Ayer, en Estivella, un pueblo pequeño y precioso de Valencia, enterramos a un buen amigo, Eduardo, al que un cáncer lo ha arrancado de nuestro lado sin darnos tiempo para entenderlo.
Tras una ceremonia de respeto y dolor, muy típica del sentimiento trágico de la vida español. Con todo el pueblo acompañando el féretro a pié hasta el cementerio mientras caían rayos a lo lejos, como si el cielo también quisiera sumarse a este triste adiós, pasamos unas horas con la familia recordando lo bueno y lamentando lo malo.
Y yo no podía dejar de pensar en que hace un par o tres de meses estuvimos hablando, Edu y yo, de lo bien que lo pasamos hace dos años en el Orgullo Gay y que este año íbamos a repetir pero bebiendo menos, qué vaya papa nos agarramos. Hace tan solo un par o tres de meses ninguno de los dos sospechaba este final trágico.
Es inevitable que algo así te haga pensar en la forma tan absurda en que desperdiciamos la vida, siempre persiguiendo algo que no alcanzamos, soñando con un futuro mejor mientras se nos escapa el presente, guardando pequeñas rencillas como un tesoro ponzoñoso en nuestros corazones, esperando cobrar viejas afrentas.
Es tan absurdo enterarte que alguien que quieres ha tenido un accidente y darte cuenta que hace mucho que no te ves, que no te llamas, que no intercambias una sonrisa. Es tan ridículo evitar un saludo o una mirada porque te has mosqueado ya no recuerdas bien por qué. Es tan miserable aguardar el tiempo de vengar los agravios que casi con seguridad no fueron tales….
Aquí y ahora hago borrón y cuenta nueva. No quiero perder a otro amigo con el lamento de no haber pasado el tiempo suficiente con él, con la pena de haber desaprovechado su compañía, con la tristeza de todo lo que pudo haber sido y no fue. Mucho menos con la culpa de haberme peleado por alguna menudencia.
Gracias a todos los que me habéis dedicado unas palabras de apoyo, de cariño, por las redes o al móvil. Gracias.
Replica a Txema Fernández Cancelar la respuesta