El otro día escribí en mi muro de facebook un trozo del diálogo entre Escarlata O´Hara y Ret Butler en Lo que el viento se llevó, que me gusta especialmente:
Yo no le pido que me perdone, yo mismo no me comprendo ni me perdonaré nunca, y si una bala me alcanza, Dios no lo quiera, me reiré de mi propia estupidez. Sólo sé y comprendo una cosa, y es que te quiero Scarlett, pese a ti y a mí y a ese mundo que se desmorona a nuestro alrededor, te quiero. Porque somos iguales, dos malas personas, egoístas y astutos, pero sabemos enfrentarnos con las cosas y llamarlas por sus nombres.
Por la noche, en el concierto de Fangoria, en Coslada, una buena amiga me preguntaba por el significado de esa frase y al explicárselo suspiraba aliviada y afirmaba muy seria: “tú no eres mala persona”.
Esta conversación unida a la feroz persecución pepera a la que estoy sometida en los últimos días, me ha hecho reflexionar a cerca de mi naturaleza humana, ¿soy mala o buena persona?
Para contestar esta pregunta no valen apreciaciones subjetivas que aquí el que más o el que menos se tiene cariño y se juzga de manera harto caritativa, como un amigo mío que se tiene por excelente persona y lo dice sin rubor, y si yo hablara… Pero en fin, esa es otra historia y será contada en otro lugar.
Atendamos a los hechos objetivos que pueden considerarse de buena persona:
Tengo apadrinada una niña de Anantapur, en la India, a través de la Fundación Vicente Ferrer y me emociono cuando recibo informes de todo lo que hacen con mi modesta aportación.
Soy donante de médula ósea en la Fundación Josep Carreras desde hace tropecientos mil años y cuando me he cambiado de domicilio, siempre me he acordado de llamarles para que actualicen mis datos por si un día les hago falta.
Dono sangre dos o tres veces al año, cuando no me rechazan por tener la tensión baja, que es mi naturaleza, oiga, pero nada.
Reciclo, esto no sé si es de buena persona o fruto de mi TOC alarmante porque lo hago de manera talibánica y obsesiva. Vamos que me paso de reciclar. Y ahorro agua haya o no sequía, llueva o luzca el sol. Y apago todas las luces al salir –aquí igual el hecho de que mi padre me diera un capón cada vez que me dejaba una luz encendida en mi tierna infancia ha ayudado, no se-. Y pongo la calefacción a 22º en invierno y lo mismo el aire en verano.
Cedo el asiento cuando entra una persona mayor o una embarazada en el tren, ayudo a cruzar la calle si alguien invidente lo necesita –aunque son tremendamente autosuficientes-, echo una mano si una vecina lleva muchas bolsas… estas cosas que antes se denominaban urbanidad y que ahora están poco en boga.
Lo cierto es que no me considero una buena persona, me conformo con ser persona, que bastante complicado es con la que está cayendo. He hecho cosas de las que no me siento orgullosa. He puesto mi interés por encima del de otros, a veces. He defendido a los míos aunque no lo merecían sin importarme lo que les pasara a los ajenos. He sido indolente y perezosa y muy caritativa con mis defectos. Pero he sobrevivido que es lo que cuenta y me quedan algunos alrededor que disfrutan acompañándome en este viaje, que no es poco.
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