“¡Dios, qué bon vasallo, si oviera bon señor!”
Entre la leyenda y la historia la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador es apasionante. En su biografía se conjuga valor, orgullo, lealtad, traición, celos, batallas, intrigas palaciegas y todas aquellas cosas que aliñan un buen relato.
Os preguntaréis a qué viene aquí acordarse ahora del Cid y la razón es que es uno de mis ejemplos vitales gracias a mi hermano y maestro que me contó su historia para aliviar mis penas.
Cuando el Rey le desterró, un poco por envidia, otro poco por temor, un mucho por las malas influencias que hablaban mal del que era un buen vasallo y otro tanto porque Rodrigo tenía su orgullo y su carácter que no era fácil de tenerlo de subordinado, lejos de hundirse o resignarse, lo que el Campeador hizo fue seguir luchando por su causa.
En ningún momento perdió de vista el objetivo, tenía un fin, conocía los medios, tenía unos principios, tenía unos valores y tenía claro cuál era el camino para conseguirlos y así lo hizo, conquistó Valencia porque era lo mejor para su Señor y para él mismo, y se la ofreció al Rey pese a que éste le había, no solo desterrado sino también expropiado todos sus bienes.
En este mundo, hoy, igual que hace siglos, casi todo se mueve esperando conseguir algo a cambio. Algunos se mueven esperando una recompensa que puede venir en forma de trabajo, de dinero, de posición social, un cargo, un puesto en una lista… Otros se mueven en espera de un reconocimiento, público o privado, un aplauso, una sonrisa, un abrazo, un beso, una palmada en la espalda…
No creáis que ahora me voy a tirar el pegote de deciros que yo, como el Cid, me muevo altruistamente porque sería mentira. Tampoco él conquistó Valencia por su buen corazón, lo hizo para demostrarle al Rey que se confundía apartándole de su lado. Lo hizo para volver a ser uno de los suyos sin mendigar su perdón sino todo lo contrario, como un héroe. Lo hizo para poder musitar en su interior «te lo dije».
Te lo dije o te lo advertí son dos de las frases que más feliz hacen al que las pronuncias y más duelen al que las escucha. En ellas van implicitos tantos reproches, tanto sufrimiento y tanta satisfacción de la amarga victoria. Porque cuando le dices a alguien que quieres, que te importa: te lo dije es señal de que algo ha salido mal y por tanto, tener razón no te causa alegría sino una profunda sensación de melancolía.
Lo dejo aquí que me pongo a escribir y me voy por los cerros de Úbeda y luego os liáis a psicoanalizar todo lo que os cuento y me parto con vuestras teorías. Para que veáis que no soy la única fascinada con la figura de El Cid, termino con unos versos de Manuel Machado que resumen bien cómo me siento:
Por la terrible estepa castellana,
el destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- , el Cid cabalga.
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