Cuando mi hija Alba, apenas tenía dos años, su película favorita era Pesadilla antes de Navidad de Tim Burton. Si, ya se que no parece lo más adecuado para una niña tan pequeña pero sentía pasión por Jack y me perseguía por toda la casa cantando con su media lengua de trapo: “qué eh qué eh, padece de algogón…”
Mi suegra le hizo una colcha para la cama con los personajes de la película, que lejos de causarle pesadillas la acompañaban en sus dulces sueños y durante meses vimos la película a diario. Los que tenéis hijos pequeños sabéis que son obsesivos con lo que les gusta, lo que conocen, lo que les aporta seguridad.
Ahora esa niña inteligente y silenciosa que me miraba con sus enormes ojos enmarcados por largos tirabuzones color miel se ha convertido en una mujer extraordinaria que viaja a mi lado en el tren por las mañanas robando miradas de reojo en el vagón.
He de reconocer que ella siempre fue buena de una forma natural. Cuando dejaba a los otros niños jugar con su cubo o su pala. Cuando te daba palmaditas en la espalda al cogerla en brazos para hacerte sentir mejor. Cuando me repetía cada noche antes de dormirse: “me quieres, alfileres; me ajuntas sacapuntas; me adoras, amapolas; me quieres mucho, como la trucha al trucho”. Y yo la contestaba “te quiero hasta la luna y vuelta” y ella me decía “y yo hasta el sol y vuelta, mamá”. Y acabábamos hasta el infinito y vuelta, que es imposible que alguien te quiera más que infinito mil…
Cuando algunas noches le recuerdo estos rituales de su infancia me mira con esos enormes ojos que siguen siendo inteligentes y profundos y me amonesta con un “mamaaaa” que suena a me gusta pero no me avergüences.
Aunque gran parte del mérito es suyo, no puedo dejar de sentirme orgullosa del trabajo bien hecho. He dedicado a mi hija tiempo no solo en cantidad, sino de calidad. He conversado con ella horas, tratando de explicarle nuestra manera de ver el mundo sin imponérsela. He alimentado sus ilusiones, como la de ser médico e irse a África de cooperante aunque como madre me resulte aterradora la idea. Me he impuesto para que estudiara, y que lo hiciera en alemán, convencida de que los pobres solo podemos dejar a nuestros hijos conocimiento.
Y al verla conducirse en la vida con seguridad pero sin avasallar a nadie. Al verla defender lo que cree que es justo sin anteponer sus intereses personales. Al oírla razonar tan sensatamente sobre el mundo raro que la rodea, siento un tremendo orgullo de que este ser maravilloso un día fuera una judía dentro de mí.
PD A los que venís aquí a diario buscando una posición política sobre tal o cual tema, os pido disculpas, hoy me he levantado melancólica y sería ir en contra del espíritu del MartuBlog no ser honesta conmigo misma. Mañana, como dice Escarlata O’Hara, mañana, será otro día.
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