En estos tiempos convulsos en los que los militantes, simpatizantes y votantes del Partido Socialista estamos un tanto desorientados, muchas son las voces que desde lo más alto claman por la lealtad para acallar nuestras quejas.
La lealtad, que la RAE define como: cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien, se invoca como un tantra que alivie cualquier intento de crítica.
Y yo me pregunto ¿lealtad sí, pero a quién o qué?. ¿A unas siglas? ¿a un programa electoral? ¿al Presidente del Gobierno? o ¿a nuestros propios principios y valores?.
Si hablamos de lealtad a las siglas PSOE, nada hay más leal que luchar por ellas, incluso en contra de las élites que ahora ocupan los más altos cargos del partido. Porque las siglas no son de ellos, las siglas tienen ya 132 años de historia y son de todos y cada uno de nosotros y de los que antes de nosotros dieron su vida por ellas y de los que cuando nosotros no estemos seguirán defendiéndolas.
Si hablamos de lealtad a un programa electoral, ahí más que nunca debemos ser muy críticos con las reformas llevadas a cabo por el Gobierno en los últimos días. Reformas que no estaban ni en la letra ni en el espíritu del programa electoral que votamos allá por marzo de 2008. Reformas que van en contra de la esencia de la defensa de los más desfavorecidos que impregna todo el socialismo clásico.
Si hablamos de lealtad a un Presidente del Gobierno al que votamos ilusionados, al que gritamos «Zapatero, no nos falles», ahí queda aún más clara la necesaria crítica. No podemos olvidar que además del Presidente de todos los españoles, José Luis es el Secretario General de los socialistas y a ellos se debe moral y estatutariamente. No hay nada de leal en pactar una reforma con el principal partido de la oposición sin consultarlo previamente con el aparato de tu partido.
Luego solo me queda la lealtad a nuestros principios y valores y sobre ellos pivota siempre mi discurrir en la vida. Cada noche al acostarme cierro los ojos y duermo sin remordimientos porque vivo como pienso y pienso como vivo.
Es aquí donde entra la necesaria autocrítica: juicio crítico que se realiza sobre obras o comportamientos propios. Y estoy de acuerdo en que es mejor hacerla en casa, en los órganos del partido y con los mecanismos estatutarios que nos hemos dado para funcionar. Pero esto también ha sido cercenado por la élite.
Se hurtó el debate a la militancia que se hubiera producido en un Congreso porque no se consideraba oportuno abrir ese melón con la que estaba cayendo. Para nuestra desgracia, cae cada día más y no hemos hecho la tan necesaria reflexión de hacia dónde vamos y dirigidos por quién.
Tampoco pudimos opinar la militancia en unas primarias que eligieran el candidato porque las turbulencias en altura impidieron la realización de un proceso que nos caracteriza como partido democrático y plural pero solo en la letra, porque la música, es otra.
Ahora y para terminar de silenciar la voz de las bases, la Conferencia Política se blinda a los cuadros con unas delegaciones escuálidas y con unos «ciudadanos» invitados a puerta cerrada.
¿Alguien me puede decir dónde, los leales militantes podemos hacer una leal crítica de lo que no nos gusta en nuestro partido? Digo nuestro porque pagamos las cuotas, porque abrimos las Agrupaciones, porque trabajamos gratis en las campañas electorales, porque contamos votos en las mesas de escrutinio, porque ponemos cañas y bocatas de panceta en las casetas… Porque sin nosotros, no hay vosotros.
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