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¡Qué solos se quedan los muertos, o no!

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¡Qué solos se quedan los muertos, o no!

NOTA PREVIA. He dudado mucho sobre escribir o no esta entrada, ya que la muerte, la vida después de la muerte, el alma, etc, son temas delicados de tratar pues afectan a lo más profundo y arraigado de las creencias de cada cual, territorio oscuro y lleno de trampas, pero llevo tiempo con ganas de compartir con vosotros algunas reflexiones y este es tan buen momento como otro cualquiera. Adelanto que lo hago desde un profundo, meditado y convencido ateísmo, no creo en dios, en ningún dios, no creo en la existencia del alma, ni del paraíso ni del infierno, no creo en que haya vida más allá del día que cierras el ojo, como dice mi abuela.

Antes, la gente moría en casa, en la nuestra del pueblo han fallecido mi madrina, mi abuelo Fito y mi tío Felix teniendo yo uso de razón. Todos ellos en su cama, rodeados de los suyos, fundamentalmente mi abuela Fita, que ha visto morir a muchos más familiares en casa y que siempre nos anunció que se acercaba el momento justo cuando parecía que experimentaban una clara mejoría. Siempre se ponen bien justo antes de morirse, nos avisaba, y no erraba. Esto es algo que mi pequeña enfermera me ha confirmado por su experiencia laboral en residencias de ancianos.

En muchos de estos casos, estando en las puertas de la muerte, nos decían que había venido su madre a buscarles, o como en el caso del primo Quico, que murió después de mi abuelo (su primo Antonio), que le dijo a su mujer, mira, ha venido mi primo Antonio a buscarme, me voy con él. Esto es algo que mi pequeña enfermera también me cuenta, con un poco de miedo razonable y un mucho de curiosidad científica.

Una de sus abuelas, que llevaba tiempo demenciada, le dijo a la auxiliar, momentos antes de morir: “todas esta gente que está aquí o se sienta o se va” y estaban ambas solas en la habitación. Otro de sus abuelos le dijo a la hija, “ha venido mi madre a buscarme” y esa tarde se murió. Y ayer mismo, otra abuelilla, que estaba algo malita le dijo, “mira, ha venido mi madre” y mi pequeña enfermera recorrió toda la habitación gritando “que no, fulanita, mira, aquí no hay nadie, no hay nadie sentado en la silla, no hay nadie de pie, aquí no ha venido nadie” porque no quería que se le muriera la mujer después de haber superado el coronavirus.

Hablando de estos temas ella sostiene que no le parece mal del todo que el día que ella se vaya a morir vengamos nosotros a buscarla (da por sentado que yo palmaré antes que ella, por razón de edad). Y me resulta curioso porque yo, que he sido criada en el cristianismo, bautizo, comunión y catequesis mediante, no creo en nada y ella, criada en la absoluta asepsia en lo referente a religión, se plantea que es posible los tuyos vengan a buscarte el día que te mueres y además le parece una idea agradable.

Siguiendo con nuestras reflexiones, pensad que no la veo hace dos meses pero hablamos a diario cuando sale de trabajar, en parte para que le entretengamos el trayecto en coche, en parte para exhortizar los demonios de tanto dolor y muerte con los que le toca lidiar a diario. A ambas nos parece curioso que en la mayoría de los casos sea la madre la que viene a buscar al que está a punto de morir. Y es que, como una madre no hay nada.

Si yo creyera en que había vida después de la muerte, que el alma se va a algún sitio donde te esperan los tuyos, es más, que alguno de ellos viene a acompañarte en ese viaje, supongo que me sentiría reconfortada, que la muerte me parecería menos terrible. Sobre todo en estos tiempos de coronavirus donde tantos seres humanos están muriendo solos. Sería un consuelo, aunque pequeño, pensar que en esos últimos momentos alguien a quien querían mucho estaba con ellos, aunque fuera en espíritu y que no sintieron tanto miedo sino la alegría de estar otra vez en su compañía. Si yo lo creyera.

AYER TUVE UN DÍA DE FURIA

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Yo confieso que ayer, para mí, fue el peor día desde que empezó la cuarentena, que la decisión, luego valoraré la misma, del Ministro de Sanidad de dejar a Madrid en FASE 0, una semana más, aunque esperada y en mi fuero interno comprendida, fue la gota que colmó mi vaso y exploté.

Son muchas semanas sin ver a mi hija, mi única hija, que vive solo a unos pocos kilómetros de mi casa, pero que por respeto a las normas, no he ido a ver. En estas semanas que no la he visto ha estado trabajando como enfermera en una residencia de ancianos donde han fallecido 40 a causa del COVID, sin medios de protección adecuados, en jornadas laborales extendidas, sin saber muy bien qué era esta bicho inmundo y cómo mataba a la gente de mil maneras, a cual más cruel.

En estas semanas ha contraído la enfermedad y la ha pasado sola, sin que su madre pudiera acercarse a cuidarla, a llenarle la nevera, a espantar un poco el miedo que ha pasado habiendo visto morir a muchos enfermos entre terribles dolores, asfixiándose. Afortunadamente fue de las que han tenido síntomas llevaderos y ahora solo tiene que vigilarse que no padezca alguno de los indeseables efectos secundarios que te deja el coronavirus en tu cuerpo, como la propensión a los trombos.

En estas semanas hemos apuntado en el calendario el 11 de mayo como día de entrada en Madrid en FASE 1 y el sábado 16 (hoy) como el día de vernos y comernos una oreja a la plancha en la terraza del bar de enfrente de casa, pues es cuando ella libraba después de muchos días doblando turnos. Lo hemos apuntado en el calendario y lo hemos borrado al quedarnos en el pelotón de los torpes la semana pasada. Apuntamos como nuestro día de al fin reencontrarnos el 18 de mayo, pero ayer tuvimos que volver a borrarlo al quedarnos en la FASE 0,5 y ya no sabemos cuándo llegará.

Por otra parte, mientras no estemos en FASE 1 yo seguiré en el ERTE de mi empresa, en el que cada mes pierdo una pasta de salario y se hace más incierta la vuelta al curro con garantías de no irnos todos a la calle en breve. Así que a la tensión emocional se une la incertidumbre laboral y ayer, insisto, tuve un día de furia.

Sé que Simón tiene razón en que en la Comunidad de Madrid, la densidad de población es brutal (decisión política de la derecha madrileña que cuando llegó al poder hace casi tres décadas apostó por el ladrillo como método de hacer pasta, pero esa es otra discusión para tener en otro lugar). Sé que tenemos la ciudad más grande de España, con más quilómetros de suburbano, la conexión AVE con todo el resto de territorio, el mayor aeropuerto internacional y cuatro o cinco ciudades con 200.000 habitantes, más que la mayoría de capitales de provincia. Pero como dice Ayuso, eso es así y va a seguir siendo así, por lo que no puede ser la causa de quedarnos encerrados de por vida.

Sé que Simón tiene razón cuando apunta, discreta y sutilmente, porque hay que reconocerle que es un alma de dios, que la Atención Primaria en Madrid está en cuidados intensivos. Desde hace años sus efectivos han ido viéndose reducidos y la población a la que atienden aumentada. Cuando llegó el Armagedón, se utilizaron esos profesionales sanitarios para reforzar los hospitales y para deambular por el IFEMA y ahora tenemos centros de salud cerrados, no tenemos circuitos diferenciados para COVID y el resto de enfermedades y no somos capaces de llevar a cabo la detección precoz de casos y el rastreo de sospechosos. El miércoles la Comunidad aprobó en mesa sectorial el REFUERZO, esperemos que llegue a tiempo para presentarnos al examen del jueves que viene.

Sé que Ayuso tiene razón cuando dice que tras estas decisiones se ocultan intencionalidades políticas. A nadie se le escapa que en Cataluña están sufriendo, corregido y aumentado, esto mismo que describo para Madrid y que el agravio comparativo de que la capital pasara a FASE 1 y Barcelona siguiera en FASE 0 se lo iban a cobrar caro los indepes a Sánchez. Del mismo modo nadie puede negar que los vascos están recibiendo un trato de favor porque su apoyo a la prórroga del Estado de Alarma hoy y a los Presupuestos Generales del Estado, mañana, es indispensable para Sánchez. Pero si Madrid no tuviera las carencias que he descrito antes, no habría excusa objetiva para el Gobierno.

Ayer, lloré de rabia, de frustración, de pena, lloré y despotriqué y hoy, aunque sigo triste y enfadada, estoy algo mejor. Quiero creer que la semana que viene la Comunidad de Madrid hará las cosas bien y Sanidad nos permitirá avanzar de fase el 25 de mayo. Quiero creer que en diez días podré ir a ver a mi hija, y podré volver a mi curro, y podré tomarme unas cervecitas en los bares de mis amigos, que están con el agua al cuello, y podré pensar en las vacaciones de este verano, más austeras, con medidas de precaución, pero vacaciones a fin de cuentas.

ARBITRARIEDAD LEGAL

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ARBITRARIEDAD LEGAL

Desde que hace dos meses se decretó el Estado de Alarma, los ciudadanos españoles vivimos sumidos en una suerte de arbitrariedad legal que hace difícil el cumplimiento de las normas y que vaticina una cascada de líos legales cuando se materialicen las actuales propuestas de sanción emitidas por los distintos cuerpos policiales al amparo del marco legal fijado por el Gobierno más que prolíficamente.

No solo es que la precipitación en la elaboración de Decretos haga que su técnica legislativa sea harto básica y descuidada, es que están trufadas de un gran surtido de criterios jurídicos indeterminados (los mayores enemigos de la Justicia) y cuya interpretación se deja al albur del funcionario que los llevan a la práctica.

Os contaré un ejemplo en primera persona, que os permitirá comprender que, ni para alguien con conocimientos jurídicos, es fácil saber qué se puede o no hacer en según qué circunstancias:

Esta semana hemos conseguido que mi madre vuelva, con quince días de retraso, a Madrid desde Tenerife, donde la pilló el confinamiento. Lo hemos logrado tras un intento fallido que la dejó en la puerta de embarque del avión por ser residente canaria, una importante discusión con Iberia en la que se explicaba que el viaje a Madrid era por fuerza mayor (cuidar de mi abuela) y que era urgente porque yo (que soy la que se ha estado haciendo cargo de ella) me reincorporo al trabajo la semana que viene.

Una vez mi madre en Madrid, quedaba la segunda fase de la operación “el retorno de la abuela” y era que yo la llevara de Coslada a Madrid. Elegí el sábado a media mañana porque me parecía que era menos sospechoso de viaje de huida de fin de semana, caso de ser interceptada en un control. Así que abuela, maleta, compra para una semana, mascarillas y yo, salimos destino la Prospe, sin apenas compañía por la carretera.

A la altura de la salida de Arturo Soria, y con dirección Guadalajara, nos encontramos con un control de la Policía Municipal que provocaba un largo atasco. No era en nuestro sentido por lo que seguí hasta casa de mi madre, sin novedad en el frente, dejé a mi abuela a salvo y me dispuse a volver a casa, pero, ¿qué iba a explicar a los guardias a la vuelta?

Caso de pararme a la ida podía enseñarles a la propia abuela montada en el coche con su mascarilla y de pasajero en diagonal con la conductora, sus papeles médicos, su cartilla de desplazada en Madrid y mis papeles del trabajo. La historia es más que razonable: es muy peligroso para ella que yo vaya cada día a trabajar a una clínica dental, donde aun con las medidas de seguridad, se genera un atmósfera sucia, y luego vuelva a casa con mi abuela de 92 años. Es mucho más seguro que esté con mi madre, jubilada, que por otra parte es donde pasa cada año, de diciembre a mayo.

Algo más complicado de explicar sería a la vuelta, yo sola en el coche, solo podría enseñar fotos en el móvil del DNI y la Tarjeta Sanitaria de mi abuela y una larga historia que explicar en un control en la A2 que ya provocaba un kilómetro de atasco. Vi pasar la historia de mi vida ante mis ojos y estuve un buen rato decidiendo qué hacer.

Tenía una razón justificada para haberme desplazado, no estaba de paseo por gusto, no me había desviado un milímetro de la ruta y apenas había tardado media hora en hacerlo pero ¿y si me tocaba un guardia con exceso de celo como la señorita de Iberia que dejó en tierra a mi madre? Solución, puse el Waze y busqué una ruta alternativa sin control policial.

Me fui por la M30 hasta O’donell, cogí la M23 y entré en Coslada desde la M40, apenas unos kilómetros y 5 minutos de desvío y llegué a casa esquivando un control, como si fuera una delincuente, como si tuviera algo que ocultar. ¿Por qué? porque vivimos en un Estado de Alarma en el que nadie tiene muy claro qué se puede hacer, cómo, dónde, durante cuánto tiempo, bajo qué circunstancias, con qué tipo de documentación justificativa.

Ahora, con la desescalada por fases, territorios, distritos sanitarios y excepciones interesadas, el desconcierto es aun mayor. Si algo invita a saltarse las normas es que estas no sean claras, que generen injustas diferencias entre situaciones aparentemente iguales y que permitan que unos, puedan más que otros.

Cuando se acabe esta locura, se podrán escribir manuales de derecho con todas las cosas que se han hecho mal, desde el punto de vista normativo y de la seguridad jurídica, que serán muy didácticos.

NO VAMOS BIEN Y NEGARLO NO VA A AYUDARNOS

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España sale muy mal parada, se mire desde el punto de vista que se mire, en esto del coronavirus, la lucha contra la pandemia, el confinamiento, el aplanamiento de la curva o el tan ansiado desescalado.

Tenemos más muertos por millón, llevamos encerrados más tiempo que nadie y con el encierro más estricto de todos, nuestros sanitarios caen como moscas, siguen dándose un número demasiado alto de contagios, pese a que se supone que estamos encerrados en casa, la presión en las UCIs de algunas Comunidades Autónomas como Madrid o Cataluña es insoportable y no vemos cerca el poder salir a la calle, pese a que llevamos confinados desde mediados de marzo.

Parece que hay una cosa que tienen en común todos los países tanto en Europa como en Asia, que han conseguido esquivar la bala de plata del coronavirus y es la realización masiva de test. Es lógico que si podemos detectar los infectados, incluso asintomáticos, pronto, podremos separarlos de los sanos y así cortar de raíz la espiral de contagios.

También es cierto que cuando se diagnostica la enfermedad en su primer estadio, se puede monitorizar al paciente y poner tratamiento precoz que evite la terrible afectación pulmonar que está llevando a la muerte a gran parte de ellos, y para ello, también son necesarios los test.

Incluso, pensando en la salida ordenada del confinamiento, si pudiéramos otorgar una suerte de pasaporte, salvoconducto o carta verde, a aquellos que ya han pasado el coronavirus y no pueden, a priori, sufrir ni contagiar la enfermedad, esto permitiría la vuelta a la normalidad productiva a gran parte de la población española, donde la enfermedad ha campado libre y, por tanto, debe haber gran número de inmunizados.

Entonces, cabe preguntarse, sin ánimo de politizar la pregunta ¿por qué no se están realizando test de manera masiva? Y solo hay una respuesta, si se atiende a lo que explican unos y otros, PORQUE NO HAY. De ahí la segunda pregunta que uno debe hacerse es ¿cómo es posible que no seamos capaces de producir nuestros propios test? Tenemos laboratorios, centros de investigación, profesionales sanitarios de gran prestigio y todo lo necesario para auto abastecernos de test, pero no lo hacemos ¿por qué?

La vuelta a la normalidad en los Hospitales, que nos están vendiendo como gran avance, supone que todas las UCIs improvisadas en quirófanos, paritorios, urgencias y edificios en obras, tiendas de campaña o ferias, se están devolviendo a sus usos habituales, pero las UCIs, propiamente dichas, siguen al máximo de su capacidad, por lo que no están preparadas para asumir un nuevo repunte si salimos del confinamiento, por eso seguimos encerrados.

En estas UCIs hay enfermos que llevan conectados a un respirador semanas, a los que se les están aplicando todos los tratamientos que con otros parecían funcionar, pero ellos siguen estancados. No son ancianos, no tienen patologías previas, pero no responden al tratamiento y su estancia en la UCI no parece tener fin ¿Qué hacer con ellos si se presenta una nueva epidemia de coronavirus y empiezan a llegar nuevos pacientes con quizás, mejor perspectiva de vida? Esta es una pregunta que se están haciendo nuestros intensivistas y cuya respuesta, muy pocos queremos conocer.

En las Residencias de Ancianos, los pocos test que se realizan anuncian que son mayoría los infectados y la tasa de mortalidad en ellas es altísima. No son centros médicos, no tienen medios para aplicar tratamiento, respiración asistida y, en muchos casos, ni siquiera medicación para ayudarles en una muerte digna y sin sufrimiento. ¿Alguien tiene un plan para que los pocos que queden sin infectar no sigan conviviendo con los enfermos? Ya os anuncio que no.

Si con toda la población encerrada no se aplanó la curva, si con la vuelta al trabajo de la construcción y la industria, tampoco parece haber grandes cambios en la curva, igual es que los focos de contagio son/somos los asintomáticos. Igual hasta que no hagamos test y detectemos los vectores de contagio, es absurdo echarle la culpa a los que se saltan la cuarentena, a los perros, a los niños, a los supermercados, a las Residencias, a los Hospitales o al lucero del alba.

Yo no quiero vivir sin el calor de otra piel

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Escucha una estos días a expertos que ponen como horizonte para volver a la normalidad, cualquiera que esa esa normalidad, el año 2022. Cuando por fin la vacuna contra el coronavirus esté testada en humanos, comprobada su efectividad y producida masivamente para alcanzar a toda la población ¡EL AÑO 2022!

Para este verano se habla de pantallas de metacrilato en las playas para delimitar nuestros cuatro metros cuadrados de seguridad, de mesas separadas por mamparas en los restaurantes, nada de conciertos, ferias de pueblo, verbenas, chiringuitos… Se habla de mantener el alejamiento social, que los niños no se junten con los de otras familias, de no dejar salir a nuestros mayores hasta no se sabe cuándo. No tocar, no besar, no abrazar, no acariciar, no achuchar, no, no, no.

Dice una de mis canciones favoritas de Marwan (si sois de naturaleza querenciosa, como yo, os lo recomiendo mucho porque para el amor y el desamor, es un bálsamo): “no hay mayor dolor para una piel que despedirse de otra piel” y continua al poco “que no hay corazones inmunes a la madrugada cuando el cuerpo te pide una piel a la que poder abrazar” Y esto, es “L’avangelio”, el dolor de la ausencia física de nuestro objeto de deseo es tan profundo que cuesta hasta respirar.

En estos tiempos en que podemos vernos en vídeo llamadas multitudinarias, charlar durante horas, viéndonos las caras, sonriéndonos, intercambiando experiencias, todos echamos de menos el contacto con los que no están ¿qué contacto? El físico. Los besos por la pantalla no humedecen los labios, no erizan la piel del cuello, no ponen la carne de gallina, no endurecen los pezones, los besos por la pantalla, son menos besos.

Faltan las manos resbalando por la espalda, los dedos perdiéndose bajo la ropa, pero también faltan los abrazos de manitas pequeñas, los golpecitos en la espalda que te hacen saber que todo va bien, los besos de abuela, mucho ruido y muchas nueces, los choca esos cinco o golpea este puño, los palmetazos recios entre los omóplatos, los choques de pecho, los azotes en el culo, los pellizcos, los mordiscos, ese alegre intercambio de baba.

Igual más al norte, ya están hechos al saludo frío, distante, a la inclinación de cabeza, al gesto, como mucho un recio apretón de manos, pero por aquí necesitamos plantar dos besos, como poco. Tenemos que agarrar a nuestro interlocutor para que sienta en el cuerpo que lo que oye es cierto. Nos gusta caminar cogidos de la mano, del brazo o de la cintura, sentarnos muy juntos (donde caben 5 caben 7 y 8), y quitarnos la palabra los unos a los otros, si hace falta tapándole la boca al de al lado.

Y nos juntamos todos los que podemos para celebrar y lo celebramos casi todo: cumpleaños, santos, días del padre y la madre, santos, vírgenes, Navidades, Semana Santa, puentes constitucionales o inmaculados, de los difuntos o de mayo, Romerías… Y no solo tenemos una Pascua, que tenemos dos y Feria de Abril y Moros y Cristianos, y Tomatinas y Tamborradas y Entroido y San Isidro y La Paloma y Fallas y La Mercé…, y siempre juntos, y siempre cerca, y siempre muchos.

Tendrán que encontrar una solución, ellos sabrán que para eso les pagamos, a los que dirigen el cotarro y a los científicos, virólogos, economistas, intensivistas, farmaceúticos, ingenieros, la OMS, la NASA, la CIA, el FMI o quién sea, pero entre todos, que juntan tantas neuronas y tantos millones empleados en ellos, ¡ENCUENTREN UNA SOLUCIÓN QUE NO SEA EL OSTRACISMO, GRACIAS!

COVID19. De síntomas, fiebre y enterados en Twitter

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COVID19. De síntomas, fiebre y enterados en Twitter

Si hay algo en lo que hay unanimidad en la comunidad médica mundial es en que no tienen ni la más remota idea de qué hace el coronavirus COVID19 con nuestros cuerpos. ¿Por qué es tan dañino con algunos y otros lo pasan cantando, independientemente de su edad y de su estado de salud previo? ¿Cómo es posible que se lleve por delante a gente aparentemente sana en menos de 24 horas desde el primer síntoma? ¿Qué síntomas son los determinantes para acudir a urgencias, el dolor de cabeza, la fiebre, el dolor de garganta, la dificultad en respirar…?

Yo tampoco tengo mucha idea, salvo lo que uno ve durante horas de televisión, de escuchar intensivistas de medio mundo, de rastreo de redes sociales, de lectura de artículos médicos enlazados y de lo que me cuenta mi pequeña enfermera de su experiencia personal contra el bicho (24 fallecidos ya en su Residencia de Ancianos desde que empezó el Estado de Alarma).

Parecía que la fiebre alta es un síntoma que debe alarmarnos pero ¿qué quiere decir fiebre alta? ¿la febrícula diaria también debería alarmarnos? Como os he comentado otros días, al tener a mi abuela, 92 años en canal, en casa, desde el primer día establecimos como costumbre tomarnos la temperatura 3 veces al día, en cada comida. De este sencillo experimento hemos comprobado que mi santo, jamás pasa de 36º, que lo normal en él es que su temperatura oscile entre 34,9º y 35,5º. Ya os adelanto que es un termómetro de hospital, muy preciso, que falle no es una explicación.

Sabiendo esto, si un día tiene 37º comprenderéis que corra a llamar al médico porque estará casi dos grados por encima de lo que es normal en él, y esto no pasaría de considerarse febrícula por cualquier médico. Lo ideal sería contar con un pulsioxímetro porque ahí veríamos si estamos saturando bien, si nuestros pulmones funcionan y oxigenan suficientemente nuestra sangre, que es uno de los peligros más grandes del coronavirus, los daños pulmonares.

Mi pequeña enfermera, positivo en COVID19, tuvo unos cuantos días febrícula 37 y poco grados, pero ella es como yo, no recuerdo que haya tenido fiebre desde niña, solo cuando era bebé se puso alguna vez por encima de 38º. Su saturación bajó a 96%, que no es de gravedad, pero que es síntoma de que algo no iba bien, igual que la febrícula. Unidos ambos al dolor de garganta, fatiga, dolor al respirar, le hicieron sospechar que había caído y no se confundió.

He tenido que leer a un montón de enterados en Twitter decir que 37º no es fiebre, que saturar a 96% es normal, menospreciando así el mérito de mi pequeña enfermera de trabajar como una bestia durante turnos interminables en su Residencia de Ancianos, soportando los envites del coronavirus y tratando de no contagiar a ninguno de sus abuelos a la vez que los mantenía con vida con escasos medios.

Es lo normal en las redes sociales, lo de los maestro liendres, que de todo saben y de nada entienden. También es habitual que te discutan las experiencias vividas en tus carnes, tus razonamientos o los motivos que guían tus pasos. Es normal y habitual, pero bastante molesto y desagradable. Está muy feo ir juzgando a los demás sin tener ni puñetera idea del trasfondo de cada situación.

CONFITADOS CON NIÑOS Y ANCIANOS… o las 12 pruebas de Hércules.

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CONFITADOS CON NIÑOS Y ANCIANOS… o las 12 pruebas de Hércules.

Estos tiempos de cuernavirus, que dice mi abuela, nos están obligando a convivir con los nuestros más de lo que estábamos acostumbrados, más de lo que nos gustaría y más de lo que sería mentalmente recomendable. Sé que esto que digo es políticamente incorrecto, pero a mí, tanto confitamiento, me ha desatado la sinceridad.

Por fortuna, terminé de criar hace muchos años, mi pequeña enfermera, que ya tiene 25 años, se fue de casa para estudiar y no ha vuelto, ha salido a su madre, valiente, independiente y un tanto pagada de sí misma. Tiene razones objetivas para dárselas de lista y la vida ya se encargará de bajarle un poco los humos, como lo hizo conmigo. Todo en orden, de manera que de niños, vamos escasos en esta familia.

Por una carambola del destino, este que se precia de jugar con nosotros a su antojo, una semana antes del confitamiento, mi madre viajó a Tenerife por asuntos familiares y mi abuela se vino a pasar una semanita o dos con nosotros, mientras esperaba su regreso. Pero el hombre propone y dios dispone, el coronavirus se presentó sin invitación y Pedro Sánchez decretó el Estado de Alarma por lo que aquí nos quedamos mi santo, mi abuela y yo, confitados en 60 metros cuadrados de bajo sin balcón ni patio. ¡El paraíso en la tierra!

El año pasado, cuando mi madre viajó a Tenerife, mi abuela se fue a la residencia de mi pequeña enfermera a pasar dos semanas, cual si fuera un balneario, hacía zumba, sentada, iba al taller de la memoria, confraternizaba con las vecinas de mesa en el comedor y cotilleaba cómo trabajaba su biznieta de la que, aunque no lo diga mucho, porque es de naturaleza rancia, está tremendamente orgullosa. Gracias a la divina providencia y al exceso de población mayor en Castilla La Mancha, este año no había plaza porque si no estaría encerrada en un lugar donde 20 de sus inquilinos han pasado a mejor vida aquejados de este bicho inmundo.

Los que me conocéis sabréis que yo adoro a mi abuela y, que para su contrariedad y la mía, nos parecemos bastante, sobre todo en eso de la lengua afilada y la sinceridad sin filtro. Por regla general es mi madre quien le aguanta las frescas y yo me río y le quito importancia: “mujer, que tiene más de 90 años, no se lo tengas en cuenta, si siempre ha sido así, a ti qué más te da lo que te diga…” Pero ahora soy yo la que vive con ella 24 horas al día, los siete días de la semana y sin poder escaparme un ratito al bar (no te rías, madre, que sé que lo estarás gozando al leer esto).

Roces de carácter y manías de vieja o cincuentona aparte, lo cierto es que he aprendido algo que no sabía en estas semanas de ultra convivencia y es que los mayores se vuelven tan egoístas como los niños. Aclaro tan severa afirmación. Cuando tus hijos son pequeños no se cansan nunca de jugar a lo que a ellos les divierte o de ver en la tele sus dibujos animados, pues cuando son mayores pasa lo mismo, mientras en la tele estén sus culebrones, sus programas del corazón o sus películas del oeste, todo va bien, pero ¡ay de ti pobre mortal como se te ocurra ver algo de lo que a ti te gusta!

Que pones una película de tiros: “vaya porquerías veis que no hay más que muertos, por lo menos en las del Oeste, ves que los indios caen y se levantan, pero esto…” Que pones una serie: “pero estos son los mismos de ayer, que yo a este hombre ya le he visto, pues mira que es rara…” “Que defiendes que el telediario es sagrado: Pues no sé para qué queremos ver las noticias si todo el día son lo mismo y venga desgracias…”

Lo de que en Amar es para Siempre la acción no avance en un mes ni un ápice o de que los diálogos de Acacias sean para suicidarse o de que los personajes de Puente Viejo tengan menos desarrollo que una babosa, eso, no lo aprecia. Que en Socialité o Sálvame solo haya la misma carroña a diario tratando de ganarse la vida, tampoco es cosa de la que eche cuenta.

Y lo peor no es que proteste cuando le pones algo que no le guste pese a ser la dueña del mando durante horas, lo peor es que se le desata la lengua y parece despertar del letargo de sueño y silencio en el que la sumen sus culebrones y se acuerda de contarte todas las anécdotas de su vida, justo cuando tu estás intentando seguir el argumento de WestWorld, Cómo defender a un asesino o La casa de papel.

Otros días decide que ese momento es que tu estás viendo una película que tenías hace meses pendiente, ella tiene que llamar a toda la familia, amigos, conocidos y vecinos de Don Benito. O, se pasea alegremente por delante de la pantalla, con la casa en semi penumbra y con gran riesgo de escoñarse. Ya la tengo advertida de que como necesite asistencia médica se de por jodida porque a los 92 ya no te ponen ni una tirita.

Recuerdo, cuando mi pequeña enfermera era una dulce infante de ojos grandes y preciosos rizos, que era más o menos igual solo que ella veía una y otra vez El Rey León, escuchaba cintas de casete de Mulán, no podía sujetar la verborrea cuando alguien te llamaba por teléfono y se aburría mortalmente en cualquier cosa que no fueran sus actividades lúdicas. Y eso que mi hija era de las buenecitas que con un cuento de pegatinas o un cuaderno y una caja de lápices de colores la tenías entretenida durante horas.

¡Pedro, ni nos quieres, si de verdad te importamos los españoles, ve relajándonos el confitamiento que vamos a terminar malamente!