Living apart together (LAT)

El modelo de pareja LAT, es la versión modernita y bien queda de «juntos pero no revueltos». Un compromiso de pareja profundo, sentimental, emocional y sexual pero sin convivencia.

No voy a meterme en honduras psicológicas porque para eso os he enlazado un bonito link, donde gente que ha estudiado para eso, os va a dar definición, origen y connotaciones de esta nueva forma de relacionarse en pareja. Es más, el artículo solo habla de las bondades y beneficios de vivir cada uno en su casa y no tener que esforzarse en adaptarse a las necesidades del otro, por lo que esa parte, en la que no creo, me la ahorro.

Yo os voy a contar lo que una señora de 53 años y con cuatro convivencias fracasadas en su haber opina de todo este individualismo y esta búsqueda de la comodidad que detecto creciente a mi alrededor. Sé que voy contracorriente, que ahora lo que se lleva, lo moderno, lo que está bien visto, es valerse uno mismo para todo. No necesitar nada ni a nadie. Soslayar la incomodidad y el conflicto. Vivir lo más tranquilo posible.

Antes de que me soltéis el rollo de que primero hay que quererse uno mismo para que otros puedan hacerlo. Y la cara b de este axioma: hay que aprender a vivir solo y estar bien con uno mismo para poder hacerlo con otros. Ya os adelanto que estoy muy de acuerdo en esto. Que un año y medio de psicólogo han hecho maravillas en esto de no depender emocionalmente de la felicidad del marido/amor de turno para ser feliz uno mismo. Y que el hecho de defender la convivencia como modelo ideal de vida en pareja no significa que no sepa vivir sola.

Uno de las cosas que más me ha costado en este medio siglo largo de vida que tengo es vivir sola. Los que tenéis la paciencia de leerme cuando me da por pasar por aquí ya me lo habéis oído decir en anteriores entradas por lo que no me repetiré. Sentada en mi mini terraza / despacho / tendedero, escuchando música mientras contemplo un maravilloso atardecer escribiendo en mi Martublog, me siento razonablemente feliz, casi en paz.

Mi defensa de la convivencia como base de la pareja no parte ni de la necesidad, ni de la inseguridad, ni de la soledad, parte de un convencimiento pleno de que llegar a tu casa y que esté en ella la persona que amas, hace que tu vida sea mejor. Aunque sus manías y las tuyas hayan necesitado tiempo, trabajo y cariño para acoplarse, precisamente, ese esfuerzo, cimienta la relación con hormigón armado.

Pero tampoco es eso de lo que quiero escribir ahora, lo que me inquieta, más por hija, incluso por mi nieto, no es mi vida actual, que ya os he dicho que está muy bien, lo que me preocupa es la falta de compromiso, de esfuerzo, de interés en el otro, que late detrás de todos estos movimientos con un único denominador común, el individualismo.

Lo que lee uno en estos artículos que reivindican desde el celibato, pasando por la soltería, hasta el living apart together, es esa búsqueda de lo fácil, de lo inmediato, de lo cómodo, de lo que no duela, de lo que no me obligue a pensar, de lo que no me haga sentir demasiado, de lo que no ponga en riesgo mi precario bienestar emocional o incluso mental.

Eso es lo que me asusta, haber pasado del «contigo pan y cebolla» del franquismo, ese aguantar lo que sea, pobreza frío, hambre, malos tratos, con tal de seguir en la pareja católica, apostólica y romana, al «juntos pero no revueltos» de ahora, no sea que tenga que poner mis calzoncillos en otro cajón o sentarme en otra silla de la mesa que no es la que siempre he usado o ver un pelo en el lavabo que no sea mío.

Tengo la esperanza de que el día de mañana, mi nieto Manuel pueda enamorarse, ilusionarse con su pareja, discutir, romper, hacer las paces con un polvazo, imaginar un futuro juntos y construirlo, convivir y tener hijos y más sueños y más broncas y mucha incomodidad y mucha más aún felicidad. Soy una romántica empedernida y creo que ya estoy muy pelleja para cambiar.


Descubre más desde Marta Garrote, confieso ser la perpetradora de todo lo que aquí leas.

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