Cuando nació mi hija Alba, a mediados de los 90 en Barcelona, no recuerdo más preocupación por su educación que sacarla de Cataluña, donde la inmersión lingüística sin criterio pedagógico alguno, presagiaba lo que finalmente ha ocurrido, generaciones enteras con severos problemas para comunicarse en castellano.
Salvado el obstáculo con una mudanza a Madrid antes de su escolarización, mi hija fue al mismo colegio y al mismo instituto al que había ido yo. Lo cierto es que la decisión no fue por cuestiones educativas sino por razones prácticas, me divorcié y vivir cerca de mi madre y mi hermana era una necesidad, pero tanto el Pintor Rosales, como sobre todo, el Ramiro de Maeztu, eran de las mejores opciones posibles dentro de la educación pública madrileña.
Durante todos esos años, jamás me cuestioné si estaba aprendiendo algo útil, si el sistema que utilizaban era el mejor para ella o cualquier otra cuestión pedagógica. De hecho, tuve la suerte de que la eligieran en el cole para estudiar la ESO en un programa piloto bilingüe de alemán que le proporcionó la oportunidad de terminar con un dominio razonable tanto de alemán como de inglés sus estudios obligatorios, lo que es una ventaja en el mundo laboral o eso pensaba yo.
Aprobó con buenas notas la selectividad y consiguió entrar en la Facultad de Enfermería, que es lo que ella deseaba y en cuatro años estaba trabajando en lo que le gustaba. Lástima que el destrozo de la sanidad pública, las condiciones laborales demenciales en las que están nuestros sanitarios y el abuso que de ellos hicimos durante la pandemia, la haya quemado hasta el punto de plantearse dejar su vocación. Malditos sean todos los responsables de ello.
Pero volviendo al tema que me ocupa hoy, la futura educación de mi nieto Manuel, que es lo que ha provocado que esté escribiendo esta entrada, lo cierto es que todo es completamente diferente ahora.
No hablo de que haya cambiado la Ley Educativa, ya que probablemente la LOMLOE sea una buena norma, con su enfoque competencial y su voluntad de evaluar a los alumnos de manera continua. No solo vertiendo conocimientos en un examen sino también con habilidades prácticas pegadas al mundo en el que viven.
Lo que me preocupa es un sistema educativo asfixiado por la falta de inversión pública, con unos profesionales hartos de no ser tenidos en cuenta en las sucesivas reformas legales, ninguneados por los padres de sus alumnos y por la sociedad en general, cada vez peor formados y menos implicados.
Lo que me aterra es un sistema represivo, diseñado para inculcar miedo a pensar, a defender lo que uno piensa i menos aun a revelarse. Unos colegios e institutos que parecen cárceles y no lo digo en sentido figurado, estéticamente nada los diferencia de las instituciones penitenciarias: vallas cada vez más altas, seguridad en las puertas, controles en las entradas de los servicios, restricción del uso de móviles…
Me preocupa que aprenda poco y aprenda mal. Poco en cuanto a conocimientos y mal en cuanto a herramientas para defenderse en un futuro cada día más complejo, incierto y oscuro.
Me preocupa que no disfrute del colegio, del aprendizaje, del descubrimiento de cosas nuevas, de los amigos que acaban siendo tus hermanos, del patio y sus leyes no escritas, de los profes duros que te hacen resilente y de los buenos, de esos que te dejan una huella imborrable para siempre.
Me preocupa que llegue a ser un adulto joven en un mundo en declive para el que solo será mano de obra barata, carne de cañón para este neocapitalismo feroz, reemplazable si se quiebra, útil solo si se adapta a las normas, si cumple con su papel preestablecido y si no se cuestiona el orden natural de las cosas.
Quiero que sea feliz, por encima de todas las cosas, pero quiero que pueda ser feliz sin necesidad de que su abuela esté cavilando cómo protegerlo, ayudarlo, acompañarlo.
Quiero que sea feliz porque crezca en un mundo al que le importen nuestros niños. Porque esté rodeado de buenos profesionales, en la educación, en la sanidad, en todo lo público, que es lo de todos y cuya única función debería ser mejorar nuestras vidas.
¡Joder, quiero que sea feliz, sin más!

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