Estas y otras preguntas como estas son las que me hago desde que, hace más de un año y de rebote, empecé a ir al psicólogo.

Para ser honesta, hace muy pocos meses que me las hago, al principio bastante tenía con recomponer los pedacitos de mí que había dejado el terremoto que sacudió mi vida, una vida buena, una vida que me gustaba y en la que era feliz.
Como os cuento, hace dos o tres meses, mi psicólogo me reconvino porque, de lo que yo le contaba, le parecía que yo siempre me plegaba a los gustos e intereses de mi pareja (sea esta la que fuera, que han sido varias, pero el patrón acomodaticio se viene repitiendo en todas ellas).
Creo que he dado con la respuesta y no tengo muy claro si la conclusión es buena o mala, tanto es así que he pedido cita con el psicólogo para darle una vuelta, pero a mí, lo que gusta, es compartir mi ocio, mis actividades lúdicas, mis momentos de placer, con mi pareja.
¿Quiere decir esto que yo no disfrute de las cosas si no las hago en pareja? Nada más lejos de la realidad. Por ejemplo, llevo 24 años buceando, la mayoría de ellos con una pareja no buceadora. He ido durante años al gimnasio, al que me aficioné con una de mis parejas, siempre sola. Empecé a correr para poder hacer la San Silvestre con mi amiga//hermana Fátima y siempre lo he hecho sola, con gran placer.
¿Entonces qué quieres decir? No sé, me siento tan feliz haciendo cosas con mi pareja, que me da un poco igual qué cosas son. Lo bueno de eso es que así probé a bucear o a esquiar, por una de mis parejas, «el pedante» y el buceo es lo que más felicidad y paz me aporta desde hace años. Lo malo es que como, me gusta casi todo lo que pruebo y he tenido bastantes parejas, tengo más aficiones que tiempo y dinero para llevarlas a cabo.

Reflexionado en serio, he pasado 17 maravillosos años con mi marido, en los que hemos disfrutado mucho del ocio juntos, la gente nos llamaba Pin y Pon, pero en los que yo he buceado, ido al gimnasio, corrido, hecho fitboxing… sin él. También es verdad que si veíamos una película juntos y a él lo que le gustaban eran las de acción, desastres naturales, superhéroes y esas cosas, pues yo veía ese tipo de pelis, y me lo pasaba bien. O si prefería el turismo de pueblos al de monte, pues eso hacíamos ver piedras y comer ricas viandas en lugar de triscar por el campo, juntos y felices.
A priori eso me parece algo bueno, ser una «disfrutona», lo que me da un poco de miedo es que eso oculte algún tipo de tara de la infancia. Los niños que hemos sufrido un hogar disfuncional tenemos tendencia al apego ansioso, al miedo a la soledad o la necesidad de buscar agradar al otro como forma de validación propia. O por lo menos eso dicen los muchísimos psicólogos que campan por las redes sociales, vete tú a saber si eso es verdad.

Una de las cosas buenas que tiene vivir sola es que se aprende o descubre lo que a una le gusta. Me refiero a cosas sencillas como qué ver en la tele, preferir hacer la cama antes de salir de casa o no, qué cocinarse para comer, qué temperatura es la ideal para estar tirada en el sofá, en qué lado de la cama echar el primer sueño…, cosas que, en pareja, se acuerdan tras duros debates o se dejan al gusto del otro, como era mi caso.
Cuando el psicólogo me diga si me ve p’allá os informo.

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