Ha llegado el otoño, las lluvias, ojalá pudiera decir que el frío pero no, y con ellos habitan entre nosotros todos los virus de octubre y más. Pues bien, alguno de esos cabronazos ha decidido echar la temporadita en mi garganta y estoy en casa malucha, afónica, con tos, con mocos y más aburrida que una ostra.
En este estado enfermizo/depresivo en el que me hallo me ha dado por pensar en la absurdidad de esta vida moderna que nos han impuesto y que nosotros, como tontacos, hemos abrazado creyendo disfrutar del mejor de los tiempos del hombre moderno. Nada más lejos de la realidad.

Es verdad que, en líneas generales, disfrutamos de una vida cómoda.
Tenemos viviendas cómodas en las que residir tranquilos y seguros, sin pasar inclemencias climáticas, eso sí, las vamos a estar pagando toda nuestra vida. Parece que el Gobierno más progresista de la historia no acaba de encontrar la manera de evitar que unos cuantos fondos buitres y un buen puñado de especuladores, se forren con uno nuestros derechos fundamentales según la Constitución. A nadie se le ocurrió pensar que la solución es vivienda pública, amigos. A cada empresa que te pide permiso para construir, imposición de un cupo de vivienda a precio tasado. A cada Florentino que quiere quedarse con un trozo de la Castellana para su Real Madrid, imposición de construir vivienda social.
Tenemos trabajo, por lo que dicen las cifras del paro, nos sobra el trabajo. Un trabajo que nos permite pagar las facturas, llenar la nevera y, hasta incluso, que decía un amigo mío, darnos caprichos, aunque el salario mediano se haya quedado peligrosamente cerca del salario mínimo. Parece que el Gobierno más progresista de la historia nos ha igualado a todos, pero por abajo. A nadie se le ocurrió pensar que, a la vez que fijaban un salario mínimo, tenían que ir fijando un porcentaje, una escala, una regla de algún tipo, que obligara a las empresas a subir el resto de salarios.
Tenemos acceso a la Educación pública, lo que nos permite soñar con que nuestros hijos se formen y tengan un futuro laboral mejor que el nuestro, pero ya os digo yo que podéis ir dejado de soñar. Los ascensores sociales no es que no funcionen, es que han sido dinamitados para que los de siempre hagan negocio con la Educación «privada concertada» porque de pública solo tiene el nombre. Parece que al Gobierno más progresista de la historia no se le ha ocurrido que, además de leyes educativas, hay que meter mano a los reinos de taifas que son las comunidades autónomas que están desviando el dinero público a los fondos de sus amigos para que haga negocio con el futuro de nuestros hijos. A nadie se le ocurrió pensar que todos los españoles tienen derecho a una educación pública de calidad, vivan en Andalucía, Cataluña, Aragón y País Vasco, y que solo la educación nos hará libres.
Tenemos acceso a la Sanidad pública, esa que era la flor de la corona, el orgullo patrio, la mejor del mundo y que supuestamente nos permite no tener que empeñar nuestra alma en caso de que alguien de la familia enferme de gravedad. Aunque esto, comunidades autónomas mediante, también ha dejado de ser así. Al igual que la Educación, la Sanidad se está vendido a trozos a los grandes grupos privados de salud. Parece que el Gobierno más progresista de la historia, con la ministra médica a la cabeza, no ha pensado en intervenir en aquellas comunidades donde se pone en peligro la salud de sus ciudadanos para engordar listas de espera y luego aprobar un pago extraordinario al hospital de algún amigote para deshacerlas. A nadie se le ocurrió que se pueden recuperar competencias, que se puede apelar a la constitución, artículo 155, que hay mecanismos legales que utilizar cuando lo que está en juego es nuestra salud.

Pero qué importa todo eso si tenemos todo el ocio del mundo en nuestras manos. Disponemos en el móvil de una ventana al mundo entero. Una ventana para comunicarnos con los nuestros y con perfectos desconocidos aunque al final lo único que hagamos sea compartir chistes y memes. Una ventana para consultar las cosas importantes y las más absurdas «magufadas» aunque al final lo único que veamos sean vídeos de perritos y bailes ridículos. Una ventana para asomarnos a cualquier rincón y saber lo que ocurre en tiempo real aunque prefiramos tragarnos cualquier bulo que el sesgo de confirmación del algoritmo de turno nos quiera meter en la boca.

Tenemos en nuestras televisiones acceso a decenas de plataformas donde ver cualquier cosa que se nos antoje aunque al final todo sea un poco más de lo mismo para aletargar nuestras conciencias no sea que vayamos a pensar un rato en los que nos llevan del ronzal. No vaya ser que despertemos y queramos para nuestros hijos un mundo donde los nazis no masacren a niños indefensos. Donde los poderosos no sigan quemando y contaminando lo que nuestros niños tendrían que heredar sano y limpio. Donde unos pocos no tengan lo mismo que millones y millones de nosotros deslomándonos cada día por dejar algo a nuestros hijos.

En fin, que empecé esta entrada con intención de escribir de lo solos, asustados y aburridos que estamos pese a que sonriamos en nuestras fotos de Instagram, pero la he terminado acompañada de los que espero que leáis esto, cargada de justa indignación y sin miedo porque peor ya no podemos estar y del aburrimiento ha brotado esto, luego no va a ser tan malo aburrirse.
Y ahora me voy a hacer unos oreccheti con brócoli, que un día me hizo mi hermano en Bruselas y la sola idea me hace sonreir.

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