Una reflexión sobre el desencanto y la necesidad de reinventar la democracia
Hace una década tomé una decisión —ayudada por mi “amigo” Pedro, que me expulsó del PSOE—: abandonar la política y concentrar todas mis energías en mi vida. En mi evolución profesional, en mi familia (a la que tantas veces había relegado) y en mí misma, que falta me hacía.
No ha habido un solo día en que haya lamentado ese cambio de rumbo. Ni uno solo.
La política ya no funciona
En las últimas elecciones europeas apoyé, sin ilusión pero con verdadero deseo de que triunfaran, a Izquierda Española. Su líder, Guillermo del Valle, me parece una de las mentes más claras que hay hoy entre las gentes progresistas de este país. Sus intenciones no pueden ser más nobles ni más cercanas a mis principios y valores.
Y sin embargo, lo hice sin ilusión. Porque hace tiempo que pienso que la política —tal y como la he concebido toda mi vida— ya no funciona.
La política no funciona porque se han roto las reglas del juego. La democracia no puede ni debe ser solo ir a votar cada cuatro años y luego mirar desde la grada lo que unos y otros hacen con la “voluntad popular”.
La mentira se ha convertido en moneda de cambio habitual, y no tiene consecuencia alguna: ni moral, ni política, ni legal. Los intereses de unos pocos —cada vez más pocos— mandan y gobiernan el mundo, independientemente de lo que votemos o necesitemos la inmensa mayoría.
La juventud está fuera del sistema
La gente joven está fuera del sistema político tradicional. No se afilia, no vota a los partidos de siempre. No ve la tele ni escucha la radio; se informa en redes sociales, a través de sus referentes, y tiene claro que este “Estado del bienestar” no va con ellos.
No aceptan un pacto social en el que trabajan con sueldos de miseria para pagar buenas pensiones que nunca disfrutarán. No se comprometen con el pago de impuestos para sostener un sistema que les niega el acceso a la vivienda, que les ofrece una educación mediocre y cara, y una sanidad en vías de extinción.
Los que luchamos estamos cansados
Los que luchamos a hierro por los derechos que ahora vuelven a ponerse en duda estamos ya desfondados.
Y no me refiero solo a los derechos de las mujeres —a las que se pretende cuestionar la libertad de gobernar sus cuerpos—, o a los de los trabajadores —a quienes se les reducen los salarios al no subirlos al ritmo de todo lo demás— y se les pretende acusar de absentistas carentes de compromiso.
También hablo de los inmigrantes, que llevan décadas haciéndose cargo de nuestros campos, nuestros bares y nuestros mayores, y a los que ahora se culpa de la miseria que genera el capitalismo feroz que se nos está comiendo vivos.
¿Entonces qué?
La política no tiene respuestas porque los políticos actuales ni siquiera se hacen las preguntas que nos hacemos todos. Su realidad está tan lejos de la nuestra que se diría viven en otro Planeta.
Entonces, si la política no sirve, ¿qué?
La solución no puede ser mirar con nostalgia a la dictadura —la de Franco aquí y otras en el mundo— desde la comodidad de quienes jamás han sentido opresión alguna. Ese sentir absurdo y completamente falso de que “lo pasado era mejor”, de que “había orden y oportunidades”, cuando lo que hubo fue miseria, hambre y miedo. Mucho miedo.
Tampoco puede ser este “sálvese quien pueda”, ni su versión naïf de “que no haya impuestos ni nada público, que yo me valgo”. Esa mentira que los neoliberales venden a la chavalería hasta que llega un Milei y la gente se muere —literalmente— de hambre o de enfermedades, porque no puede pagar una medicina carísima.
Sin política, solo queda el mercado
Y es que sin política —sin la buena política, la del compromiso, la del servicio y la empatía— solo queda el mercado. Ese nuevo capitalismo que lo devora todo: el tiempo, la dignidad, el planeta y hasta la idea misma de pertenencia a la humanidad.
Un capitalismo que convierte al otro en competidor, en obstáculo, en enemigo. Un sistema que nos dice que si no triunfas es porque no te has esforzado lo suficiente, y que si caes, caes solo.
Por eso, aunque la política actual no sirva, necesitamos más política que nunca. Pero una política nueva: que recupere la ética del bien común, que vuelva a poner en el centro a las personas, que nos recuerde que vivir en sociedad no es competir, sino cuidarnos.
Quizá ahí esté la respuesta: en reconstruir la política desde abajo, desde los barrios, desde lo cotidiano, desde cada gesto que nos une en lugar de separarnos. Implicarnos con nuestra familia y amigos, asociarnos con nuestros vecinos, comprometernos con la educación de nuestros hijos, proteger el entorno natural que nos cobija en lugar de verlo como algo utilizable y desechable…
Porque si renunciamos a la política, la harán otros por nosotros, los ricos, los poderosos y el poder no desaparece. Solo cambia de manos. Y las manos de esos pocos –los que tienen todo el dinero– nunca han sido las más generosas.

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