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AUSENCIA

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NOTA PREVIA: este relato fue escrito para un concurso de mi gimnasio que por razones varias no pude presentar y me daba pena dejarlo en el olvido.

Amanezco y aún no ha salido el sol. El frío que dejó tu ausencia en la que hasta hace poco era nuestra cama, no me deja volver a conciliar el sueño. Cada célula de mi cuerpo anhela tus abrazos, cada poro de mi piel te extraña y grita tu nombre, pero tú no estás. Tú te has ido y no tienes intención de regresar.

No quiero seguir compadeciéndome entre las sábanas, yermo páramo de soledad y silencio desde que tú no estás. Reúno toda mi fuerza de voluntad para bajarme al mundo, un mundo que se ha tornado incomprensible sin ti. No concibo cómo puede seguir girando su eje como si tú aún siguieras a mi lado. Con qué descaro transcurren plácidamente las horas ajenas a mi dolor, a la tragedia de vivir sin ti.

En la cocina me miran y sonríen la tostadora, la cafetera y el exprimidor, ellos se alegran de que su trabajo diario se haya visto reducido a la mitad, la mitad de dos que éramos tú y yo y que ahora solo es una sombra de mi misma. Pobre y triste desayuno del que está solo.

Enciendo el televisor, fiel compañía de las almas solitarias, cómplices de aquellos que no queremos pensar en nada, que no queremos sentir nada, que solo deseamos el sopor del adormecimiento de los sentidos con el arrullo de dramas ajenos, de primas de riesgo, de lejanos terremotos, de revoluciones de pueblos preocupados por su hambre y su miseria, que no tienen tiempo de sufrir el azote del desamor.

No sé cuántos días llevo así, sé que tú te fuiste y yo no encontré el valor para salir detrás de ti, no te pude retener, no supe arrastrarte otra vez a mis brazos en los que en un tiempo precioso eras feliz y yo contigo.

Creo que fuera es otoño, ese otoño madrileño que invita al paseo melancólico, a soñar despiertos con la cercana nieve o con el ardiente sol del verano que se acaba de marchar con la promesa de volver renovado. No lo sé, no he vuelto a encontrar las fuerzas para salir a la calle y comprobar que el mundo sigue sin ti. No quiero, pero tengo que querer, quiero poder. Lo haré.

Rebuscando entre mis recuerdos creo vislumbrar que yo tenía una vida antes de ti, sí, debía tener familia, amigos, una profesión y aficiones. Yo antes era una persona completa, justo antes de pasar a ser tu mitad, de vivir por ti, de respirar junto a ti. Antes de mirarme en tus ojos y de perderme en tus labios. Antes de pasar todas las horas del día soñando con lo que hacíamos juntos todas las horas de la noche. Antes.

Entre la bruma del dolor se abre paso una imagen que me cuesta reconocer. Creo que son unas zapatillas de deporte fucsias. Sí, son mis viejas zapatillas de correr. Ellas me traen la respuesta: “a ti te encantaba hacer deporte, el ejercicio de te devolverá la calma y llenará tus pulmones de aire limpio y esperanzador”.

Con la torpeza de aquello que casi se ha olvidado me ducho y me pongo mi ropa de deporte. Debo haber adelgazado porque todo me queda grande. Como no sé qué clases habrá ahora en mi gimnasio meto en la mochila de todo: toalla, guantes de combat, de pump, el bañador, las chanclas, gafas de nadar…

El sol me ciega al salir a la calle, mis ojos no soportan tanta claridad después de demasiados días de penumbra. Hago un esfuerzo sobrehumano por no volverme atrás, por no encerrarme de nuevo con tu recuerdo a llorar sin ti. No, he decidido levantarme y caminar, voy a aprender a vivir de nuevo, volveré a ser una sola, una entera.

Sin darme cuenta estoy ante las puertas de cristal que me dan la bienvenida a Forus. Sé lo que tengo que hacer, todo empieza por respirar, inspirar, espirar, correr, golpear, saltar, sudar, sufrir, gozar, sonreír, ganar…

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El niño que aprendió a no sudar

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-¿Tu no sudas?- Habían terminado una sesión de fotografías para ilustrar la última revista que su compañía pensaba publicar en donde presentarían a este joven valor de la organización y aunque solo estaban en mayo, la primavera barcelonesa resultaba bochornosa a orillas del Mediterráneo.

-Perdona-, respondió él, -estaba distraído- y sus ojos miel verdearon al sonreír hacia la joven fotógrafa que llevaba una semana acompañándole a todas partes. -¿Qué me has preguntado?-

-Nada, una tontería, que no te he visto sudar pese al calor y la humedad y me ha llamado la atención-. Ella le encontraba atractivo, no guapo, pero si interesante y un tanto misterioso. No tenía ganas de acabar este encargo que le permitía estar cerca de él, que la proporcionaba el íntimo placer de espiarle a través del objetivo de su cámara.

-Te voy a contar una historia, ¿quieres oírla?- respondió él, casi coqueto, en lo que suponía una importante novedad con respecto al tono educadamente frío en el que había transcurrido el resto de la semana.

-Cuando era pequeño en mi casa pasamos muchas dificultades económicas y mis padres hicieron de todo desde que volvieron de Alemania para sacar la familia adelante. Una de las cosas que hizo mi madre fue coser forros de abrigos de piel para lo que nos utilizaba a mi hermano y a mí como perchas. Teníamos que pasar horas de pie, con el abrigo puesto al revés  y sin movernos para que mi madre fuera cosiendo el forro.

Imagina los años 70, un piso pequeño de Badalona, por supuesto sin aire acondicionado y los pelillos de la piel volando, metiéndosenos en la nariz, en la boca y pegándose a nuestros cuerpos sudados, era un horror y mi defensa fue aprender a no sudar-.

Ella nunca supo cuánto había de verdad y cuanto de evocación fabulada de un recuerdo infantil, pero la historia era buena para enmarcar al personaje, ese espíritu de superación, esa escalada a lo más alto desde tan humilde origen, ese aire un tanto desvalido que provoca a los que le rodeaban el impulso de protegerle.

No volvió a verle hasta algunos años después, aunque sabía de él por la prensa. Su carrera le había llevado a tomar algunas decisiones controvertidas que si bien le habían proporcionado importantes éxitos también le habían alejado de aquellos que le acompañaron en los difíciles principios. Había triunfado pero hay que pensaba que a costa de vender su alma al diablo.

-Hola, ¿te acuerdas de mí?- le preguntó ella sentándose junto a él en un asiento de la sala Vip del Aeropuerto de Barajas. -Me ha mandado mi revista a cubrir un evento sobre el cambio climático, ¿y tú qué haces por Madrid?-

Durante unos segundos, sus ojos que ya no verdeaban, se posaron en ella. No había rastro de aquel niño que aprendió a no sudar, tan solo encontró un hombre poderoso, distante, solo y quizás asustado. Le había costado mucho llegar hasta esa sala Vip y no estaba dispuesto a arriesgarse a cuestionarlo por una cara bonita y sonriente que desde su pasado le recordara todo lo que había dejado atrás: los principios olvidados, las falsas promesas, las traiciones, las mentiras… -Perdona, estoy liado y tengo un poco de prisa, mi vuelo sale ya, si quieres déjale tu teléfono a mi asistente y te llamo para tomar un café.-

Ella le vio levantarse y caminar hacía la puerta de embarque, lentamente, con sus espaldas anchas, algo encorvado,  menos músculo quizás, menos pelo seguro y la única compañía de su alargada sombra.

500 entradas

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Esta que leéis es la entrada número 500 del MartuBlog desde que comencé mi andadura allá por octubre de 2010. Desde entonces he recibido 330.000 visitas, siendo el récord de lecturas en un día 36.912 para la famosa entra de EL HIJO DE SORAYA SAEZ DE SANTAMARIA . Me habéis dejado aquí más de 2.600 comentarios. Os habéis suscrito otros 200 blogs más. Me habéis dejado vuestra opinión, vuestro cariño y apoyo tanto en el blog, como en el muro de Face o de Twitter. Y por todo esto, muchas gracias.

Cuando estos días he preguntado a qué le dedicaba esta entrada 500 hay quien me ha contestado que la dedicara a hablar de cualquier cosa que no fuera política. Otros me han pedido que hable de Marta, no de Martu sino de la persona que hay detrás del personaje. Alguno me habéis hecho preguntas sobre algún tema actual del Partido, pero al final aquí estoy sin una idea clara de cómo terminará esto.

El otro día un compañero me comentaba sorprendido de que se había enterado de que tenía un blog porque en una conversación informal entre gente de cierta relevancia en nuestro Partido, una ex Ministra, me citaba para apoyar su postura en un asunto: “porque ya lo decía Martu Garrote el otro día en su blog…” Me hizo ilusión la verdad, no solo por el alimento del ego que supuso, sino porque las reflexiones que yo hago, que me llevan un esfuerzo intelectual y que hacen que me exponga a la represalia, no caen en saco roto.

Comentaba otra compañera que estaba presente que el MartuBlog era más que política, que también hablaba de mi vida, mis tontunas, sobre todo al principio. Yo también tenía la impresión que la cosa empezó más PERSONAL y fue derivando a la POLITICA, pero hoy, revisando los datos para contároslo resulta que no, desde el primer momento este ha sido un blog político, salpicado de mis experiencias personales, que por otra parte tampoco es raro, si yo pienso en política hasta cuando duermo.

He de reconocer que mi categoría preferida es TONTUNAS y que la uso algo menos de lo que me apetece por respeto al personaje pero igual dejo de sujetarme y comparto con vosotros cosas menos serias, más triviales que ahora que estoy en paro, dándole un vuelco a mi vida, tengo ganas de reír, de cantar, de pasar de todo y de todos.

Y también he de confesar que tengo abandonada la categoría RELATOS que iba a utilizar durante las vacaciones para escribir ficción y que al final me dio un poco de pudor meterme a escritora aficionada o más bien compartir con vosotros mis pinitos en la literatura corta pero que igual ahora que estoy en plena catarsis liberadora me vuelvo a animar, ya veremos.

Cuando me preguntan con qué frecuencia escribo en mi blog siempre contesto: cuando tengo ganas. Trato de que sea a diario porque es una especie de obligación que me he impuesto, pero sin agobiarme si algún día no me acompañan la inspiración, el tiempo o las ganas. Hay una única norma que tengo, pero que he quebrantado en alguna ocasión, que es publicar una única entrada al día para no marear a los que me seguís que sois lo más importante.

Otro par de trucos que trato de respetar al escribir el blog es redactar párrafos cortos y sin demasiadas subordinadas, que soy muy fan de la perífrasis, de los gerundios y eso dificulta la lectura. Y utilizar en torno a 600 palabras por cada post, más corto queda p0bre, más largo se hace pesado en estos tiempos de la multitarea y la falta de atención.

Y hasta aquí ha dado de si esta entrada 500. Espero que no os canséis de mí y que me acompañéis, al menos, otras 500 más. Gracias y animaros a dejar comentarios que venís por centenares pero dejáis constancia, apenas una decena. Fuera timidez, el MartuBlog, es vuestro.

No quiero odiarte

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Hoy me he sentido un poco como la novia de papá. Si no leeis su blog os estáis perdiendo un pequeño tesoro que desde aquí os recomiendo.

A la autora, sus lectores le mandan cartas y e_mails con sus experiencias, sus historias personales o familiares para que ella las cuente en su blog y a cambio les envía un detalle, creo que un libro autobiográfico que escribió el año pasado.

Esta mañana me he encontrado en mi bandeja de entrada de gmail con que una amiga, compañera, lectora, no se muy bien como definirla, anónima me ha mandado algo para que yo le diera una vuelta y escribiera sobre ello aquí, en el #MartuBlog.

Me ha contado que estaba pasando un mal momento, que el amor de su vida era un fraude, que la engañaba con otras, en fin, un drama. Como me pide algo sencillo que es contarlo a quien pueda interesarle, lo hago encantada y pongo en cursiva la historia recibida, por respeto a su verdadera autora:

Cuando nos enamoramos tendemos a adornar de virtudes el objeto de nuestro amor. Idealizamos de tal forma al dueño de nuestro corazón que el retrato que guardamos con celo en nuestra alma nada se parece al original.

Bien dicen que el amor es ciego y sordo, mudo y un tanto retrasado.

El problema llega con el desengaño, el desamor, el olvido y el adiós. Es ahí, cuando despojado de todas aquellas virtudes que nunca tuvo, la razón de nuestra existencia queda reducida a un simple mortal, bastante simple, por regla general.

En ocasiones es mucho más triste la pérdida de la fe en este ser supremo que la del amor en sí mismo. Duele más no tener a quién adorar porque ha caído la venda de los ojos que el final de la relación en si misma.

Cuando adoras a alguien, cuando le amas por encima de sus propios méritos para ser amado, la sensación es tan embriagadora como la más poderosa de las drogas. Estar enamorado, perdidamente enamorado, irremediablemente enamorado es una deliciosa condena capaz de hacerte rozar la gloria y de bajarte a los infiernos en un instante.

Entonces llega una mañana en que te das cuenta de que has desperdiciado una parte de tu vida, mayor o menor, pero importante siempre, intentando atrapar un sueño, porque solo en tus sueños existía eso que tu creías tener.

En el mejor de los casos el desamor es un bálsamo con el que cicatrizar las heridas que te ha ido dejando el tiempo sufrido a su lado. No te quiere, no le quieres y el paso de los días convierte los sinsabores en simples recuerdos del ayer.

Pero en una gran parte de las ocasiones el desamor deja paso a la ira. Con razón dicen que del amor al odio hay solo un paso, el paso que das el día que se te ha caído la venda de los ojos.

Ese día ves con claridad que te han tomado el pelo, que se han reído de ti y de tus sentimientos. Que te han prometido la luna con los dedos cruzados a la espalda. Que no han estado a la altura, no por falta de capacidad, sino por falta de voluntad, de amor, de compromiso.

Ese día comprendes cuán imbécil has sido y sientes vergüenza de ti misma. Lamentas cada beso, cada lágrima, cada minuto pasado tratando de no desmoronarte.

Ese día sientes correr por tus venas una nueva savia que te resulta estimulante, se llama odio. El odio es mucho mejor que la pena o la compasión. El odio te hace fuerte, te da lucidez y exige lo mejor de ti porque amar puede cualquiera pero odiar, odiar es un arte.

Cuando odias el dolor queda arrinconado, olvidado en un rincón de tu corazón porque el odio necesita espacio, necesita un latido fuerte, agota toda la energía convirtiéndola en desprecio, asco, lástima, desdén…

El odio tiene un complemento perfecto (me permito añadir yo), la venganza. Pero esa es otra historia y merece ser contada en una entrada propia.