Y aún así me quedé

En los últimos días, ha alcanzado relevancia, una suerte de campaña viral en las redes sociales, iniciada por la atleta Ana Peleteiro, en la que, mujeres de toda edad y condición, explican situaciones de sus relaciones de parejas, en las que son plenamente conscientes de que no deberían consentirlas, pero lo hacen y en ocasiones, durante años.

Ana Peleteiro

Me gusta esta campaña porque como yo la entiendo, tiene un enfoque novedoso, en lugar de victimizar a las mujeres dando a entender que somos débiles y necesitamos tutela, o criminalizar a los hombres, como si del enemigo se tratase, el punto de responsabilidad, lo ponemos cada una, en nosotras mismas.

Mujeres fuertes, sanas, educadas, formadas, en un país libre del primer mundo, en democracia, en igualdad, pero que por diversas razones, dejamos que nuestras parejas nos traten como a una mierda.

Los únicos cerdos que consentir en nuestra vida.

Yo misma tengo un sinfín de ejemplos en los que «aún así me quedé» que no tengo problema en compartir cualquier otro día, pero me importa más reflexionar en los porqués de quedarse, más que en las situaciones o relaciones en sí mismas, en las que nos quedamos, si me lo permitís.

Está claro que hay muchas de nosotras que nos quedamos o consentimos ciertas cosas, por miedo, porque piensas que igual si te pones en tu sitio, te quitan de en medio. Ahí no hay nada que discutir, mejor estar a salvo y huir cuando sea posible, que ser una heroína y engrosar las filas de mujeres asesinadas por los que «las querían a morir»

Hay otras ocasiones que una se queda porque no tiene medios económicos para irse, o tiene hijos y no podría sacarlos adelante sola, o no quiere quitarles a su padre, su estatus de «niños normales, de familia normal» Nadie podrá negar que, en España, con el precio que tiene la vivienda, salir adelante sola, con hijos, es casi una heroicidad.

El precio de la vivienda en España no deja de crecer

Otra razón, es la presión familiar, social, cultural o coyuntural. Yo recuerdo a mi abuela, hoy tiene 97 años, decir convencida de ello «que la gente de ahora nos separamos porque no aguantamos nada» porque eso era para nuestras mayores el matrimonio, un sitio donde aguantar. No donde ser libre, feliz, sentirse realizada, no.

Cuando me separé de mi segunda pareja, su comentario fue: «y si este no te pegaba, por qué lo dejas» creo que mi contestación fue: «joder abuela, de mi pareja, espero algo más que no me pegue»

La verdad es que muchas, demasiadas veces, nos quedamos porque estamos enamoradas, encoñadas, obnubiladas por todo ese torrente de dopamina y demás «inas» que nos corren por las venas al inicio de una relación.

Aunque en el fondo de tu cerebro una vocecita te repite que si te hace sufrir, ahí no es. Que si te miente, ahí no es. Que si no respeta tus límites, ahí no es. Que si trata de cambiarte, controlarte, menospreciarte o reírse de ti, ahí no es. Las hormonas son más fuertes, amigas, para qué lo vamos a negar. Pero eso pasa, dura poco y la vocecita sigue ahí, hay que escucharla.

Que lo dice la ciencia, te enamoras y te atontas

Otras muchas veces lo que hay es miedo a la soledad. Dice el refrán que es mejor estar solo que mal acompañado, pero lo cierto es que no es fácil estar solo y nadie nos lo enseña.

Pasamos de casa de nuestros padres a pisos de estudiantes o directamente a nuestra primera convivencia de pareja, por lo que la soledad es algo que le pasa a otros, a gente que tiene problemas, que se separa o a los viejecitos que no van a verles sus hijos.

Así que hay muchas veces que te quedas porque la opción de irte implica, irte sola. Acostarte en una cama grande sin unos pies calentitos a los que arrimar los tuyos fríos. Cargar con las cajas pesadas en el supermercado. Subirte a la escalera para alcanzar las cosas de los estantes altos. Pelearte con un bote de tomate que no quiere abrirse. Montarte tus propios muebles de Ikea. Ver series o películas sin nadie con quien asustarte. Comentar en voz alta las noticias sin escuchar replica alguna a tus argumentos. No sé, tantas cosas.

No necesito a nadie para brillar

Reconozco que, a punto de los 53, aún estoy aprendiendo a estar sola, no lo había estado nunca. Salí de casa de mi madre para vivir con el que fue el padre de mi hija y después, siempre estuvo Alba, aunque las parejas fueran y vinieran, yo era su madre y mi hija estaba conmigo.

Hace un año, vivir sola, me parecía el peor de los castigos. Hace seis meses, algo que podía tolerar, con cierta incomodidad. Ahora apenas siento una ligera contrariedad, a ratos. Pero entiendo bien a aquellas que se quedan porque la alternativa es la soledad. Las entiendo, pero se equivocan.

Se puede disfrutar de la belleza del mar en soledad

La vida pasa en un suspiro y cada día malgastado en un lugar donde no se es feliz, es un tesoro precioso tirado por el retrete. Esto vale para parejas que no nos merecen, para trabajos en los que se nos va el talento y la ilusión y para lugares donde pasamos la vida soñando con huir.


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Respuestas

  1. Avatar de reallycreation958e68de99

    El ahora, el presente. Besos y amor querida 💞

  2. Avatar de Jaime Garcia Gonzalez

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