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POLITICOS HUMANOS, GENTE CORRIENTE O SERES GALÁCTICOS

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Recuerdo que cuando llegué a las redes sociales, primero Facebook, sobre el 2009 y ya a finales del 2010 a Twitter, una de las mayores reivindicaciones de los que llevaban tiempo en esto del mundo virtual y la comunicación en red, era la de que los políticos tuvieran perfiles personales, sobre todo en Twitter, para interactuar con los ciudadanos en general y posibles votantes en particular.

Si un político se abría un perfil unos meses antes de las elecciones se le señalaba con el dedo y se le amenazaba con todos los males del infierno por ser un advenedizo, un aprovechado que solo acudía al templo de la comunicación horizontal en busca del voto perdido. Del mismo modo, si a un político, generalmente entrado en años, le llevaba su perfil un equipo de confianza y no él mismo, en la mayoría de los casos porque lo de la tecla ya le había cogido pasada la edad de aprender, el escándalo estaba servido.

A la vez que se clamaba por la presencia de políticos en Twitter, era raro el día que se no montaba una buena lapidación porque uno de ellos había metido la pata, había subido una foto inapropiada o había hecho un comentario que cualquiera de nosotros firmaríamos, pero claro, eso no lo puede decir o hacer un servidor público. Total que nos dedicábamos a sorber y a soplar al mismo tiempo, sin darnos cuenta de que en el mundo real, eso es imposible.

Hoy me he acordado de todo esto al ver a los de Podemos escarbar desesperadamente en el timeline de Pedro Sánchez, en busca de la punta de algún hilo del que tirar para volver a estar en la lucha por la Moncloa, que no solo por lo que dicen las encuestas, sino porque lo percibimos todos, hace tiempo que se les ha escapado.

Ojo, que Pedro Sánchez, un día, hace cuatro años, dijo: “Buenos días in the morning” ya no puede ser Presidente de España. Da igual que lo dijera un ciudadano de a pie, como nosotros, uno que se levantaba temprano para ir a trabajar, como los que tienen la suerte de madrugar porque tienen un curro, un chaval que aún no había cumplido los cuarenta, un tío que estaba contento, vaya usted a saber por qué, igual su equipo de baloncesto había ganado y eso no sucede muy a menudo, que yo también soy del Estudiantes y todo es sufrir y padecer. Igual había tenido la suerte de echar un polvo mañanero, que eso hace que salga uno de la cama de un humor inmejorable. O igual le habían tocado treinta eurillos en la primitiva, cualquiera sabe.

Algunos dicen que tendría que tener a su equipo de redes releyendo todos sus tweets desde el origen de los tiempos y borrando aquellos que no consideren que estén a la altura de un Presidente de España, pero yo, que no soy sospechosa de pedrosanchismo, creo que eso sí que sería un error. No hay razones para renegar de aquello que se hizo en el pasado con mayor o menor acierto. Todos nos equivocamos, todos metemos la pata, todos nos arrepentimos, todos rectificamos y con ello, todos nos volvemos un poco más sabios cada día. Errar es humano, aprender de los errores solo es privilegio de unos pocos.

Queríamos políticos humanos pero luego nos da vergüenza ajena verlos en la tele montando en globo, echándose unos bailecitos ridículos, haciendo tres litros de zumo de frutas o soltándose la coleta. Queríamos políticos cercanos pero luego estamos a la caza del error en cada una de sus letras a ver si podemos montarles un buen aquelarre. Al final van a conseguir que eche de menos aquellos tiempos en que los políticos eran (o nos parecían) unas lumbreras intelectuales, unos seres superiores, unos fuera de serie, aunque en realidad estuvieran tan confundidos y asustados como nosotros, pero no lo sabíamos.

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¿Facebook o Twitter?

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MARTUCOMBINADA

Esta mañana he subido esta foto a Facebook y a Twitter preguntando a mis seguidores su opinión sobre si debería cortarme el pelo o seguir dejándome melena. Una frivolidad y una tontería como otra cualquiera para ocupar una mañana de martes que una tiene su lado tuistar o gurulesa y hay que darle salida de vez en cuando.

Pero lo que vengo aquí a contaros no es el resultado de tan poco profesional, ecléctica y heterogénea encuesta, que es lo de menos, si no la clara diferencia entre el resultado en Facebook y el resultado en Twitter.

Mientras que en Twitter ganó por una proporción de 3 a 1 que me cortara el pelo, en Facebook el resultado fue cláramente a favor de la melena con casi el doble de votos.

¿Quiere esto significar una diferencia entre el usuario de una y otra plataforma? Porque yo soy la misma y pongo casi las mismas cosas en una y otra por lo que el perfil del que me sigue es similar, gente progresista, extrovertida, simpática, votantes de izquierda, interesados por la gente, la política, el Planeta…

¿Da esta tontería para escribir un post en este blog? Pues ya véis que sí, que no todo va a ser política y sesudas reflexiones y que esto de cortarse el pelo o dejárselo largo es una decisión muy importante que si tomas una mala opción cuesta un par de años reparar tamaño error.

Lo peor de todo es que no me habéis sacado de dudas porque ahora no sé si hacer caso a los de Twitter o a los de Facebook.

¡Un sin vivir!

 

EL TROLL TWITTERO

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Supongo que no es necesario que os explique lo que es un troll en una red social, es un sujeto habitualmente sin nombre, foto, ni biografía, que emboscado tras el cómodo parapeto del anonimato, se dedica a tocarte las partes nobles con la esperanza de que saltes y digas alguna inconveniencia que usará contra ti hasta el fin de los días. Pues en Twitter lo mismo pero más cansinos, agresivos y peligrosos.

Hay una máxima que te enseñan los veteranos cuando llegas tiernecito a una red social como Twitter: “don’t feed the troll”. Que en Román paladín quiere decir no alimentes al petardo. No discuto el fondo del asunto porque con un troll lo único sensato que puede hacerse es ignorarlo pero hay varias formas de seguir este sabio consejo y aún tengo mis dudas de cuál es la mejor de ellas.

Por un lado está el método más rápido, limpio y contundente que es el bloqueo, a la que detectas que tienes un troll obsesionado con tu persona le bloqueas e inmediatamente dejas de leer sus ataques. Esto viene bien cuando el troll es básico, de los que insultan, amenazan y demás comportamientos de primero de descerebrado. Muerto el perro se acabó la rabia, él seguirá poniéndote a caldo pero como no lo lees, ojos que no ven, corazón que no siente y tentación de contestar poniéndote a su altura que evitas.

El problema está en los troll que no son tan básicos y que además del ataque primitivo y despiadado, el coñazo es más una lluvia fina que suele implicar a los que interactúan contigo por lo que bloquearlo no adelanta nada ya que lo único que no ves son sus tweets pero sí los de tus amigos tratando de razonar con él o directamente bajando al barro de su intelecto. En estos casos es mejor no tenerlo bloqueado y armarse de paciencia para explicar a los que te leen y te aprecian que tienen que ignorarlo y no entrar al trapo de sus provocaciones.

En esta segunda subdivisión troll yo tengo auténticos profesionales del cansinismo que a diario me lanzan varios ataques y provocaciones en la esperanza de que entre al trapo. Saben que los leo porque no los he bloqueado y me citan, pero jamás contesto. No les importa, son inasequibles al desaliento y siguen su cruzada contra viento y marea. No hay un solo día en que no me plantee que quizás lo mejor sería bloquearlos pero creo que lo entenderían como una victoria, no tanto como que perdiera los nervios y entrara al trapo, pero si un pequeño triunfo por lo que me resisto a ello.

Luego están los que no atreviéndose a ejercer de troll, te lanzan indirectas “inteligentes” que todo el mundo sabe para quién van dirigidas y que merecerían una entrada propia porque son síntoma inequívoco de alguna enfermedad, falta de riego o golpe en la cabeza en la más tierna infancia. Aquí lo mejor es aplicar aquello de “la ignorancia es júbilo” y como no lo lees seguir a tus cosas, pero si algún amigo caritativo te lo cuenta, no queda otra que reírse mientras el cansino no cruza ninguna línea roja y si lo hace ponerlo en conocimiento de la autoridad competente.

No sé qué experiencia tenéis vosotros con el troll de Twitter, esa especie digievolucionada cual Pokemon, del troll de cualquier otra red pero me encantará leer cualquier anécdota que os apetezca compartir. Y si alguno ha encontrado alguna otra solución contra esta plaga del siglo XXI, sed buenos y contádnoslo a los demás que aquí ninguno está libre de sufrir en sus carnes el ataque de un troll.

COSAS DE MARTU EN LAS REDES SOCIALES

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Aviso para navegantes, esta entrada no va de sesudas reflexiones sobre el mejor hacer y proceder en las distintas redes sociales ni tampoco de consejos en plan gurusa o gurulesa, que no sé muy bien cómo definir el liderazgo de una mujer en la red, sino de cómo procede servidora ante algunas situaciones que se dan más que frecuentemente en ellas.

Ya os adelanto que tampoco es nada especial, mi personalidad virtual se parece bastante a mi personalidad real aunque no son miméticas. Me gusta decir las cosas claras, por derecho y en público, como me gusta que me las digan a mí. Prefiero afrontar los problemas encarándolos que dejando pasar el tiempo, que el tiempo lo pudre todo. No soy rencorosa peor no olvido los agravios más que nada para evitar que vuelvan a producirse. Si me has ayudado alguna vez sabes que me tienes para lo que necesites. Si hemos combatido juntos jamás te sentirás solo en una batalla.

Empezaré por Twitter y algunas cositas que no hago, por ejemplo, mantener conversaciones por DM sobre principios y valores, sobre mi opinión en temas del momento o sobre las discusiones que se estén dando en abierto. Todo lo que tengo que decir de cualquier tema público, lo hago en público y no mantengo conversaciones privadas sobre temas privados salvo con amigos.

Tampoco devuelvo follows automáticamente porque sigo a la gente que me apetece o que me llama la atención por algo. No suelo hacer #ff porque se han pervertido, solo sirven para automimarse los colegas y no para recomendar gente interesante de cara a nuevos usuarios. Paso de los tweets buenos días, buenas, tardes, moláis mil, masivos que meten en el mismo saludo a gente que no se puede ni ver, yo saludo al entrar para sepáis que estoy y me despido al irme, que es lo que se viene denominando, buena educación.

Seguiré con Facebook, por ejemplo, no acepto etiquetas en fotos en las que no aparezco. Si quieres que un cartel, foto, composición o lo que sea tuyo aparezca en mi muro, etiquetarme en ella es tiempo perdido, negaré la publicación y borraré la etiqueta. Al igual que en Twitter, no converso en privado, ni por chat, ni por mensajes. Si quieres darme un recado, pedirme un favor o contarme algo, vale, pero discusiones políticas solo las sostengo en púbico.

No facilito mi teléfono salvo a gente que conozco personalmente o que viene de parte de algún amigo, pero te daré mi email encantada si quieres contarme algo o pedirme que colabore en algún proyecto y a partir de ahí, ya veremos. No busco amigos en la red, ni mucho menos una relación que ya tengo mi santo al que adoro y que hace que mi vida merezca la pena.

Terminaré con Whatsapp, aborrezco los grupos, tanto los de trabajo, como los de amigos. Los de trabajo no funcionan por varios motivos, uno de ellos es que siempre acaba alguien colgando tontunas, fotos, chistes y desbarrando con lo que hace perder el tiempo a los demás; otro es que al final algún Judas acaba contando fuera lo que se trata dentro con lo que la indiscreción está casi garantizada. Los de amigos, salvo para organizar temas puntuales, que sí son la mar de útiles, acaban siendo un delirante chorizo de frases absurdas, chistes privados que no entiende la mayoría, gente que entra una vez al día y no consigue seguir el hilo, saltos en el tiempo, idas y venidas, un sin dios.

En general, en las redes sociales, como en la vida diaria, hay gente maja, hay gente rara y hay mala gente. Son tan difíciles de reconocer a simple vista en la red como lo son en la calle, en el curro, en la escuela o en un bar. La mejor manera de no llevarse disgustos es ser razonablemente prudente. Ni todo lo que escribo es verdad, ni todas las cosas que cuento que estoy haciendo tienen por qué estar sucediendo en ese momento, ni falta que os hace saber qué, cómo, cuándo y con quién hago según qué cosas. Un poco de misterio es más divertido.

LA JAURIA HUMANA

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En 1966 un jovencísimo Marlon Brando protagonizaba un film de Arthur Penn, La Jauría Humana, un drama sobre lo peor del comportamiento humano: crueldad, violencia y sexo. La violencia se va desplegando poco a poco, primero con estallidos ocasionales después alcanzando el clímax de brutalidad en el que todos sufren y todos pierden. Una obra maestra de cuan cobarde, ruin y miserable puede llegar a ser el género humano escondido entre la multitud, amparado por la masa.

Casi cuarenta años después asistimos a una versión moderna de esta inquietante película cada vez más a menudo en las redes sociales, particularmente Twitter. Allí, liderados por algunos gurús mediáticos, hordas de desconocidos se lanzan en cruento ataque contra el político que dice una frase que todos estábamos pensando, el deportista que hace alarde de su mal gusto, el cantante al que se le ve la falta de cultura, o el periodista que dice lo que piensa, o cualquier otro profesional sujeto a exposición pública y que se atreva a ser auténtico.

El detonante suele ser un desliz en Twitter, una frase inapropiada, una broma de mal gusto, una partida al Apalabrados o las burbujas, una foto en lugar improcedente… cualquier excusa basta para ser señalado con el dedo acusador del gurú que lanzará contra ti a la Jauría Humana. A partir de ese momento, decenas, centenares o miles de desconocidos, dependiendo de tu nivel de fama y de la del instigador, se lanzarán a insultarte, burlarse de ti, amenazarte, desearte enfermedades y mil maneras de morir entre atroces sufrimientos y otras sutiles formas de desahogo del cobarde amagado en el anonimato.

Siempre es triste, desagradable e injusto el acoso al personaje público por parte de la masa informe, pero en el caso de los políticos es especialmente dramático porque llevamos años reivindicando unos políticos cercanos, humanos, que se parezcan a nosotros, que se relacionen con nosotros, que sean accesibles a los ciudadanos, que nos escuchen… y parecía que Twitter lo posibilitaba mejor que ninguna otra red social.

Allí podías relacionarte, interactuar que dicen los expertos de la cosa, con políticos de distintos partidos, territorios y administraciones y eso era enriquecedor tanto para ellos como para nosotros, los votantes. Y digo era porque de un tiempo a esta parte, las redes sociales se han convertido en un territorio hostil para la clase política en general y la oposición en particular.

Cualquier energúmeno envuelto en una bandera de anonimato puede hostigar a un político, a su familia, a sus amigos, sin que eso conlleve consecuencia alguna. Cualquier descerebrado puede pasarse horas o días, lanzando mensajes amenazadores, calumniando e injuriando a una persona pública, con cara, nombre y apellido sin que sobre él pese reproche alguno, ni policial, ni social. Cualquier sabandija puede hacer montajes fotográficos, páginas de Facebook o lo que se le ocurra mancillando el buen nombre de un servidor público sin que suceda absolutamente nada.

El resultado es que los personajes públicos más auténticos, en concreto, los políticos más humanos, más cercanos, más parecidos a sus votantes, están huyendo de Twitter y solo quedan allí aquellos que no gestionan sus cuentas personalmente sino a través equipos de profesionales que suponen una barrera entre ellos y sus votantes. Solo quedan los que no se relacionan con sus seguidores y a la sazón votantes sino que utilizan lo 2.0 para lanzar su mensaje 1.0 unidireccional y antiguo. Solo sobreviven en la red los que están amparados por los medios de comunicación más reaccionarios y los que tienen las espaldas tan anchas que son capaces de echarse sobre ellas lo que haga falta, unos cuantos “valientes”.

¡Guardemos un minuto de silencio por todas las víctimas presentes, pasadas y futuras de la Jauría Humana!

COSAS QUE ME DAN PEREZA INFINITA EN TWITTER

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Antes de empezar quiero dejar claro que yo no soy experta en redes, para eso, como para todo en la vida, hay que estudiar, formarse, trabajar y valer, y no es mi caso. Mi tiempo para la formación se lo dedico al Derecho, que para eso soy abogada y por tanto, lo de las redes es una afición, luego todo lo que escriba a partir de ahora serán mis apreciaciones personales sin mayor valor científico.

Todo lo que hago en la red, mi perfil, la imagen que los demás tienen de mi, eso que los expertos llaman la huella digital, es fruto de mi experiencia y mi intuición, no he hecho ningún curso, ni he leído ningún libro sobre la materia y apenas si ojeo por encima los artículos que recomiendan mis gurús de cabecera.

Con formación o sin ella, hay varias cosas que me dan una pereza infinita cuando las veo y que os voy a contar porque hace días que no tengo ganas de escribir de política y este me ha parecido un tema tan interesante como inocuo:

 1.- Repetir hasta la saciedad la misma noticia, enlace, acontecimiento, o lo que sea, incluyendo cada vez a distintos usuarios no solo no consigue captar mi atención y que reutietee el asunto, sino que a la tercera vez que veo pasar el link por mi timeline me conjuro para no abrirlo bajo ningún concepto. Briconsejo, si me mandas un DM pidiéndome ayuda o difusión del asunto, es mucho más fácil que te haga caso que si me abrasas a citas con todo lo que se te pasa por la mente.

 2.- Discutir con discutidores profesionales. A poco tiempo que llevéis por la red del pajarillo ya habréis visto que hay gente experta en meterse en cualquier conversación y reventarla por aburrimiento. Tienen además el vicio de ir incluyendo usuarios en el marrón para que llegue un punto en que apenas puedas poner 30 o 40 caracteres porque los demás están ocupados por la ristra de co-discutidores. Paso enormemente de estas jaulas de grillo y os recomiendo hacer lo mismo, no aportan nada y te descolocan los chacras, el chi y el aura.

 3.- Conseguir seguidores a costa de seguir a miles de personas. Esto no es una competición, a todos nos gusta que nos lean porque nos engorda el ego, que es una de las cosas más satisfactorias de la vida, pero no merece la pena seguir compulsivamente a todo lo que se mueve a la espera del follow back. Por no hablar de que un timeline con miles de personas es ingobernable, os lo digo por experiencia, el mío ya está tomando tintes de barullo insoportable y eso que he ido colocando a la gente en listas.

 4.- Seguir a alguien para que te siga. Otra tontada, primero porque yo no siempre me entero de que alguien me sigue, depende de a través de qué aplicación entre y con cuanto tiempo lo haga, veo o no, si tengo nuevos seguidores. Segundo porque no devuelvo un follow porque sí, miro la biografía y si es socialista casi tiene me tiene ganada, pero también echo un ojo a los últimos tweets que ha puesto, sin son cansinos, me contengo, que ya tengo saturado el timeline.

 5.- Soportar estoicamente aquellos que te insultan, que te atacan, que te dan la brasa mortal porque como son seguidores, si los borras te dejarán de seguir. Pues muy bien, tanta paz lleven, como descanso dejan. De verdad, es mucho mejor tener pocos seguidores de calidad que un montón de plastas, trolls, resentidos, cansinos y demás flora y fauna que anda por aquí.

6.- Apuntarse a toda moda, iniciativa o hahstag que surja. No pongo mi foto del Revés, no me pongo la bandera de Chiquitistán, no repito hastag que me hacen sentir vergüenza ajena de quien los haya propuesto, no hago dibujos artísticos con los 140 caracteres… llamadme estoica pero me gusta que la gente me reconozca rápido por la foto de mi perfil y que sigan pensando que no he perdido del todo el juicio apuntándome a cosas infantiles, faltonas o zafias. Soy así de rancia, qué le vamos a hacer.

 7.- No hacer ni caso de todo lo leído anteriormente. Eso es lo que hago yo porque es mi naturaleza, que no tiene por qué coincidir con la vuestra y que no garantiza, ni mucho menos, el éxito. Esto de twitter es para pasárselo bien, para comunicarse con otros, para informarse de cosas que a uno le interesan, para compartir con otros aquello que nos inquieta y hasta para conocer gente, pero desde luego, no hace falta tomárselo tan en serio, ni siquiera tomarnos a nosotros mismos tan en serio.

La culpa es del Twitter

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En los últimos días hemos visto a numerosos políticos de todos los niveles ponerse en evidencia ante la ciudadanía en general y sus votantes en particular, a través de sus comentarios en las redes sociales, sobre todo en twitter.

Alguno, como Ignacio González, presidente heredero de la Comunidad de Madrid, ha llegado a decir que había que limitar la libertad de prensa y de expresión porque no podía ser que se publicaran cosas que afecten a la imagen pública de políticos, majestades y demás instituciones del Estado sin control.

No cabe duda de que las nuevas tecnologías, internet y más concretamente las redes sociales, han cambiado el modo de relacionarse las personas, los políticos con sus electores, los periodistas con las noticias y los mismos ciudadanos entre si y que estas nuevas formas requieren un periodo de adaptación que para algunos está siendo realmente difícil.

La red social que genera mayor problemática para los políticos es, sin duda, twitter. Su inmediatez, su velocidad, sus 140 caracteres que obligan a la concreción, a sintetizar el pensamiento y que en ocasiones provoca que resulte equívoco el sentido de lo que se quería explicar, unido a la presencia mayoritaria de periodistas y opinadores, hace que meter allí la pata y verte en las noticias sea todo uno.

La solución no pasa por huir de twitter como del agua caliente como han hecho algunos de los principales líderes políticos de nuestro panorama nacional que ni se han hecho ni se harán nunca un perfil, al menos no uno oficial, en la red. Tampoco por  abandonar cuando las cosas se ponen difíciles, se ha metido la pata o se están recibiendo ataques de cobardes escondidos bajo el anonimato y la falsa sensación de seguridad que da la red.

La solución es hacer un buen uso, un uso inteligente de una herramienta tan poderosa que aún no conocemos totalmente su potencial. Aprovechar la cercanía con aquellos a los que se representa para conocer sus inquietudes, sus necesidades, sus miedos y preocupaciones, es algo por lo que un político inteligente pagaría, qué menos que utilizarlo cuando es gratis.

Pero no solo es saber qué quiere el votante, es también explicar qué se le ofrece, cuál es tu postura ante los diversos temas que saltan a la actualidad constantemente y de los que cualquier político debe tener una opinión o postura frente a ellos. Twitter permite posicionarse clara y rápidamente ante cualquier decisión que tome el oponente, suceso nacional o mundial, cambios políticos en nuestro entorno o cualquier otra cosa.

Y más aún, permite atajar al inicio cualquier crisis propia que se presente. Ante errores, escándalos, acusaciones o ataques que sufra nuestro partido, desde twitter se pueden explicar, contrarrestar, razonar y atajar. De esta manera, abordar cualquier conato de tsunami antes de que tome proporciones incontrolables y así minimizar los daños sufridos.

Claro que todo esto no se improvisa, se planifica y se lleva a cabo por personas preparadas, perfectamente coordinadas y con una idea clara de qué se quiere hacer y cómo. En cambio se ha decidido que la presencia de los políticos en la red sea individual, anárquica, en ocasiones contradictoria y sobre todo espontánea, que en este caso significa muy peligrosa.

Así, entre nuestra clase política, hay quien cuenta chistes soeces, amenaza al contrario, hace apología del franquismo, fascismo, stalinismo, quien demuestra que es un perfecto machista o una perfecta analfabeta, quien se pone en evidencia utilizando el tiempo y el dinero del contribuyente para jugar a las burbujas, apalabrados o los pájaros antipáticos, quien se comporta como un chulo o una prepotente, quien no interactúa con los ciudadanos y se limita a soltar su ideario un tuit tras otro… un verdadero quebradero de cabeza para las respectivas direcciones de su partidos.

Y ante los numerosos pros y os pocos contras, parece que todos tienen claro que la culpa es del twitter y que lo mejor para acabar con este problema del escaso nivel intelectual, cultural, humano o de compromiso de algunos personajes públicos españoles, es matar al mensajero.