Aunque no lo creáis yo he sido una niña muy buena, me gustaba mucho leer, el colegio, estudiar, era delegada de clase, sacaba todo Sobresalientes, capitana del equipo de lo que fuera en gimnasia… no daba guerra pero mi hermana era la misma reencarnación del demonio.
Recuerdo que estaba jugando a algo tan tranquilita y miraba a mi pobre madre, por ejemplo planchando y ponía aquella cara de mala y minutos después se oía a mi madre gritar zapatilla en ristre, era un don, sacarla de quicio en cuestión de segundos.
En alguna ocasión en lugar de la zapatilla mi madre empuñaba un zueco, un zapato de tacón, incluso la misma plancha, entonces intervenía yo «madre, que te pierdes»… pero mi hermana, defendiéndose con los pies desde el suelo decía: «tranquilízate, que estás loca» lo que llevaba a mi madre al borde de la esquizofrenia y el desdoblamiento de personalidad…
Lo cierto es que cuando te daba con la zapatilla, con aquella cara de loca posesa, a mí por lo menos, me daba la risa y no es que no picara que te dejaba el dibujo de la suela pintando en el muslo, pero era tan graciosa, fuera completamente de sí que la burla podía más que el dolo, ¡pobre madre nuestra!
En descargo de mi madre diré que ha sido una madre de lo más enrollada, dialogante, comprensiva, nada castradora pero madre a fin de cuentas y nosotras unas hijas difíciles, mi hermana más que es una profesional de tocar las pelotas, pero yo también porque soy un espíritu libre y reivindicativo.
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