Ayer, mantuve con mi hija de dieciseis años una de las conversaciones más interesantes que he tenido en los últimos tiempos a cuenta de su primer desencuentro amoroso.
En plena adolescencia, me dio una lección de madurez, empatía y buen fondo que me hizo sentir orgullosa de haber traído al mundo a una pedazo de mujer.
Gran parte de los adultos que conozco, muchos de ellos en cargos de responsabilidad son incapaces de empatizar con los que les rodean y eso los convierte, en ocasiones, en malas personas o como mínimo en personas vacías, faltas de corazón y de emoción.
Dice la Academia que empatía es la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro. Sin ella es imposible ponerse en el lugar del que tenemos enfrente y comprenderle o incluso quererle.
Mi hija me contaba que ahora que en lugar de salir sola con su noviete había vuelto a salir con sus amigas se había dado cuenta de que sus amigas eran malas. Así con todas las letras: «mamá, no imaginas que malas son las unas con las otras».
Después de explicarme como se hacían el vacío unas a otras, o se criticaban por la espalda y se besaban cuando se encontraban falsamente, llegó a la parte que más me impactó y que da título a esta entrada.
Mamá, me dijo, en mi clase estamos nosotros, que somos normales y están los frikis con los que se supone que nos metemos nosotros. No yo, porque a mí no me gusta reírme de nadie, pero sí mis amigos. Bueno pues hablando con los frikis he visto que entre ellos también se critican y son malos unos con otros…
Pero mamá, ellos no se dan cuenta, que nosotros somos los leones y ellos, las cebras y es como si dijeran «venga, vamos a darnos coces entre las cebras», no ven que vienen los leones a comérselas…
Dieciséis años y ha resumido perfectamente lo que observo a mi alrededor con demasiada frecuencia. Las cebras, los socialistas, los obreros, los más desfavorecidos dándonos coces mientras los leones, los mercados, los ricos, los poderosos, se ríen acechándonos…
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