Los Reyes Magos me han traído de regalo, en esta lluviosa mañana de enero en el Paraíso, una bofetada de realidad con forma de cubo de agua con lejía y cepillo de raíces. A priori podría parecer un castigo semejante al carbón, por haber sido una niña mala, pero creo que al final de esta entrada, estaréis conmigo en que ha sido un buen regalo.
Hace más de un año que vivo sola, en un pequeño y viejo apartamento de playa, con viejas paredes de gotelé llenas de manchas amarillas de años de humedad y abandono.
Hace más de un año que, cada noche al acostarme, veo esas manchas amarillas en la pared y me propongo darles solución al día siguiente, pero que, como mi adorada Escarlata O’Hara, al día siguiente me digo que mañana será otro día, quizás esperando una suerte de solución mágica en forma de Euromillones o príncipe azul tipo Mister Propper.

Hoy he llenado un cubo de agua con lejía, me he calzado unos guantes rosas de fregar y cepillo de raíces en mano me he encaramado a una escalera para frotar cada centímetro de las paredes de mi cuarto, que por cierto, han quedado estupendas, pero eso ahora es lo de menos.
Mientras frotaba y sentía el peso de los 53 años que voy a cumplir el mes que viene, con cada escalón de la escalera que subía y bajaba para mojar el cepillo doliéndome las articulaciones, con cada mancha amarilla que iba desapareciendo de la pared, una idea se abría paso en mi cabeza, una suerte de revelación «Esto es lo que hay, Marta. Esta es tu casa, tu pared, tus machas, tu problema y solo estás tú para solucionarlo, pero tampoco necesitas nada más»
No parece una idea ni muy novedosa, ni muy revolucionaria como para justificar titular esta entrada «catarsis» pero la verdad es que es la primera vez, en muchos años, que mi casa, mi hogar, no es una casa o un hogar compartido. Es la primera vez, desde que me divorcié en el 99 y me tocó arreglar el Iglú de PinyPon para mi pequeña enfermera y para mí que, pintar, decorar, montar muebles… no es algo de dos y para dos.

Han sido tres horas en las que ha dolido el cuerpo, por el esfuerzo y ha dolido el alma por lo que tenía que haber sido y no es, por lo que se quiso construir con tanto esfuerzo y no se logró, porque la nostalgia es un arma de doble filo. Pero también han sido tres horas en las que las lágrimas, primero de pena, después de rabia, se han terminado trocando en lágrimas de orgullo.
Con cada mancha amarilla que desaparecía de la pared, también se iba un sueño roto, una promesa incumplida, una ilusión vana. Con cada desconchón que quedaba a la vista, se exponía una certeza abrumadora «yo puedo con cualquier cosa, no necesito nada más que un cepillo de raíces y ponerme a ello y eso me hace sentir bien»

Esta noche, cuando me acueste, mis paredes lucirán viejas y con desconchones, como yo, pero limpias del peso del pasado en forma de machas amarillas de humedad. Un lienzo en blanco donde estoy escribiendo nuevas historias con sus luces y sus sombras, de colores o en blanco y negro, con días de sol y días de lluvia, pero todas reales, sinceras, sencillas, mías.

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