Estoy terminando de leer el tercer libro de la saga 50 sombras de Grey, supuesta revelación de la literatura yanqui, que nos la venden como novela erótica para mujeres y que no pasa de ser prosa mediocre y bastante artificiosa.
No podemos olvidar que está escrito por una mujer estadounidense y que aunque empieza de manera prometedora con una relación de sumisión sexual bastante oscura y con tintes dramáticos, acaba convirtiéndose en un cuento de princesas Disney más cursi que un guante.
Pero no es de las novelas de las que quiero escribir que para leer en el tren o mientras ves cualquier rollo en la tele cumplen su misión de entretener, sino del mensaje subyacente en ellas sobre las relaciones entre hombres y mujeres, la moraleja que nos quiere colocar esta literata, absolutamente infumable para mi gusto.
Pretende convencernos la autora de que los hombres que son malos, crueles, egoístas o simplemente, gilipollas, lo son porque han tenido problemas en su infancia, porque no pueden evitar ser así, pero que si encuentran una mujer lo suficientemente valiente y paciente, cambiarán y se convertirán en ese príncipe azul con el que cualquier princesa sueña.
También nos vende el rollito de que el sexo con amor es bueno, en cambio el sexo para disfrutar es malo, malísimo y tiene su origen en algún trauma mental porque la gente mentalmente sana no hace guarrerías en la cama. Ya lo de la magnificación del orgasmo simultáneo es tan de primero de sexología que casi me da risa cada vez que lo leo.
Que la gente no cambia, ni los hombres ni las mujeres, es algo que cualquiera con cierta edad ha experimentado en sus carnes. Las personas, por amor, por cariño, por necesidad, pueden modular los peores rasgos de su carácter, pero éstos no desaparecen. Cualquiera, en una relación, si quiere, puede no exacerbar aquello que daña al otro y tratar de potenciar lo que les une, pero no deja nunca de ser uno mismo. Y eso es lo bueno.
Que el tío mierda que es un capullo egoísta y caprichoso, que utiliza a las mujeres como si fueran mercancía, que cosifica a su pareja para su uso y disfrute, no va a dejar de serlo por obra de la magia del amor, es la verdad, verdadera. Que si ha alcanzado cierta edad siendo así es porque le va bien, porque siente satisfecho su gran ego, porque tiene lo que necesita sin arriesgar, sin entregar. Entonces, ¿para qué va a cambiar?
Me llama la atención el éxito mundial de estos libros porque son una versión malucha y con un par de rombos de Corín Tellado: sexo, cursilería, lujo, amor, prejuicios, yates y una intriga bastante previsible. Además están muy mal escritos, desde el punto de vista literario.
Por otra parte, en todo el texto, se esconde un mensaje machista de lo más preocupante: si un hombre te quiere de verdad, querrá que seas solo suya, nada de faldas cortas, nada de hablar con otros hombres, nada de lucir por ahí lo que es para su dueño y señor… La mujer ha de estar sometida a su hombre, ser obediente, modosita, callada y discreta, un ascazo que te cagas.
El machismo que nos rodea y que ponen de manifiesto declaraciones como las del impresentable de Castelao: “las leyes son como las mujeres, están para violarlas”. O sentencias como las de la Audiencia de Madrid que aseguran que tocamientos y besos indeseados no son acoso sexual (sic). O en la involución legal a la que quiere someternos el ínclito Gallardón volviendo a penalizar el aborto, convirtiendo en delincuentes a las mujeres que queremos ser las dueñas de nuestro cuerpo, nuestra sexualidad y nuestra capacidad reproductiva.
Ese machismo socialmente aceptado no es una anécdota, es un cáncer contra el que tenemos que luchar los hombres y las mujeres de izquierdas. Tenemos que hacerlo por nosotros mismo y por nuestros hijos e hijas. No podemos dejarles en herencia un mundo puritano, pacato, machista, nacional catolicista al más puro estilo Franquito.
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