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Cosas de Martu, extendidas.

¡10 AÑOS YA!

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FELICIDADAunque muchos de vosotros habréis visto que nos hemos casado el pasado 26 de junio, la verdad es que mi santo y yo, hoy cumplimos 10 años juntos, 10 años desde que me cogió por la cintura y me besó apasionadamente y yo supe que era él al que había estado buscando tantos años.

Ya sé que este es un blog eminentemente político, pero el amor es una parte importantísima de mi vida sin la que no merecería la pena tanta lucha, tantos desengaños, tanta desazón. Así que, sufridos lectores, permitidme esta licencia poética, este desliz romántico, esta ñoñería que merecería que viniera a arrestarme la brigada anticursis.

Mi santo, es un santo, fundamentalmente por aguantarme a mí, que tiene mérito, pero no solo por mí, los que le conocéis sabéis que Goyo es el mejor amigo que uno puede tener, que está siempre ahí para lo que haga falta, que no hace falta pedirle que arrime el hombro porque jamás lo aparta y que es honesto, sincero, valiente y leal.

Pero además, mi santo es un santo porque me hace la vida fácil, porque me ama con todos mis defectos, que no son pocos, porque consigue que por él sea mejor persona y quiera serlo aún más, porque me cuida, porque me mima, porque me hace reír, porque llora conmigo cuando la ocasión lo requiere, porque nos entendemos con solo una mirada, porque siempre tiene un gesto amable incluso cuando peor están las cosas, porque es detallista, romántico, cariñoso y qué coño, muy buen amante, que no solo de amor vive una relación.

Por todo esto quiero rendirle este pequeño homenaje aquí, que seguro me va a afear, porque Goyo, además de todo lo anterior, es un hombre discreto y prudente que sobrelleva con paciencia estar casado con una impulsiva, explosiva y visceral loca como yo.

¡Gracias amor, por estos 10 años, que son solo los primeros de los muchísimos que nos quedan por pasar juntos!

MEMORIAS DE UNA MILITANTE DE BASE, BASE…

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INDICENOTA DE LA AUTORA

Muchas son la veces que me he planteado escribir estas memorias políticas y creo recordar que son varias las veces que las he comenzado de facto aunque no sé muy bien dónde andan esos intentos fallidos. Quizás esta sea otra de esas veces que se quedan en nada pero si lo estás leyendo, querido tú, es que he conseguido llevarlas a término, que no sé si a buen puerto.

Lo que cuento aquí es mi historia militante, la historia de mi paso por el PSOE durante los últimos años y por tanto no tiene que coincidir con la historia del paso de otros por la organización aunque hayamos coincidido en el tiempo. Lo que sí os aseguro que todas y cada una de las cosas que leeréis son verdad, me han pasado a mí, las he visto yo, las he escuchado yo o me las han contado personas de mi absoluta confianza. No haré trampas, no mentiré deliberadamente aunque quizás adornaré un poco aquello que nos haga quedar mal, pero será siempre por amor, por cariño o por respeto, nunca con maldad ni con el ánimo de cambiar los hechos.

Para ayudar a mi memoria, que son ya cinco años desde el comienzo de estas Memorias de una militante de base, base, me ayudaré de las redes sociales, en las que participo activamente desde un poco antes del comienzo de todo y donde ha quedado registro de muchas cosas que pretendo contar aquí de un modo ordenado y coherente. También haré uso de mi MartuBlog porque con entradas casi diarias y fundamentalmente políticas, ahí están relatados algunos de los momentos más importantes justo como los sentí y viví entonces, que siempre será más justo que como los edulcora mi memoria con el paso del tiempo. Y sin duda tiraré de hemeroteca para ajustar fechas, lugares y protagonistas que no es conveniente dejarlo todo al albur de las neuronas. Cada vez que utilice escritos del momento que relato irán entrecomillados y sin alteración alguna del texto original.

He estructurado el relato de estos cinco años en 12 capítulos que recogen, cada uno de ellos, un acontecimiento significativo para entenderlos. Algunos de ellos se solapan en el tiempo, pero era conveniente explicarles separadamente y que cada uno de vosotros pueda ver las conexiones que hay entre ellos y saque sus propias conclusiones, yo supongo que haré lo propio al final, aunque aún no lo tengo decidido.

DE BUENAS PERSONAS ANONIMAS

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20150806_132308-1Os voy a contar una historia muy sencilla, cuyo protagonista no conozco y por tanto no puedo compartir con vosotros, pero que merece la pena que le dedique unas líneas por lo excepcional de su acción.

Para poneros en antecedentes he de contaros que desde hace muchos años colecciono postales feas, feas es la clave, que mis amigos y familiares me mandan en sus viajes por España o por el mundo. La verdad es que tengo una ya importante colección y aunque con las nuevas tecnologías, el correo postal es una reliquia en peligro de extinción, mi gente sigue acordándose de mí y me envía estas pequeñas joyas del horror que tan feliz me hacen.

Este verano, mis “cuñaos” Blanca y David han viajado a Canadá y Alaska y, como siempre, se han acordado de mi para enviarme un surtido de postales maravillosamente horteras, pero con una de ellas, la que aparece en la foto que ilustra esta entrada, pasó algo curioso que es lo que quiero explicaros aquí.

Una vez escrita y anotada mi dirección en ella, David la echó a la mochila para postearla en Alaska , pero por alguna razón, en el transcurso del día la perdió, no sabía si se la había dejado en el camarote o se le había caído de la mochila por lo que dándola por perdida decidió comprar otra. Al acudir a la oficina de correos para ponerle el sello y mandarla, el cartero se queda mirando el destinatario y le comenta a mis atónitos “cuñaos” que alguien, por la mañana, había encontrado mí postal en el suelo, la había llevado a correos, había pagado el dolar y medio del sello y la había dejado allí para enviar.

No sabemos quién fue el buen samaritano o samaritana, que viendo la pobre y horrorosa postal con destino la lejana España en el suelo de Skagway, Alaska, decidió regalarme un poco de su tiempo y de su dinero, para que yo no me quedara sin mi recuerdo de su tierra, pero desde aquí os digo que su gesto me ha conmovido y me ha devuelto la fe en el ser humano. Gracias, anónimo estadounidense, en España tienes una agradecida ciudadana del mundo para lo que necesites.

LOCA DE AMOR

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NOTA DE LA AUTORA: los que no creáis en el amor, los que jamás os hayáis enamorado, los que no habéis perdido nunca la cabeza, y el corazón, y la dignidad, y las formas, y las maneras, por amor, no os molestéis en seguir leyendo porque no vais a entender nada.

Samsung 734Lo que me ha inspirado esta entrada tan políticamente incorrecta, ya os lo adelanto, ha sido la lectura de la filtración que algún indeseable ha hecho a los medios de la declaración a la policía de los vecinos de Juan Fernando López Aguilar y su ex mujer Natacha, en la que queda claro que ella ha perdido la cordura por amor, o más bien, por desamor, que es un sentimiento aún más poderoso que su contrario. No entro a valorar si ha habido maltrato o no, que de eso se encargará la Justicia, en la que yo, aún creo y entonces podremos opinar largo y tendido, me limito a empatizar con un sentimiento que conozco bien.

Hablo de la absoluta desolación, la total devastación, la completa aniquilación del corazón que se siente cuando se pierde un amor que lo ha ocupado todo, que se ha extendido como un cáncer poderoso y maligno en una metástasis que anula el yo para dejarnos convertidos en el otro, el objeto de nuestro deseo, de nuestros sueños, de nuestros desvelos, de nuestra vida y que al perderlo nos arroja a un abismo oscuro y hondo del que parece imposible salir ileso.

De antemano os digo que se sale, que hasta los espíritus románticos y enamoradizos como el mío, un poco tendentes a la autocompasión y muy aficionados al drama, acaban aburriéndose de revolcarse en el dolor, de hurgar en la herida durante incontables horas de canciones tristes y de complacerse en la rememoración de los momentos felices que se nos han arrancado sin piedad de las entrañas y encuentran de nuevo la alegría de vivir.

Pero permitidme que me demore unas líneas en ese tiempo en que una, loca de amor, tras haber sentido la herida de un “ya no te quiero” o el infierno de un “no te engaño, quiero a otra” pasa por todas las fases del éxtasis, como Santa Tere y vive sin vivir en una, llora un mar de lágrimas y muere porque no muere. No hay dolor como esa gloria de estar queriendo sin ser correspondida, absurdo, pero sublime, patético, pero hermoso, inútil, pero tan humano que me aterra aquellos que jamás se han sentido así.

De ahí se sale, ya lo he dicho antes, pero hay diversas maneras de salir, todas ellas eficaces y que van, como casi todo, a gusto del sufriente. Mi favorita es “la mancha de mora verde con otra negra se quita” o su versión más ferretera, “un clavo saca otro clavo” y es que no hay mejor manera de olvidarse de un amor que con otro aún más grande y si es posible, que se lo monte mejor en la cama y que nos haga sentir como la Zarina de todas las Rusias.

Otra que tampoco me disgusta es la salida tipo Kill Bill, con una buena venganza, incruenta, eso sí, que no quiero que me venga a visitar la policía por hacer apología de violencia alguna. De eso la copla sabe mucho, como cantaba Rocío debajo de un limonero “hoy lo he visto llorando a mi vera por un desengaño lo mismo que yo”, “que otra hembra lo traiciona como a mí me traicionó”. ¡Ea, qué importa que sea otra el brazo ejecutor de nuestra ansiada revancha, si lo importante es cobrar!

Aunque para ser sinceros, lo más habitual es que el desamor se consuma y desaparezca sin dejar rastro como antes lo hizo el amor “que aquel amor que me abrazaba ya no quema solo escuece” y que sea el mero paso del tiempo el que cure las heridas, pero para ello es condición indispensable dejar de tocarlas. Nada de segundas, terceras, cuartas, quintas oportunidades, nada de un WhatsApp así como sin importancia, nada de un café por los viejos tiempos, no se toca, caca.

Se sale, pero ¡cómo duele mientras se sale!

YO, ANTES, MOLABA

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lunaticas

 

Hace casi una década, mi gran amiga del alma, mi persona, mi conciencia, mi hombro en el que llorar y mi compañera de risas (mantengo su anonimato porque no la he consultado esta salida del armario) y yo, abrimos nuestro primer blog Lunáticas, mileuristas, en la treintena. El nombre fue fácil, a ambas nos fascina la luna, cobrábamos poco más de mil euros, cuando eso era sinónimo de ruina y andábamos por los primeros treinta.

No os canséis buscándolo, por motivos ajenos a nuestra voluntad (nos pillaron los jefes), tuvimos que hacerlo desaparecer sin dejar rastro, lo que fue una auténtica pena porque teníamos entradas memorables, miles de visitas, decenas de comentarios y buenos amigos allí, pero, así es la vida del asalariado. De no habernos asustado tanto con la pillada podríamos haber copiado los post o ponerlos en borradores o imprimirlos o lo que fuera para salvarlos, pero optamos por la opción más radical e irreversible.

Allí no se hablaba de política, o sí, porque política es todo, pero desde luego su objetivo no era crear opinión o fijar postura sino pasarlo bien, compartir anécdotas de nuestra vida diaria algo salpimentadas para que tuvieran más gancho y, sobre todo, desahogarnos. Sí, ese blog era una forma de hacer terapia y de reírnos de todo lo oscuro que nos rodeaba, que no era poco y durante unos años cumplió con creces con su función.

No sé por qué me he acordado de él ahora, quizás porque estoy harta de escribir de política, de sus miserias, de traición, de suciedad y de amargura. Quizás hecho de menos aquel anonimato que hacía que una pudier decir lo que pensaba sin pasarlo por el filtro de lo políticamente correcto, de lo que se espera de alguien comprometido con unos principios y valores. Quizás echo de menos aquella Reput (Martu no era ni un proyecto) que enloquecía de amor, reía hasta caerse de la silla, lloraba un mar de lágrimas, comía sin freno, vivía sin freno. Quizás sea porque anhelo aquella inocencia, aquel idealismo, aquel romanticismo que rodeaba todo lo que sucedió entonces… Quizás, porque yo, antes, molaba.

SOLSTICIO DE INVIERNO

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El solsticio de invierno es el momento del año en que la posición del Sol está a mayor distancia angular negativa del Ecuador terrestre y sucede entre el 20 y el 23 de diciembre, lo que supone que las noches dejan de crecer y los días de acortarse, la victoria de la luz sobre la oscuridad. En nuestra cultura, los antiguos cristianos hicieron coincidir el nacimiento de Jesucristo con el día del solsticio en el calendario juliano, el 25 de diciembre. Sea como fuere, algo para celebrar.

Si nos creyéramos lo que dice el ínclito Rajoy, este año, el solsticio de invierno podría coincidir con el final de la crisis y el principio de la recuperación, pero no nos lo creemos, al menos, no yo, que sigo en paro, he terminado la prestación y he dejado de cotizar a la Seguridad Social por primera vez después de veinte años, pero no es de las mentiras populares de lo que quiero reflexionar en esta columna.

Amén de ser sincera no sé muy bien de lo que quiero escribir, pero he sentido la imperiosa necesidad de hacerlo y lo primero que me ha venido a la mente es que estamos en pleno solsticio de invierno, que los días se harán más largos, la oscuridad vencerá a la luz, los buenos a los malos, el amor al odio… o no. Creo que tengo una crisis de fe, no una crisis de fe religiosamente hablando, que esa ya la tuve con 10 o 12 años cuando me negué a ir a misa, a preparar la confirmación y todas esas cosas que hacían las niñas de mi generación en aquella España que aún se sacudía las pulgas del tardo franquismo. Otra clase de crisis de fe, mucho más íntima, inmensamente más profunda.

Porque se puede vivir sin creer en dios, alá o buda o el gran espagueti volador, muchos de nosotros lo hacemos, yo llevo treinta años haciéndolo y no siento que me falte nada, no tengo ningún anhelo, ningún agujero interior que ocupar con un sentimiento místico, vivo conforme a mis principios y valores y con eso tengo bastante, pero no se puede vivir sin fe en una misma, sin fe en lo que te rodea, sin fe en tus propios, mucho menos en los ajenos. No se puede no creer, no soñar, no se puede.

Y eso es lo que me pasa últimamente que no creo en la mayoría de lo que veo, de lo que leo, de lo que oigo, de lo que siento, de lo que sueño, no creo. Me da miedo estar volviéndome una cínica, entendiendo el cinismo como la tendencia a no creer en la sinceridad o bondad humana, ni en sus motivaciones ni en sus acciones, así como una tendencia a expresar esta actitud mediante la ironía, el sarcasmo y la burla.

Aprovechando el solsticio de invierno, que es mucho más natural, más acorde con el Universo en el que habitamos que el Año Nuevo, voy a hacerme un único buen propósito para el futuro, voy a volver a creer, voy a desterrar el escepticismo de mi vida, voy a confiar aunque eso suponga asumir el riesgo de equivocarse, de que te hieran, de sufrir. Se acabó abusar de la experiencia para mirarlo todo desde la segura atalaya del desdén, voy a bajar otra vez al barro y dejar que la vida siga su curso o no, igual esta es solo la típica paranoia bajonazo del domingo por la tarde y mañana me río de tantas tonterías juntas en un solo papel, cualquiera sabe.

FINALES FELICES

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tienda ParísAcabo de terminar de leer una novela de Maxim Huerta, “Una tienda en París” cuyo final feliz me ha evocado la escritura de esta entrada en mi abandonado MartuBlog. No creáis que no me gustan los finales felices, soy de las que aplaude en el cine cuando la película acaba con un largo beso de amor verdadero. Sigo creyendo, como en mi niñez que el bien triunfa, que los buenos siempre ganan y que el crimen no paga, aunque la vida, en demasiadas ocasiones, se empeñe en demostrarme lo contrario.

En la literatura, como en el cine, abundan los finales felices, buenas películas, de amor, de guerra, de aventuras, que terminan con un “y fueron felices y comieron perdices” que nos calientan el corazón, nos llenan los ojos de lágrimas de felicidad y nos arrancan una sonrisa tonta que tarda en abandonar el rostro pero…

Pero solo aquellos finales dramáticos, los que nos desgarran por dentro el alma, los que nos hacen gritar “nooooo” con los ojos desorbitados, llorar y patalear, maldecir al autor y clamar porque alguien repare el agravio, porque alguien reconcilie a la pareja que nos tiene encandilados, porque alguien vengue a nuestros protagonistas ultrajados, esos finales son los que se te clavan en el alma y te hacen volver una y otra vez a ellos.

Porque, ¿recordaríamos igual “Lo que el viento se llevó” si al final de la película, en lugar de decir su mítica frase sobre el comino y marchase, Rhett Butler siguiera plácidamente junto a Scarlett O’Hara? ¿Sería lo mismo si al final de “Casablanca” Rick Blaine no se quedara junto al avión que se lleva a su amada y paseando junto al francés no dijera aquella mítica frase de “este será el comienzo de una gran amistad”?

Es así, nos marca la tragedia. La felicidad es tan etérea como efímera, nos calienta un minuto el corazón pero luego queda empañada por cualquier otro acontecer diario, sin embargo el drama anida en un rinconcito de nuestra alma y tarda una vida en desaparecer. Ya lo canta Sabina: “Tú que tanto has besado tú que me has enseñado, sabes mejor que yo que hasta los huesos sólo calan los besos que no has dado, los labios del pecado…”

Paraos un minuto a pensar en la última vez que os rompieron el corazón. Pensad también ahora en la última vez que os enamorasteis. ¿Qué sentimiento recordáis con mayor nitidez? ¿Qué frases sois capaz de evocar con rotunda claridad, las de la declaración de amor o las de la despedida? ¿Qué os ha hecho cambiar, crecer, madurar y por desgracia, desconfiar, el amor o el desamor?

Quizás no sea así, quizás soy yo que encuentro un cierto consuelo a la desgracia regodeándome en la desgracia en sí misma, pero creo que no soy la única que cuando tiene mal de amores se pone canciones tristes y se abandona por la deliciosa pendiente de la autocompasión. No creo ser un bicho raro por, apremiada por una pena, salir a pasear bajo la lluvia y dejar que las gotas se mezclen con las lágrimas hasta sentir que he vaciado mi alma en lugar de tratar de pensar en otra cosa, tomar un delicioso café caliente y mirar al futuro con optimismo.

Como diría Fangoria, igual es que: “tú eres tan intensa”