Hoy me siento en el ordenador triste, con un ojo en la pantalla y otro en mi gato Julián, que está pasando sus últimas horas conmigo, está muy enfermito y he decidido llevarlo a sacrificar para que deje de sufrir.
Los que me conocéis le habréis visto muchas veces porque su presencia en mi vida ha sido la única constante desde aquel abril de 2004 en que lo traje a casa. En ese tiempo he cambiado de pareja, de casa, de trabajo, de ciudad de residencia, de look, de todo, menos de mascota.

Lo de que se llame Julián tiene su explicación que va mucho conmigo. Entonces vivía con un chico que tenía una gata que se llamaba Susana, por la protagonista de la verbena de la Paloma, y como iba a ser su novio, le llamamos Julián. En la zarzuela, cuando el protagonista va a perder los nervios, otro personaje le recuerda «Julián, que ties madre» y esa es una frase que yo me he dicho siempre a mí misma, para sujetar mi famosa impulsividad.
Abril de 2004, llega a casa nuestro peludito
Cuando llegó a casa apenas era una pelotilla del tamaño de un Nokia 6600 y desde el minuto uno se hizo querer porque toda su alegría era andar de un regazo a otro durmiéndose siempre abrazado a alguno de nosotros. A mi hija Alba tuve que decirle tantas veces «déjalo un poco en el suelo, hija, que se va a quedar paralítico»

Para ser justos también la lio parda muchas veces, con su afición a trepar por las cortinas y luego no saber bajar, colgarse de los ficus hasta dejarlos mutilados, correr por la barandilla de la terraza jugándose una caída… Lo típico en un gatito, bueno, en cualquier cachorro de cualquier especie, incluida la nuestra.
Tuvo tres gatas en su vida, la que le hizo de madre, nuestra Pelusa y la madre de sus cachorros
El peor manchurrón en su expediente fue su incapacidad para convivir con Pelusa, la gatita que compramos con la intención de que se hicieran compañía. Después de un par de años en los que pasaron del amor al odio y la violencia, tuvimos que regalársela a unos amigos con los que vivió feliz muchos años, aunque no tantos como nuestro Julián.

Tuvo una novia en Rivas, con la que trajo al mundo una camada de preciosísimos siameses, no sé qué habrá sido de ellos porque la familia de la madre se enamoró de Julián en los pocos días que estuvo allí y se quedó con todos los gatitos como mascotas de toda la familia con la esperanza de que fueran tan buenos y cariñosos como su padre.

Estudió mucho, la ESO bilingüe de alemán, el bachillerato y hasta el grado de enfermería, todo lo que mi Alba cursó, lo hizo con él tumbado sobre sus apuntes, sus deberes, sus lápices o el teclado de su ordenador. Incluso aprendió el significado de la palabra «siesta», era escuchársela a Alba y correr hacia su cama para dormir los dos juntos después de tantas horas de estudio.

Tenía un don para detectar aquella persona en la habitación a la que no le gustaban los gatos, les tenía miedo o padecía alergia a los felinos y allá que iba derechito a sentarse en su regazo, hacerse una pelotilla y quedarse dormido, como forma de terapia de choque o superación de miedos y traumas, por exposición.
En los últimos años su vida ha sido poco más que comer y dormir, que ni tan mal, visto como está el mundo y aunque con dificultades para subirse y bajarse de los sillones, caminar con patitas temblorosas o estar algo despistado, yo le veía bien. Pero ya ha sufrido varios ataques en los que se pone malísimo, el último aquí a mi lado mientras escribo estas líneas y creo que no es justo dejar sufrir al animalito, por mucha pena que me dé sacrificarlo así que mañana hablaré con su veterinario y terminaremos con esta agonía.

Ha sido una excelente mascota, nos ha dado muchos años de alegría, compañía, cariño, consuelo y siempre le recordaremos.

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