En un colectivo grande y heterogéneo como es un Partido Político, donde se juntan gentes de diversos caracteres y de muy variados intereses, es normal que haya dimes y diretes, que se cuenten verdades y mentiras y que de ese maremagnum siempre saquen provecho las lenguas de doble filo.
Antes, cuando un compañero/a se me acercaba para contarme que fulano o mengana había dicho esto o aquello sobre mí, cosa que no era infrecuente que sucediera, me indignaba o disgustaba, en función de cuan cercano o querido fuera el dicente y pedía cuentas o tomaba venganza.
Pero, de un tiempo a esta parte, cuando alguien se me acerca con un chisme, me hago varias preguntas:
- ¿Por qué me lo cuenta?
- ¿Necesitaba yo saberlo?
- ¿Me hace algún bien o por el contrario me daña?
- ¿Qué gana el que me lo cuenta?
- ¿Qué pierde el lenguaraz si yo me entero?
Una vez resueltas todas estas incógnitas, la mayoría de las veces la conclusión es que no me hace ninguna falta saberlo, que muy por el contario, me perjudica. Queda claro también, que el hecho de que yo lo sepa hunde al que se ha ido de la lengua o al menos lo mete en un aprieto. Pero que sobre todo, por encima de todas las cosas, el que más gana en esta historia de traición, es el chivato.
Ya os dije hace tiempo que en un partido político hay pocos amigos, muchos compañeros y demasiadas otras hierbas por lo que ahora, cuando se acercan susurrando, no escucho las lenguas de vecindonas y me limito a valorar los hechos objetivos, esos que no tienen ni trampa ni cartón y que se muestran obstinado por encima de las palabras. Y como el tiempo da y quita razones, espero sentada en la puerta de mi casa para ver pasar los cadáveres de mis enemigos.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga.
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