de la Unión Europea, en el civilizado Viejo Continente, unas 17.000 niñas están en riesgo de sufrir una mutilación genital.

En estos momentos, en España, viven unas 50.000 mujeres de lugares en los que se practica la ablación y 17.000 son niñas menores de 14 años potenciales víctimas de esta abominable práctica de arrancarles el clítoris como parte de su tradición ancestral o la ley de sus países de origen. Aunque aquí está penado con hasta 12 años de cárcel, las familias aprovechan los periodos vacacionales en sus países de origen para someter a sus hijas a esta severa mutilación.

Los argumentos que se esgrimen en defensa de esta barbaridad son de índole machista e incluso misógino, preservar la virginidad de la mujer y garantizar la fidelidad. El mundo no puede consentir esta violación de los derechos humanos de entre 100 y 140 millones de mujeres en el mundo que se calculan han sido sometidas a la ablación del clítoris.

Desde el punto de vista médico, además de eliminar el placer sexual, la ablación también puede ocasionar dolores durante el coito e infecciones en la pelvis. Además se aumenta el riesgo de fallecer tras un parto y deja graves secuelas psicológicas de por vida en las mujeres mutiladas.

Desde el punto de vista de la dignidad humana, de la libertad de las mujeres, sobre todo de la libertad sexual, es un atropello intolerable que debería hacer levantar de sus sillones a todos los dirigentes de la comunidad internacional, pero la realidad es que apenas hacen nada para evitarlo, ¿por qué? Probablemente porque las que sufren la ablación del clítoris son mujeres, mujeres pobres, mujeres indefensas, mujeres que han tenido la desgracia de nacer en la parte más desfavorecida del planeta y que, como siempre, acaban siendo las víctimas.

No hay conflicto internacional, guerra, catástrofe natural, levantamiento popular, o cualquier otro fenómeno en el que las mujeres no acabemos siendo las víctimas. Violaciones, mutilaciones, leyes represoras de nuestra libertad, malos tratos, violencia física y psicológica, dolor, sufrimiento y muerte, son el pan nuestro de cada día de millones de mujeres en casi todo el planeta, pero parece que esto no le importa a nadie, no es portada de los diarios, no abre con grandes titulares los telediarios, no se hacen Cumbres Internacionales para poner freno a este dislate.

Es tan real como desolador, pero volviendo a España, ¿qué están haciendo desde el Ministerio de Sanidad, el Ministerio del Interior, el Ministerio de Justicia y el Ministerio de Exteriores que no han creado un grupo de trabajo conjunto y coordinado para evitar que estas 17.000 niñas que están en grave riesgo de sufrir una mutilación genital sean protegidas? Muchas de ellas son españolas por nacimiento, otras muchas viven en España con sus familias, todas ellas necesitan que las Autoridades españolas velen por su salud, su seguridad y su integridad física y psicológica, no podemos mirar para otro lado #StopAblación

 PD MI COLUMNA DE LOS JUEVES EN DIARIO PROGRESISTA: ESCRACHES