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El niño que aprendió a no sudar

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-¿Tu no sudas?- Habían terminado una sesión de fotografías para ilustrar la última revista que su compañía pensaba publicar en donde presentarían a este joven valor de la organización y aunque solo estaban en mayo, la primavera barcelonesa resultaba bochornosa a orillas del Mediterráneo.

-Perdona-, respondió él, -estaba distraído- y sus ojos miel verdearon al sonreír hacia la joven fotógrafa que llevaba una semana acompañándole a todas partes. -¿Qué me has preguntado?-

-Nada, una tontería, que no te he visto sudar pese al calor y la humedad y me ha llamado la atención-. Ella le encontraba atractivo, no guapo, pero si interesante y un tanto misterioso. No tenía ganas de acabar este encargo que le permitía estar cerca de él, que la proporcionaba el íntimo placer de espiarle a través del objetivo de su cámara.

-Te voy a contar una historia, ¿quieres oírla?- respondió él, casi coqueto, en lo que suponía una importante novedad con respecto al tono educadamente frío en el que había transcurrido el resto de la semana.

-Cuando era pequeño en mi casa pasamos muchas dificultades económicas y mis padres hicieron de todo desde que volvieron de Alemania para sacar la familia adelante. Una de las cosas que hizo mi madre fue coser forros de abrigos de piel para lo que nos utilizaba a mi hermano y a mí como perchas. Teníamos que pasar horas de pie, con el abrigo puesto al revés  y sin movernos para que mi madre fuera cosiendo el forro.

Imagina los años 70, un piso pequeño de Badalona, por supuesto sin aire acondicionado y los pelillos de la piel volando, metiéndosenos en la nariz, en la boca y pegándose a nuestros cuerpos sudados, era un horror y mi defensa fue aprender a no sudar-.

Ella nunca supo cuánto había de verdad y cuanto de evocación fabulada de un recuerdo infantil, pero la historia era buena para enmarcar al personaje, ese espíritu de superación, esa escalada a lo más alto desde tan humilde origen, ese aire un tanto desvalido que provoca a los que le rodeaban el impulso de protegerle.

No volvió a verle hasta algunos años después, aunque sabía de él por la prensa. Su carrera le había llevado a tomar algunas decisiones controvertidas que si bien le habían proporcionado importantes éxitos también le habían alejado de aquellos que le acompañaron en los difíciles principios. Había triunfado pero hay que pensaba que a costa de vender su alma al diablo.

-Hola, ¿te acuerdas de mí?- le preguntó ella sentándose junto a él en un asiento de la sala Vip del Aeropuerto de Barajas. -Me ha mandado mi revista a cubrir un evento sobre el cambio climático, ¿y tú qué haces por Madrid?-

Durante unos segundos, sus ojos que ya no verdeaban, se posaron en ella. No había rastro de aquel niño que aprendió a no sudar, tan solo encontró un hombre poderoso, distante, solo y quizás asustado. Le había costado mucho llegar hasta esa sala Vip y no estaba dispuesto a arriesgarse a cuestionarlo por una cara bonita y sonriente que desde su pasado le recordara todo lo que había dejado atrás: los principios olvidados, las falsas promesas, las traiciones, las mentiras… -Perdona, estoy liado y tengo un poco de prisa, mi vuelo sale ya, si quieres déjale tu teléfono a mi asistente y te llamo para tomar un café.-

Ella le vio levantarse y caminar hacía la puerta de embarque, lentamente, con sus espaldas anchas, algo encorvado,  menos músculo quizás, menos pelo seguro y la única compañía de su alargada sombra.

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Acerca de martuniki

Abogada. Tertuliana. Bloguera. Incordio en redes sociales. Junta letras, autora de MEMORIAS DE UNA MILITANTE DE BASE, BASE.

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