Esta tarde he empezado a ver una serie, Yo, adicto, que narra la historia real de alguien enganchado a la coca y al alcohol y su lucha por salir de esa adicción. No sé cómo terminará la cosa porque solo llevo dos capítulos, pero hay algo que tengo claro, para salir de cualquier adicción no basta con apartarse de la tentación, con negarse caer en la pulsión que desata esa adicción, sino que hay que sentarse a ser honesto con uno mismo, radicalmente sincero, hasta encontrar qué es lo que no va bien dentro y que pretendemos llenar con la «droga» que sea.

Una semana horribilis
Como decía en el primer párrafo, he estado viendo una serie en la que el protagonista acaba en una clínica de desintoxicación, donde le recomiendan quitarse la careta y sincerarse, abrirse, ser humilde… una serie de cosas que me han dejado revuelta y que me han hecho mirarme al espejo al lavarme los dientes y decirme a mí misma «no estás bien, Marta, no estás bien»
La verdad es que llevo una semana bastante mala, estrés, cansancio, desilusiones, el otoño que no ayuda, algún problemilla de salud que tampoco viene bien… Un cóctel molotov en la línea de flotación de quien es propenso a sobre pensar, al discurso autodestructivo y a la extrema autoexigencia.
Lo bueno es conocerse aunque haya tardado cincuenta años en hacerlo
Hasta hace poco, cada vez que entraba en crisis, que me miraba al espejo y me decía «no soy feliz» se disparaban las alarmas y mi manera de defenderme de ese mordisco de tristeza era cambiar de todo para que realmente nada cambiara.
Cambiar de casa, cambiar de trabajo, cambiar de pareja, cambiar de look, cambiar de amigos, cambiar de aficiones… Cambiar por fuera para no mirar hacia adentro.
Ahora, varios acontecimientos catastróficos y un año de psicólogo mediante, lo bueno es que me conozco, o para ser sincera, empiezo a conocerme y sé que el problema no está fuera, está dentro. El problema es ese quererlo todo y quererlo ya. Es esa necesidad enfermiza, esa adicción a controlarlo todo, a tenerlo todo perfectamente planificado, a salirme con la mía. Es esa mentira, tantas veces repetida a mí misma, de que yo puedo con todo y por eso, conseguiré cualquier cosa que me proponga.
No puedo con todo y no voy a conseguir todo lo que quiero y no pasa nada
No puedo con todo, nadie puede con todo. ¡Qué absurdo e infantil es pensar que sí! Soy solo una persona, con mis virtudes y mi saco de defectos, y ya está, sin más, una persona entre millones que andamos por este mundo tratando de salir adelante.
No voy a conseguir todo lo que quiero y no pasa nada. El Universo no me debe nada por tener una infancia de mierda o por haber pasado un infierno donde otros tenían inocencia y sueños. No existe «la felicidad» como una meta, un estado a alcanzar, el final de una dura carrera de obstáculos. Existen momentos felices que atesorar y existe una suerte de paz interior que nos permite disfrutar de estos momentos felices.
Tengo derecho a estar mal, a sentirme triste con motivos o sin ellos, porque sé que pasará
En estos tiempos de felicidad extrema en las redes sociales, sobre todo en Instagram, donde cada cual rivaliza con miles de desconocidos en mostrar su mejor cara, su alegría infinita, su maravillosa vida (yo confieso haber estado ahí mucho tiempo) reivindico mi derecho a sentirme vieja, fea, gorda, cansada, triste y sola.
Los que estáis más cerca de mí podréis decir con derecho: pero Marta, si estás fabulosa para la edad que tienes. Si te mantienes en forma, haces un montón de deporte y gozas de una salud de hierro. Si atraviesas un momento personal dulce, con la bendición de haber tenido un nieto que es la alegría y la luz personificada. Si tienes el corazón lleno cuando ya poco esperabas. Y es verdad, pero eso no cambia cómo me siento hoy, porque el sentir nada tiene que ver con el razonar.

Escribir me hace sentir mejor, os lo recomiendo a los que paséis por un momento flojo
El mero hecho de ordenar mis pensamientos, mis sentimientos, en este mi MartuBlog, ya ha conseguido que me sienta algo mejor, mucho mejor, para ser sincera.
Empecé el primer párrafo con lágrimas y lo acabo abriéndome una cerveza sin alcohol y poniéndome una tapa mientras contempló la luna asomar en una noche cálida en el Paraíso.

Mañana tendré la fortuna de ver amanecer sobre el Mediterráneo, de desayunar con una vídeo llamada de mi hija y mi nieto y de compartir mi domingo con quien quiero hacerlo. Y eso es todo lo que necesito para recobrar la paz y sentir una razonable felicidad.
Gracias a los que habéis llegado hasta el final de este exabrupto emocional. Si alguno necesitáis desahogaros, esto es tan vuestro como mío. Y si tenéis dudas sobre si buscar o no ayuda profesional, id al psicólogo, como mucho habréis tirado 50 pavos y con suerte os vendrá tan bien como a mí.

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