Hace un rato he terminado de ver la película el 47, que aunque hace tiempo que se estrenó, tenía en tareas pendientes y os la recomiendo encarecidamente.
Recomiendo verla si eres de izquierdas, progresista o simplemente demócrata. Ilustra muy bien esa España franquista que ahora nos quieren vender como idílica; esa en la que la clase trabajadora luchó con uñas y dientes para conquistar cada derecho que hoy menospreciamos, o que incluso dejamos que nos arrebaten poco a poco sin mover un músculo.
Y recomiendo aún más verla si eres de derechas, «ultra» o de los que dicen que «todos son iguales», «a mí la política me da igual» o «con un dictador estaríamos mejor porque con Franco todo el mundo se podía comprar una casa». En fin, sandeces de ese calibre.
El 47 cuenta la historia de un barrio del arrabal barcelonés, Torre Baró, pero podría ser la de cualquier barrio de la periferia de Madrid, Sevilla o Valencia. Es la historia de cientos de miles de emigrantes que huyeron de la miseria del campo hacia las ciudades en busca de un futuro —ya no mejor, sino simplemente un futuro—. Habla de trabajadores del sur, empobrecido y pisoteado por los terratenientes, que marcharon hacia ese norte «floreciente» que no lo era tanto.
Torre Baró y la lucha por la vivienda digna
Lo que cuenta la película está basado en hechos reales. Durante el franquismo, podías comprarle un terreno de monte (sin suministros ni permisos) a un gran propietario —como la familia Sivatte en Torre Baró—, pero no podías edificar en él. Si levantabas una pequeña barraca o una chabola, se consideraba una construcción ilegal y las autoridades podían demolerla de forma inmediata.
Sin embargo, había un truco: si conseguías poner el techo antes del amanecer, cuando pasaba la policía el habitáculo ya se consideraba un «domicilio». Al haber alguien viviendo dentro, la administración no podía derribarlo sin una orden judicial. Era un proceso lento que las familias aprovechaban para consolidar la vivienda, empadronarse y sobrevivir.
En la España de Franco, la inviolabilidad del domicilio era de las pocas protecciones que el Fuero de los Españoles mantenía sobre el papel. Por eso los guardias no te echaban la chabola abajo. Eso sí: como las casas eran alegales, los ayuntamientos no instalaban agua, ni luz, ni transporte.
Así crecieron barrios enteros. Sus vecinos no tenían derecho a nada, pero se levantaban cada mañana para acudir a las fábricas y a los tajos, convirtiendo las capitales en las urbes prósperas que son hoy. Mientras tanto, ellos vivían entre ratas, sin colegios, caminando kilómetros para ir al médico y cargando con la compra durante horas. Sin alcantarillado, sin aceras, sin nada más que sus manos y su dignidad.
Lo que no fue un regalo: Derechos conquistados, no otorgados
Esa gente peleó para que hoy tus hijos caminen por aceras iluminadas hasta una parada de autobús. Franco no les regaló nada; se lo ganaron jugándose el tipo.
- Arriesgaron su trabajo por la jornada de 40 horas, las pagas extra y las vacaciones que hoy das por sentado.
- Arriesgaron su libertad por los derechos individuales que hoy te permiten vivir y amar como te dé la gana y con quien te de la gana, amar a quien te pida el cuerpo y hasta, soltar cualquier chorrada, como que con el dictador se estaba genial, sin que te lleven preso.
- Arriesgaron su integridad física frente a un régimen opresor que no dudaba en encarcelar, torturar y matar al disidente, para que tú, hoy, desde tu vida de comodidad y lujos, les vengas a contar que con Franco se vivía mejor.

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