El que inventó las vacaciones sabía muy bien lo que hacía. Durante el año vamos acumulando tensiones, desilusiones y demás cosas malas que hacen que vayamos agotándonos y que sin un parón para descansar serían nefastas para la salud.
En mi caso no es ya una necesidad, es una cuestión de vida o muerte.
Estoy agotada, fundida, demolida física y emocionalmente, necesito que pasen rápido estas dos semanas y marcharme de vacaciones.
Cerrar puertas y ventanas, apagar el móvil y huir de Madrid dejando aquí toda la mierda que me rodea.
Tirarme desnuda al sol y no pensar en nada, solo sentir, sentir la caricia de la brisa en la piel, sentir la sal que se seca en mis poros, sentir el agua fresca recorrer mi cuerpo, sentirme bien.
Quiero despertarme en brazos de mi hombre sin prisa por salir de la cama, sin el sonido tan desagradable de la alarma del móvil, sin la obligación de poner el pie en el mundo cuando no tienes ninguna gana de hacerlo.
Dar largos paseos por la playa de las Canteras, kilómetros de arena blanca, aguas cristalinas y olor a mar, o por la playa del Inglés sin las ataduras del bañador…
Bucear en las cálidas aguas insulares con los peces trompeta, las lady Escarlatta, las fulas, las viejas, las barracudas, las morenas y si hay suerte, algún pez luna…
Cenar en el Castillo del Romeral, en la cofradía de pescadores gallitos del país y pulpo frito, comer en el restaurante Rico Rico en la Vega de San Mateo, tomar unos longorones en una terracita de Las Canteras…
Quiero irme de vacaciones y volver a sentirme bien. Hace tiempo que no me reconozco. Estoy cansada, malhumorada, hastiada. Esta Marta, no soy yo. Los únicos momentos de paz en el día los paso en el gimnasio, mientras castigo al cuerpo, la mente y el corazón pasan a un segundo plano. Las endorfinas recorren mi cuerpo y solo entonces encuentro la calma.
No hay duda, necesito unas vacaciones y las necesito ya.
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