Feminismo Clásico vs Feminazismo: Un Análisis Contundente

Muchos de vosotros habréis visto estos días la contestación de un periodista al que sinceramente desprecio (Antonio Naranjo), ante la afirmación de una psuedofeminista (Julia Salander), de que «todos los hombres son violadores en potencia».

Imagen publicada por Diariocritico.com de una captura de pantalla del programa En boca de todos.

Dejando claro que es ingenioso explicar que aunque todas las prostitutas son mujeres, no todas las mujeres son prostitutas, ni todas las Julias son lerdas, por el hecho de que esta Julia Salander sí lo sea. Por lo mismo que, aunque todos los violadores (de adultos) son hombres, ni mucho menos, todos los hombres son violadores. Lo que subyace detrás de esta discusión es la apropiación del feminismo por parte de una manada de lerdas.

Feminismo clásico vs esta cosa feminazi que impera ahora.

Desde que tengo uso de razón he sido feminista, aun sin saber que lo era, aun si haber oído hablar del feminismo. ¿Pero cómo va a ser eso posible, Martu? Pues muy sencillo, siempre he defendido la igualdad de las personas, hombres y mujeres, de cualquier sexo, raza, lengua, religión…

Aquí la Martu, ya siendo feminista, sin saberlo

No defendemos la identidad, eso es una memez, afortunadamente hombres y mujeres no somos idénticos, menudo rollo. Hablamos de igualdad de oportunidades, igualdad en el acceso a la educación, la sanidad, el trabajo, el poder. Igualdad para tomar decisiones sobre el propio cuerpo, la sexualidad, la vida y hasta la muerte.

Milité en esa lucha por la igualdad de hombres y mujeres que, cuando yo nací, no existía ya que en España, ni siquiera unos y otros alcanzaban la mayoría de edad con los mismos años, las mujeres necesitaban el permiso de su padre, o su marido, para abrir una cuenta corriente en el banco y, desde luego, no eran dueñas ni de su sexualidad, ni de su cuerpo a la hora de ser madres o no.

Y no milité sola, junto a nosotras, hombres progresistas de todo el país, salían a las calles a manifestarse, engrosaban las filas de partidos de izquierdas que apostaban por esa libertad que traería también igualdad o luchaban en sindicatos que tenían como objetivo que compañeros y compañeras tuvieran los mismos derechos laborales, gozaran de las mismas condiciones y cobraran idénticos salarios por los mismos trabajos.

Feminazismo o hembrismo

Cada año, el 8 de marzo, día de la mujer, saliendo a defender la igualdad.

Si combatimos el machismo, que es querer que el hombre tenga poder, ascendencia o control sobre las mujeres, de alguna forma, emocional, sexual, familiar, laboral o política. Con el mismo ahínco tendremos que combatir el hembrismo o coloquialmente «feminazismo» que está pretendiendo exactamente lo mismo, pero de las mujeres sobre los hombres, convirtiendo al hombre en un enemigo, en un «violador en potencia», en un «maltratador hasta que demuestre lo contrario»

Espeluzna escuchar barbaridades de cargos políticos en el gobierno «progresista» como la Ministra Irene Montero, acusando al principal partido de la oposición, de promover la «cultura de la violación»

Sobre todo si, desde ese Ministerio, se ha reformado el Código Penal, supuestamente para proteger a las mujeres de los delitos sexuales, y lo que se ha conseguido es la rebaja de condenas de gran parte de los que estaban en la cárcel, precisamente por cometer abusos y violaciones a mujeres.

Asusta que se quiera convencer a nuestras jóvenes de que los hombres son el mal, el enemigo. De que la penetración es sinónimo de violación y a ninguna mujer debería gustarnos que nos la metan.

Enfurece que nos traten de forma tan paternalista que parezca que las mujeres somos medio tontas y no sabemos distinguir cuándo queremos sexo, cuando queremos amor o cuándo no queremos nada, de un hombre y por eso haya que educarnos, incluso protegernos de nuestros propios gustos y deseos.

Viejas feministas con más años que un bosque, pero libres.

Yo soy de ese grupo de irreductibles viejas feministas, con más años que un bosque, pero radicalmente libres. Libres para amar y dejar de hacerlo. Libres para follar mucho, poco o nada. Libres para engendrar y criar a nuestros hijos en libertad. Libres para decirles NO a los que quieren tutelarnos, sean hombres o mujeres. RADICALMENTE LIBRES.

Libre para hacer con mi cuerpo lo que me venga en gana.

Lo fuimos en los 70 y los 80, cuando había que conquistar los derechos legales y sociales para las mujeres, a golpe de manifestación, quema de sujetadores, pelea con nuestros padres, rebelión contra nuestros profesores, incluso luchando contra nuestras propias compañeras, resistentes a los cambios.

Lo fuimos en los 90 y en el advenimiento del siglo XXI, cuando parecía que todo estaba hecho y que nunca más tendríamos que volver a salir a la calle al grito de «nosotras parimos, nosotras decidimos» aun a riesgo de que nos considerasen un arcaísmo, unas pobres viejas glorias que necesitaban mantener la atención.

Y lo estamos teniendo que ser en estos tiempos donde con tanto lenguaje inclusivo cuesta seguir el hilo de cualquier discurso institucional. Donde hay tanta variedad de géneros, tanto afán de encorsetar los gustos y deseos de cada cual, tantas etiquetas, que están dividiéndonos hasta el ridículo, aislándonos unos de otras.

¿Qué, a vosotras también os han acusado de amigas del heteropatriarcado por no comulgar con este feminismo de nuevo cuño? Dejadme vuestros comentarios abajo.


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