No se si alguna vez os habrá pasado que pones todos los minutos de tu vida en algo, tus días y tus noches, tus neuronas y toda la sangre de tu corazón y una mañana te levantas y piensas ¿y ahora qué?
Esto puede pasar porque has logrado el objetivo y entonces el sabor es agridulce, agrio porque te queda un vacío al saber que ya no es necesario que lo des todo pero muy dulce porque has ganado, lo has logrado, has conseguido eso que tanto anhelabas y la recompensa es infinita y por tanto ¿y ahora qué? es la promesa de un futuro lleno, de un corazón rebosante de felicidad, de días de luz…
Pero esto también puede pasar porque te quedas fuera, porque ya no es necesario lo que aportas, ya no es grata tu compañía o simplemente tu momento pasó sin pena ni gloria.
Entonces lo que saboreas en tus labios es la hiel del fracaso. Entonces ¿y ahora qué? es una zarpa que te desgarra el alma. Los días se tornan iguales, las horas se hacen largas y pasan una detrás de otra sin aspirar a nada más que a seguir siendo horas.
Entonces no recuerdas cómo era tu vida antes de dedicarle todo tu tiempo, cómo era cuando hacías tantas cosas, disfrutabas de una mañana soleada, de la compañía de buenos amigos, de la lectura pausada de un libro, de un café mirando al infinito, cómo era… y tienes que volver a aprender tu vida.
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