Dicen que el olor a tierra mojada cuando llueve se llama «petricor» y que es uno de los olores favoritos de la mayoría de la gente, no diré que no porque es embriagador el aroma que desprende la tierra mojada, limpia, llena de vida y de promesas de futuro, pero a mí, la lluvia me huele a cocido de mi abuela Fita.
En Extremadura, el cocido es una religión, por lo menos en la zona de Badajoz, donde era el menú de diario. De lunes a viernes se comía un cocido, que madres y abuelas ponían en el puchero a hervir de buena mañana y que se pasaba horas cocinándose a fuego lento sobre las llamas y llenando las casas humildes de aroma a hogar, a refugio seguro, a delantales blancos sobre ropas negras, a mujeres fuertes y calladas que soportaban sobre sus hombros el peso de la crianza, pilares indestructibles sobre los que se construía la familia.

Mi madre, que odia los garbanzos, se crio así la pobre, a base de sopa y chicha, esperando que llegaran el sábado y el domingo en los que se mataba un pollo y se comía el pescado que hubiera llegado al pueblo esa semana. Eran aquellos años 50 en los que mandaban los restos del hambre y la miseria que sembró la Guerra Civil y que abonó con sangre el franquismo.
Cuando yo nací, ya estábamos en otra España, la del boom de los setenta, el ladrillo, el turismo, la huida a las ciudades, el «desarrollismo» de los últimos años de la dictadura y la promesa de una cercana democracia.
En casa de mi abuela, mujer trabajadora, el cocido ya era la comida del sábado, solo del sábado. Eso sí, lloviera, nevara o hicieran 40º a la sombra, los garbancitos en el puchero, con todos sus avíos, eran de obligado cumplimiento. Daba igual si volvías a casa después de hincharte a cañas con sus aperitivos, o dabas cuenta de los garbanzos o desatabas la justa ira del infierno en forma de la Fita cabreada.

Dejamos atrás el puchero, toda la mañana sobre el fuego de leña o gas y entramos en la era de la olla exprés, uno de los inventos que más a ayudado a la emancipación de la mujer. Ese cocido que antes ocupaba la mañana entera, al que había que vigilar, espumar y añadir agua, caso de ser necesario, ahora apenas necesitaba una hora para estar listo y, no os dejéis engañar, tampoco hay tantos paladares que noten la diferencia.
Ahora que en mi familia, mi abuela ya no es la dueña de su cocina y, cada quién se organiza las comidas como mejor puede o sabe, a mí me gusta echar un puchero cuando llueve, como hoy. Y así os escribo esto desde mi terraza en el Paraíso, oyendo llover y oliendo el cocido hacerse en una olla lista, con una mezcla de nostalgia de lo vivido y alegría por todo lo que queda por vivir.
Tengo la esperanza de que dentro de unos años, mi nieto Manuel (y espero que también mi futuro nieto Tomás) sentados calentitos oyendo caer la lluvia, tengan al «fuego» que haya en el futuro, un puchero de garbanzos y eso les traiga recuerdos de hogar, de familia, de niñez feliz y de su abuela cocinándoles con amor incondicional. Creo que esa es mejor herencia que pisos y dineros.
PD Editaré la entrada cuando pueda abrir la olla y os enseñaré mi puchero de garbanzos, nostalgia y olor a lluvia.

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