Desde mi niñez he tenido la suerte de poder veranear en Canarias ya que tenemos familia aquí que nos acoge generosamente. Vacaciones por la patilla clase obrera.
La primera vez que vi las dunas de la playa de Maspalomas en el año 86 me sentí como un tuareg viviendo una aventura en el desierto.
Cuando volví la segunda vez en el año 2000 me parecieron igualmente magníficas pero más pequeñas. Pensé que era el efecto de mi mente ya adulta en contraposición de aquella adolescente de años atrás.
Pero no, me explicaron que debido a la construcción indiscriminada en torno a las dunas se había cortado el aporte de tierra desde el interior y por ello las dunas iban lenta pero inexorablemente desapareciendo.
Ayer estuve en Maspalomas nuevamente y mi desolación no conoce limites. Apenas sí queda un tercio de lo que fue un paisaje sobrecogedor.
Al parecer las lluvias de este invierno en combinación con una desastrosa política inmobiliaria las han asesinado.
Un ecosistema único y protegido. La herencia de nuestros hijos dilapidada por la codicia y la insensatez. Esto somos los seres humanos actuales, máquinas predadoras.
Igual el primo de Rajoy puede explicar la virulencia del tiempo en este paraíso que son las Islas Canarias que las asola en los últimos años.
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