Dice una de mis canciones favoritas de la Cabra Mecánica, «mata más gente el tabaco que los aviones y he perdido el miedo a volar…»
La primera vez que monté en avión tenía 14 años y volaba rumbo a Las Palmas de Gran Canaria para pasar el verano en casa de unos tíos de mi madre. Era la manera de agradecernos que hubiéramos tenido recogido en casa a mi primo Fran mientras hacía la mili en los cuarteles de Campamento.
Recuerdo que no me tocó ventanilla. En el momento de salir, a mi lado, un chico de una edad parecida a la mía cerró los ojos, agarró con fuerza los reposabrazos y creo que no respiró hasta que terminó la maniobra de despegue.
En cambio yo estuve a punto de gritar de felicidad. Qué salvaje sensación de libertad notar como la tierra se aleja y… ¡vuelas! Hace de eso 25 años y aún se me pone la piel de gallina al revivirlo. ¡Me encantó volar!
Un cuarto de siglo después y a una semana de volver a volar a Las Palmas, no puedo evitar ver las cosas de otra manera. Cada vez me da más miedo viajar en avión.
Al principio era solo un cierto desasosiego cuando despegaba o aterrizaba, al atravesar alguna turbulencia o alguna térmica, pero ahora comienza a ser preocupante.
No voy a dejar de viajar en avión, eso está claro. Adoro veranear en las Islas y tengo la fortuna de poder hacerlo que en estos tiempos es un lujo asiático. Me encanta el buceo casi tropical de Canarias. Disfruto de los largos paseos por las playas nudistas del sur sin más atadura que la crema bronceadora sobre mi piel. Aprecio su gastronomía, tan diferente a la peninsular y tan exquisita…. Pero, yo confieso que me da pánico el avión.
Desde hoy y hasta que nos vayamos la semana que viene, cada día durante unos minutos anticiparé el momento de volar y pasaré un mal rato. Es lo que tiene hacerse mayor que se vuelve uno pusilánime.
El miedo a volar es solo uno de los síntomas de la madurez y actúa como metáfora perfecta de el paso por la vida.
Cuando eres joven vas inconscientemente tirándote por todos los precipicios que encuentras sin preocuparte de si se abrirá el paracaídas o si abajo habrá una red para recogerte. Con el paso de los años y muchos golpes en el cuerpo te vuelves desconfiado, miras antes de saltar y te aseguras de que algo amortiguará la caída, incluso en las peores ocasiones, renuncias a saltar.
Yo me resisto a tener miedo a volar, a tener miedo amar, a tener miedo a arriesgar, a tener miedo a perder, a tener miedo a sufrir, a tener miedo a ganar, a tener miedo a levantarme, a tener miedo a seguir luchando… os aseguro que yo me resisto con todas mis fuerzas y con toda mi alma.
A mi me pasa igual pero la sensacion de ir en un avion puede con todo el miedo. Que tambien una se pone a pensar, y si es hoy mi dia?? o peor¿ y si hoy es el dia del piloto?? pero oye, que en coche hay mas probabilidades de palmar, lo que pasa es que cuando hay un accidente de avion es mas escandaloso..
Los miedos son obstáculos que nos pone la vida, y la vida es una carrera de obstáculos. El mejor atleta es el que, con empeño y fuerza de voluntad, consigue saltarlos, no el que llega a la meta.
Mi abuelo, que en paz descanse, era muy sabio, decía siempre que «el miedo es una ilusión». Esta frase me ha ayudado y me ayuda mucho para mi carrera de obstáculos personal. Espero que a tí te ayude también.
Un abrazo.
Había una canción muy de moda en los felices sixties de un tal Modenico Modugno: «Volare». Sí, volar «nel blu dipinto de blu», que lejos de ser una tautología era capaz de teñir los sueños con una maravillosa metáfora en capas de diversos azules. Cobalto sobre Voronet y así seguido…
Me pasa como a vosotras, me he resistido siempre a tener miedo a nada. Aunque solamente sea un síntoma de eterna adolescencia.
uy, a mi esa me encanta pero cantada por los Gipsy Kings.. me pone el cuerpo rumbero.. en dias de bajona, la pongo y mano de santo
Por buenas chicas a punto de salir de vacances, tres inéditos de un libro todavía en construcción (sale otro en Bartleby en otoño invierno). Siempre pensé que la poesía es siempre de todos. Nunca me importó «colgar» la mía:
Expulsión de los dioses
Pero borrados están los estigmas
en el inefable azul
en que las disputas de inmortales
nos desangraron.
Decidimos su fuga para inventar
uno solo que usura
y crueldad condonase, mediando
un óbolo sencillo.
¡Fuera dioses y semidioses hijos
héroes suegros tíos
o cuñados que habitaron los bur
deles del Olimpo!
Tres en uno y en tres religiones.
Sólo un adorable
celeste permanezca ya impoluto
en el azul purísima
de tantos pintores domingueros.
Anábasis en ascensor
Cuando volaba de rama en rama creí sentir
una plenitud más alta todavía entre
la masa de verde selva. Felicidad
azul, espacio abierto. Calzadas las huellas
de ceniza al borde transparente
del volcán, puse pies y manos
por lo negro hacia lo azul por darme
el volatín supremo. Más arriba nadie había.
Y yo estaba tan solo como siempre.
Allá abajo —me dije, estarán todos repartidos
por sus círculos geológicos dispuestos
en el tiempo. El ascensor ascendió hasta
un ático levantado entre el humo
del cuarto recinto de un noveno piso
donde fumaban en corro varios
dioses —comenzando por el cero,
terminando por el uno. Me pedí entonces
ser uno de ellos, el segundo o el tercero, pero
inseparable e indivisible del uno. Al fin
y al cabo, todos simios ¿no? Me ví expulsado
del azul ideal mientras uno de ellos
—Lucifer portador del Logos de la aurora
cebaba el faro de esa humana
pantomima que ilumina el Universo. Antes
de caer sobre mi rama y repensar
el suceso, pisé una hoja de acacia seca
ya cubierta de gotas de rocío.
¿Puede un pie de simio hallar sentido a todo?
Catábasis al vuelo
Esto es más o menos aquello que recordaba
al bajar de mi aventura: ¿Qué mundo
es éste, qué reino, qué parte del mundo?
¿Dónde estamos? Sub ortu solis
an sub cardine glacialis ursae? Pero
¿habrá razón aquí? No, todo está ya pintado
de azul. ¿Puedo al menos construír
algo de sentido? Querría ser filósofo.
No, ellos construyen torres leyes
sistemas alminares summas tratados
ecuaciones catedrales con tal de decir
que llegaron hasta aquí. Mira bien amigo,
todo es de azul pintado traído
de un Belén de la Plaza Nueva de Sevilla.
Las estrellas vienen del taller
de palestinos exiliados en su casa. A veces
se escucha como un eco de materia
en plena combustión suenan misterios
insondables —dioses multi
dimensión de diversos universos proteicos
y probables pero absolutos,
que se diluyen nel blu dipinto di blu.
En el azul apacible ya no hay violencia
humana ni divina que valga. No se describen
venganzas ni traiciones aunque allá abajo
todo crezca de modo maldito
grande irremediable entre sangre peste
y miera oscura. En Hércules quise suicidarme
al otear Tebas y entrever San Remo
entre las turbias brumas que rodeaban Pangea.
Nota Bene: «Catábasis al vuelo» es el título del último poema, no un verso más. Thanks.
Felices vacaciones, y piensa que el vuelo hacia aquí tiene una horita menos; eso que ganas.