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MILITANTE DE BASE, BASE

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Hoy se ha celebrado el Comité Federal del Partido Socialista Obrero Español, mi Partido, donde Pedro Sánchez, mi Secretario General, ha celebrado los excelentes resultados cosechados el pasado domingo en los que hemos recuperado dos millones de votos desde las Elecciones Europeas, sí, habéis leído bien, ha comparado las Elecciones Europeas que no le interesan a nadie porque son las que el ciudadano siente más lejanas e inútiles, con las Elecciones Municipales y Autonómicas, en las que más se implica el votante porque al que elige es su alcalde, su vecino, el destino de su pueblo y región. Ante esto, poco hay que añadir, cero auto crítica, mucha auto complacencia y escaso rigor en el análisis real de la situación del PSOE que ha perdido 700.000 votos desde las elecciones de 2011, en las que ya habíamos perdido 1.500.000 de votos con respecto a las municipales de 2007.

Muy distinto ha sido el análisis que han hecho Susana Díaz o Eduardo Madina, donde han ponderado con justicia que el mal resultado del PSOE solo se ha visto maquillado porque el del PP ha sido desastroso, pero que eso no nos tiene que llevar al triunfalismo o a la euforia. También han advertido del peligro que suponen los pactos a lo loco, solo por consolidar poder y dar apariencia de liderazgo fuerte, lo que los de la plebe llamamos pan para hoy y hambre para mañana.

imageEn el Comité de hoy se ha aprobado también, el calendario para las Primarias Abiertas comprometidas por Alfredo Pérez Rubalcaba en el Congreso de Sevilla y prometidas por el propio Pedro Sánchez en su campaña a la Secretaría General el verano pasado. Un calendario que, adelanta a pasado mañana la presentación de candidatos y que constriñe a 10 días la recogida de avales para poder concurrir, coincidiendo con el cierre de gobiernos municipales, que por Ley ha de hacerse antes del 13 de junio y con la negociación de todas las Comunidades Autónomas, un despropósito que solo tiene una razón, buscar la elección de Pedro Sánchez por aclamación el 21 de junio.

Desde el momento del anuncio de Pedro en el Comité, toda la maquinaria de Ferraz se ha puesto en marcha con carteles y hahstag de apoyo en las redes sociales de su candidato, su jefe, el que los ha nombrado a todos, el que les paga la nómina, el que debería ser el Secretario General de todos los socialistas, todo muy poco democrático, bastante sucio y desde luego, nada atrayente para los ciudadanos, a los que se supone que íbamos a apelar en Primarias Abiertas para conocer y respetar su opinión.

A los que hemos criticado tanto el apretadísimo calendario como la falta de objetividad del aparato se nos ha tachado de traidores, hooligans, resentidos, de buscar una mamandurria… todo muy democrático y edificante también. Si no aplaudes todo lo que hace el Secretario General estás rompiendo el PSOE y haciéndole el juego a la derecha, así, como os lo digo.

A todas estas razones hay que unir que se ha decidido prorrogar la Gestora que nos han impuesto a los militantes de Madrid durante 6 meses más, todos los procesos que se tienen que producir ser harán con los derechos de la militancia madrileña secuestrados no vaya a ser que decidamos que no queremos al que metió a Tamayo y Saez en su lista como dirigente.

El primer impulso que uno siente es darse de baja como militante, bajarse de este circo que han montado Pedro Sánchez, César Luena y los que le bailan el agua y dedicarse a sus propios asuntos, que bastante tiempo y dinero nos ha costado ya el PSOE, pero bien pensado eso es lo que ellos quieren, que nos vayamos los que tenemos conciencia y principios y valores y les dejemos el campo libre para hacer de nuestro querido Partido su cortijo y no, eso no va a pasar. Pero tampoco podemos seguir en este barco comandado por un mal capitán sin hacer nada, porque eso nos convertiría en cómplices y eso tampoco.

Mi solución, de momento, es dimitir de mi “carga” con Secretaria de Políticas Autonómicas en la Agrupación Socialista de Chamartín, dejar de ser vocal vecino de la Junta por razones obvias, se acaba el mandato y no aspiro a repetir y ya no soy miembro del Comité Regional de Madrid porque Luena nos ha disuelto por el artículo 33, sus cojones. Me quedo de militante de base, base, de los que pagan cuota y participan en los procesos, cuando les dejan y ya vendrán tiempos mejores. No voy a dejar mi Partido, de momento, es demasiado lo que me une a él, los principios y valores que inspiran todas las acciones de mi vida, mucho menos me voy a ir a militar a ninguna otra formación política, antes me quedo en mi casa, pero insisto, no quiero ser cómplice de lo que está haciendo Pedro Sánchez con el PSOE.

No me arrepiento de una sola de las batallas dadas, muchas ganadas, algunas perdidas, de los compañeros de trinchera y de los que abandonaron la lucha, de los que se quedan en el corazón, para siempre y pase lo que pase y de los que pasaron sin pena ni gloria. Los últimos cinco años de militancia han sido tremendamente intensos, apasionantes, pero también agotadores. Han supuesto demasiadas renuncias personales, familiares y profesionales y ha llegado la hora de dedicar más tiempo a los míos, a lo mío, a mi proyecto personal y laboral.

ADÁN Y EVA

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Adán y Eva eran dos chimpancés adultos, una pareja de primates que vivían en el infierno del zoológico de Mallorca, encerrados tras una reja, en lugar de libres en las selvas del África Central. Adán y Eva decidieron que su amor no podía desarrollarse mientras siguieran cautivos, que su futuro tras los barrotes solo les traía pena y alienación y una tarde decidieron romper sus ligaduras y buscar su libertad.

Los chimpancés son primates inteligentes, capaces de convivir en sociedad respetando unas reglas jerárquicas, hábiles para utilizar herramientas, manipuladores, sensibles y con una enorme disposición a la comunicación que les hace aprender signos para relacionarse con los humanos con los que les une un 70% de su genoma. Y es esta inteligencia la que les permite comprender su situación actual y hacer planes de futuro como hicieron Adán y Eva.

Con sus 80 kilos rompieron sus cadenas y huyeron juntos, libres, asustados, pero juntos, en un ambiente hostil, completamente desconocido, pero libres. Su aventura solo duró unas horas, lo que tardó la Guardia Civil en dar con Eva y abatirla cruelmente a tiros. No se pararon un momento a pensar cómo podrían capturarla con vida. No tuvieron ni un ápice de piedad con un ser tan cercano a nosotros, cuyo único delito había sido aspirar a una vida mejor en libertad con su compañero. Un balazo y Eva cayó muerta y con ella su sueño.

Adán sigue desaparecido, escondido en los bosques mallorquines, asustado y solo, herido en su corazón por la pérdida de la compañera con la que se había lanzado a la aventura de vivir sin rejas. Cuando den con él, tampoco tendrán piedad, ni se plantean sedarlo y atraparlo con vida, tirarán a matar. Y visto el futuro que le espera a Adán, otra vez encerrado, pero esta vez sin Eva, quizás sea lo mejor para él. Triste final para una historia de amor y libertad.

Al mismo tiempo, en Estados Unidos, una jueza neoyorquina ha decretado para Hércules y Leo, dos simios sujetos a investigación en la Universidad de Stony Brook, sean protegidos por el principio de habeas corpus que impide detenciones arbitrarias. Lo hace porque reconoce en los simios derechos correspondientes a personas legales, les da ese estatus para con ello facilitar que a partir de ahora vivan en un santuario de Florida donde tratan de replicar un ambiente similar al de su África original y en el que ya residen 250 chimpancés.

Qué distinta hubiera sido la historia de Adán y Eva si en lugar de escaparse de un cochambroso zoológico de Mallorca y ser perseguidos por la Guardia Civil, hubieran contado con una jueza como Barbara Jaffe con la amplitud de miras suficiente para apreciar su inteligencia y sensibilidad, para comprender sus ansias de amor y libertad. Quizás hubieran acabado sus días siendo una pareja de ancianos chimpancés en su santuario de Florida, creyendo que estaban en su África soñada, libres y felices, o todo lo libres y felices que podemos ser los que tenemos sueños y peleamos ellos.

LOCA DE AMOR

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NOTA DE LA AUTORA: los que no creáis en el amor, los que jamás os hayáis enamorado, los que no habéis perdido nunca la cabeza, y el corazón, y la dignidad, y las formas, y las maneras, por amor, no os molestéis en seguir leyendo porque no vais a entender nada.

Samsung 734Lo que me ha inspirado esta entrada tan políticamente incorrecta, ya os lo adelanto, ha sido la lectura de la filtración que algún indeseable ha hecho a los medios de la declaración a la policía de los vecinos de Juan Fernando López Aguilar y su ex mujer Natacha, en la que queda claro que ella ha perdido la cordura por amor, o más bien, por desamor, que es un sentimiento aún más poderoso que su contrario. No entro a valorar si ha habido maltrato o no, que de eso se encargará la Justicia, en la que yo, aún creo y entonces podremos opinar largo y tendido, me limito a empatizar con un sentimiento que conozco bien.

Hablo de la absoluta desolación, la total devastación, la completa aniquilación del corazón que se siente cuando se pierde un amor que lo ha ocupado todo, que se ha extendido como un cáncer poderoso y maligno en una metástasis que anula el yo para dejarnos convertidos en el otro, el objeto de nuestro deseo, de nuestros sueños, de nuestros desvelos, de nuestra vida y que al perderlo nos arroja a un abismo oscuro y hondo del que parece imposible salir ileso.

De antemano os digo que se sale, que hasta los espíritus románticos y enamoradizos como el mío, un poco tendentes a la autocompasión y muy aficionados al drama, acaban aburriéndose de revolcarse en el dolor, de hurgar en la herida durante incontables horas de canciones tristes y de complacerse en la rememoración de los momentos felices que se nos han arrancado sin piedad de las entrañas y encuentran de nuevo la alegría de vivir.

Pero permitidme que me demore unas líneas en ese tiempo en que una, loca de amor, tras haber sentido la herida de un “ya no te quiero” o el infierno de un “no te engaño, quiero a otra” pasa por todas las fases del éxtasis, como Santa Tere y vive sin vivir en una, llora un mar de lágrimas y muere porque no muere. No hay dolor como esa gloria de estar queriendo sin ser correspondida, absurdo, pero sublime, patético, pero hermoso, inútil, pero tan humano que me aterra aquellos que jamás se han sentido así.

De ahí se sale, ya lo he dicho antes, pero hay diversas maneras de salir, todas ellas eficaces y que van, como casi todo, a gusto del sufriente. Mi favorita es “la mancha de mora verde con otra negra se quita” o su versión más ferretera, “un clavo saca otro clavo” y es que no hay mejor manera de olvidarse de un amor que con otro aún más grande y si es posible, que se lo monte mejor en la cama y que nos haga sentir como la Zarina de todas las Rusias.

Otra que tampoco me disgusta es la salida tipo Kill Bill, con una buena venganza, incruenta, eso sí, que no quiero que me venga a visitar la policía por hacer apología de violencia alguna. De eso la copla sabe mucho, como cantaba Rocío debajo de un limonero “hoy lo he visto llorando a mi vera por un desengaño lo mismo que yo”, “que otra hembra lo traiciona como a mí me traicionó”. ¡Ea, qué importa que sea otra el brazo ejecutor de nuestra ansiada revancha, si lo importante es cobrar!

Aunque para ser sinceros, lo más habitual es que el desamor se consuma y desaparezca sin dejar rastro como antes lo hizo el amor “que aquel amor que me abrazaba ya no quema solo escuece” y que sea el mero paso del tiempo el que cure las heridas, pero para ello es condición indispensable dejar de tocarlas. Nada de segundas, terceras, cuartas, quintas oportunidades, nada de un WhatsApp así como sin importancia, nada de un café por los viejos tiempos, no se toca, caca.

Se sale, pero ¡cómo duele mientras se sale!

YO, ANTES, MOLABA

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lunaticas

 

Hace casi una década, mi gran amiga del alma, mi persona, mi conciencia, mi hombro en el que llorar y mi compañera de risas (mantengo su anonimato porque no la he consultado esta salida del armario) y yo, abrimos nuestro primer blog Lunáticas, mileuristas, en la treintena. El nombre fue fácil, a ambas nos fascina la luna, cobrábamos poco más de mil euros, cuando eso era sinónimo de ruina y andábamos por los primeros treinta.

No os canséis buscándolo, por motivos ajenos a nuestra voluntad (nos pillaron los jefes), tuvimos que hacerlo desaparecer sin dejar rastro, lo que fue una auténtica pena porque teníamos entradas memorables, miles de visitas, decenas de comentarios y buenos amigos allí, pero, así es la vida del asalariado. De no habernos asustado tanto con la pillada podríamos haber copiado los post o ponerlos en borradores o imprimirlos o lo que fuera para salvarlos, pero optamos por la opción más radical e irreversible.

Allí no se hablaba de política, o sí, porque política es todo, pero desde luego su objetivo no era crear opinión o fijar postura sino pasarlo bien, compartir anécdotas de nuestra vida diaria algo salpimentadas para que tuvieran más gancho y, sobre todo, desahogarnos. Sí, ese blog era una forma de hacer terapia y de reírnos de todo lo oscuro que nos rodeaba, que no era poco y durante unos años cumplió con creces con su función.

No sé por qué me he acordado de él ahora, quizás porque estoy harta de escribir de política, de sus miserias, de traición, de suciedad y de amargura. Quizás hecho de menos aquel anonimato que hacía que una pudier decir lo que pensaba sin pasarlo por el filtro de lo políticamente correcto, de lo que se espera de alguien comprometido con unos principios y valores. Quizás echo de menos aquella Reput (Martu no era ni un proyecto) que enloquecía de amor, reía hasta caerse de la silla, lloraba un mar de lágrimas, comía sin freno, vivía sin freno. Quizás sea porque anhelo aquella inocencia, aquel idealismo, aquel romanticismo que rodeaba todo lo que sucedió entonces… Quizás, porque yo, antes, molaba.

SOLSTICIO DE INVIERNO

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El solsticio de invierno es el momento del año en que la posición del Sol está a mayor distancia angular negativa del Ecuador terrestre y sucede entre el 20 y el 23 de diciembre, lo que supone que las noches dejan de crecer y los días de acortarse, la victoria de la luz sobre la oscuridad. En nuestra cultura, los antiguos cristianos hicieron coincidir el nacimiento de Jesucristo con el día del solsticio en el calendario juliano, el 25 de diciembre. Sea como fuere, algo para celebrar.

Si nos creyéramos lo que dice el ínclito Rajoy, este año, el solsticio de invierno podría coincidir con el final de la crisis y el principio de la recuperación, pero no nos lo creemos, al menos, no yo, que sigo en paro, he terminado la prestación y he dejado de cotizar a la Seguridad Social por primera vez después de veinte años, pero no es de las mentiras populares de lo que quiero reflexionar en esta columna.

Amén de ser sincera no sé muy bien de lo que quiero escribir, pero he sentido la imperiosa necesidad de hacerlo y lo primero que me ha venido a la mente es que estamos en pleno solsticio de invierno, que los días se harán más largos, la oscuridad vencerá a la luz, los buenos a los malos, el amor al odio… o no. Creo que tengo una crisis de fe, no una crisis de fe religiosamente hablando, que esa ya la tuve con 10 o 12 años cuando me negué a ir a misa, a preparar la confirmación y todas esas cosas que hacían las niñas de mi generación en aquella España que aún se sacudía las pulgas del tardo franquismo. Otra clase de crisis de fe, mucho más íntima, inmensamente más profunda.

Porque se puede vivir sin creer en dios, alá o buda o el gran espagueti volador, muchos de nosotros lo hacemos, yo llevo treinta años haciéndolo y no siento que me falte nada, no tengo ningún anhelo, ningún agujero interior que ocupar con un sentimiento místico, vivo conforme a mis principios y valores y con eso tengo bastante, pero no se puede vivir sin fe en una misma, sin fe en lo que te rodea, sin fe en tus propios, mucho menos en los ajenos. No se puede no creer, no soñar, no se puede.

Y eso es lo que me pasa últimamente que no creo en la mayoría de lo que veo, de lo que leo, de lo que oigo, de lo que siento, de lo que sueño, no creo. Me da miedo estar volviéndome una cínica, entendiendo el cinismo como la tendencia a no creer en la sinceridad o bondad humana, ni en sus motivaciones ni en sus acciones, así como una tendencia a expresar esta actitud mediante la ironía, el sarcasmo y la burla.

Aprovechando el solsticio de invierno, que es mucho más natural, más acorde con el Universo en el que habitamos que el Año Nuevo, voy a hacerme un único buen propósito para el futuro, voy a volver a creer, voy a desterrar el escepticismo de mi vida, voy a confiar aunque eso suponga asumir el riesgo de equivocarse, de que te hieran, de sufrir. Se acabó abusar de la experiencia para mirarlo todo desde la segura atalaya del desdén, voy a bajar otra vez al barro y dejar que la vida siga su curso o no, igual esta es solo la típica paranoia bajonazo del domingo por la tarde y mañana me río de tantas tonterías juntas en un solo papel, cualquiera sabe.

FINALES FELICES

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tienda ParísAcabo de terminar de leer una novela de Maxim Huerta, “Una tienda en París” cuyo final feliz me ha evocado la escritura de esta entrada en mi abandonado MartuBlog. No creáis que no me gustan los finales felices, soy de las que aplaude en el cine cuando la película acaba con un largo beso de amor verdadero. Sigo creyendo, como en mi niñez que el bien triunfa, que los buenos siempre ganan y que el crimen no paga, aunque la vida, en demasiadas ocasiones, se empeñe en demostrarme lo contrario.

En la literatura, como en el cine, abundan los finales felices, buenas películas, de amor, de guerra, de aventuras, que terminan con un “y fueron felices y comieron perdices” que nos calientan el corazón, nos llenan los ojos de lágrimas de felicidad y nos arrancan una sonrisa tonta que tarda en abandonar el rostro pero…

Pero solo aquellos finales dramáticos, los que nos desgarran por dentro el alma, los que nos hacen gritar “nooooo” con los ojos desorbitados, llorar y patalear, maldecir al autor y clamar porque alguien repare el agravio, porque alguien reconcilie a la pareja que nos tiene encandilados, porque alguien vengue a nuestros protagonistas ultrajados, esos finales son los que se te clavan en el alma y te hacen volver una y otra vez a ellos.

Porque, ¿recordaríamos igual “Lo que el viento se llevó” si al final de la película, en lugar de decir su mítica frase sobre el comino y marchase, Rhett Butler siguiera plácidamente junto a Scarlett O’Hara? ¿Sería lo mismo si al final de “Casablanca” Rick Blaine no se quedara junto al avión que se lleva a su amada y paseando junto al francés no dijera aquella mítica frase de “este será el comienzo de una gran amistad”?

Es así, nos marca la tragedia. La felicidad es tan etérea como efímera, nos calienta un minuto el corazón pero luego queda empañada por cualquier otro acontecer diario, sin embargo el drama anida en un rinconcito de nuestra alma y tarda una vida en desaparecer. Ya lo canta Sabina: “Tú que tanto has besado tú que me has enseñado, sabes mejor que yo que hasta los huesos sólo calan los besos que no has dado, los labios del pecado…”

Paraos un minuto a pensar en la última vez que os rompieron el corazón. Pensad también ahora en la última vez que os enamorasteis. ¿Qué sentimiento recordáis con mayor nitidez? ¿Qué frases sois capaz de evocar con rotunda claridad, las de la declaración de amor o las de la despedida? ¿Qué os ha hecho cambiar, crecer, madurar y por desgracia, desconfiar, el amor o el desamor?

Quizás no sea así, quizás soy yo que encuentro un cierto consuelo a la desgracia regodeándome en la desgracia en sí misma, pero creo que no soy la única que cuando tiene mal de amores se pone canciones tristes y se abandona por la deliciosa pendiente de la autocompasión. No creo ser un bicho raro por, apremiada por una pena, salir a pasear bajo la lluvia y dejar que las gotas se mezclen con las lágrimas hasta sentir que he vaciado mi alma en lugar de tratar de pensar en otra cosa, tomar un delicioso café caliente y mirar al futuro con optimismo.

Como diría Fangoria, igual es que: “tú eres tan intensa”

EL SILBATO DEL TREN

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Samsung 733A veces, cuando no estoy bien, cuando no tengo ganas de ver a nadie, de hablar con nadie, cuando estoy cansada de ser yo, de tener que estar a la altura de lo que se espera de mí, de llevar sobre mis hombros el peso de tantas cosas. Cuando lo míos no son tan míos, cuando ni yo misma soy de los míos, cuando el aire se vuelve espeso y no soporto estar entre cuatro paredes, me gusta ir a correr por el Parque del Humedal, aquí en Coslada, donde hace casi seis años está mi hogar.

Correr es un placer en sí mismo, más bien es un sufrimiento físico que amortigua el psíquico y que me devuelve la paz. Mientras corro apenas si puedo pensar en otra cosa que en seguir corriendo, en ignorar que me falta el aire, que me duelen las piernas, que arde el pecho, solo pienso en poner un pie delante del otro una y otra vez hasta que dejo de pensar.

Correr por cualquier parque es mucho más placentero que hacerlo por la ciudad o en la cinta de un gimnasio, no creo que haya que dar muchas explicaciones al respecto, mientras corres ves el cielo azul, las nubes, los árboles, las flores, sientes el viento en la cara, el calor del sol en la piel, hueles el aroma de las plantas, una orgía de los sentidos que unido a las endorfinas que genera tu cerebro al correr convierten la experiencia en un lujo para gentes de ciudad.

Pero si por algo me gusta correr por el Parque del Humedal es porque este pequeño edén transcurre paralelo a las vías del tren de Cercanías por lo que se puede acceder a él por diferentes pasarelas sobre las vías a lo largo de su extensión. Y es aquí, sobre estos enormes puentes de metal donde se produce bastante a menudo una pequeña historia, una anécdota, apenas una nimiedad que me hace particularmente feliz.

A menudo se ven padres con sus hijos pequeños subidos en el puente pendientes del paso del tren, cuando ven que se acerca saltan y agitan los brazos y gritan adiós y, pese a que esto se sucede a lo largo de todos los puentes casi todo los días, el maquinista hace sonar el silbato devolviéndoles el saludo, lo que los niños celebran gritando y aplaudiendo sonrientes porque el tren les ha visto y les ha contestado.

Siempre que lo veo pienso en ese maquinista, que trabaja muchas horas, en un habitáculo cerrado, solo y pasando cada día, varias veces al día, por los mismos sitios, los mismos paisajes, las mismas estaciones y casi la misma gente cogiendo el cercanías y que en lugar de estar aburrido o amargado, recupera al niño que todos llevamos dentro aunque lo hayamos olvidado y toca el silbado del tren a su paso para regocijo de la chavalería que le saluda desde arriba. Su simple gesto hace felices a los niños y me devuelve a mí la fe en el ser humano, siempre que oigo el silbato del tren saludando siento que aún hay esperanza, que las cosas pueden ser mejores, solo hace falta que queramos que sean mejores.

Quizás será porque tienen algo mágico los trenes, algo que nos hace pensar en aventuras por vivir, en lugares por descubrir, gentes que conocer, algo que simboliza el futuro, el avance hacia algo mejor del que es difícil sustraerse. Quizás será también porque tienen también un punto melancólico, casi trágico de despedidas en andenes solitarios, lágrimas derramadas al cerrarse las puertas del vagón, carreras en paralelo diciendo adiós con la mano… Quizás.